Monseñor Luis Marín de San Martín (Madrid, 1961) es uno de los hombres del círculo de colaboradores más cercano de León XIV. Agustino como él, antes de que Robert Prevost fuera elegido Papa, solían comer juntos con frecuencia desde que ambos fueron llamados por el Papa Francisco para trabajar en la Curia romana. Fue Subsecretario del Sínodo, y, desde hace casi cuatro meses, es el Limosnero de Su Santidad y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad, uno de los de mayor peso en la actualidad.
Monseñor Marín, buen amigo de Omnes, atiende a la revista desde El Escorial, donde ha participado en un Curso de Verano del CEU sobre el primer año de pontificado de León XIV. Resulta obligado comenzar por preguntarle por lo que ha significado el reciente viaje del Papa a España.
– En primer lugar, confirmarnos en la fe; en segundo lugar, una siembra de esperanza y, en tercer lugar, un impulso misionero.
Es decir, ha recordado los pilares fundamentales de nuestra fe: Jesucristo, la Iglesia, el Evangelio. Al mismo tiempo, ha disipado esas nieblas de pesimismo que en ocasiones nos envuelven y nos ha orientado a un horizonte de esperanza. También nos ha hecho ver la urgencia de evangelizar, la asumir responsabilidad y la belleza de dar testimonio de Cristo resucitado en medio del mundo.
Ha sido impresionante la respuesta de la gente en general y de los jóvenes en particular. Hay un ansia por Cristo, yo diría, por mensajes coherentes, sólidos, y que den respuesta a los interrogantes, a los problemas del mundo de hoy.
Ha sido un viaje magnífico, que he podido vivir en primera línea.
Y, usted que está cerca del Papa, ¿qué cree que ha supuesto este viaje para él?
– Ante todo, reencontrarse con España, un país que conoce bastante bien y al que ha venido muchísimas veces. Y darse cuenta, también, de nuestra realidad.
Yo en el vuelo le dije: “Creo que hay mucho entusiasmo”, y él me respondió: “Ojalá”. Pero ese entusiasmo se ha multiplicado en cuanto a las previsiones, ha superado cualquier expectativa. Se ha sentido muy a gusto, ha conectado muy bien con la gente, se ha sentido acogido, escuchado, y al mismo tiempo, reforzado en su ministerio como sucesor de Pedro.
¿Cuál puede señalarse como la prioridad de su pontificado? Usted ha comentado que la prioridad era “la conversión misionera de la Iglesia”. ¿Qué quiere decir eso?
– La prioridad del pontificado es Cristo, el eje es siempre Cristo. Vivir en Cristo, identificarnos con Cristo, y testimoniar a Cristo.
Una consecuencia de esta realidad es la conversión misionera de la Iglesia. Porque es evidente que, si vivimos a Cristo, sentiremos la urgencia de manifestarlo y comunicarlo. Todo aquel que vive en Cristo necesariamente siente el impulso misionero, el impulso evangelizador, la llamada a ser testigo de salvación en medio del mundo.
El impulso misionero implica tres realidades. En primer lugar, nace de la experiencia de Cristo resucitado.
En segundo lugar, Cristo resucitado nos une a la Iglesia. Es un testimonio fuerte de comunión.
Y tercero, Cristo resucitado lleva su mensaje al mundo de hoy. Debemos testimoniarlo en la cultura en la que nos manifestamos, en nuestra realidad existencial. Necesitamos, por tanto, una conversión misionera, que significa conversión a Cristo y disponibilidad al testimonio del Evangelio en el mundo de hoy.
La triste ruptura de los tradicionalistas
Hace unos días los lefebvrianos han ordenado en Econe a otros cuatro obispos, confirmando su separación de la Iglesia Católica. ¿Cuál es su reflexión? ¿Hasta qué punto hiere esta decisión al Papa?
– Lo vivimos con una enorme tristeza. Todo lo que sea ruptura de la unidad, como dice el Papa, es romper la túnica de Cristo. Y esto es muy doloroso, porque causa una herida profunda.
La carta que León XIV ha dirigido al prior de la Sociedad Sacerdotal San Pío X está muy bien estructurada y argumentada. Se nota que está escrita con el corazón, además de con la cabeza.
Robert Prevost nunca ha sido un hombre de confrontación y de ruptura. Ha intentado apelar a Cristo, a la conciencia, al amor cristiano, al amor a la Iglesia. Y ha dicho claramente a los desobedientes: “Ese no es el camino”. El Papa es, siempre, garante de unidad.
Al mismo tiempo, es una carta muy clara. León XIV no contemporiza. Desde la caridad, el cariño, y la cercanía, presenta la doctrina cristiana. Y no busca un acuerdo a cualquier precio: no se trata de componendas, de vida cristiana y de coherencia.
También es evidente que el problema de los llamados lefebvrianos no es simplemente litúrgico, sino mucho más profundo. Benedicto XVI intentó un acuerdo, una gran apertura sobre liturgia. Sirvió de poco. El problema fundamental es el rechazo del Concilio Vaticano II (ecumenismo, libertad religiosa, separación Iglesia-Estado, diálogo interreligioso y liturgia). Un Concilio, por cierto, cuyos documentos todos ellos, fueron aprobados por más del 90% de los votos.
La Tradición de la Iglesia no es solo Trento. Hay Iglesia antes y hay Iglesia después. La Tradición de la Iglesia abarca desde los primeros siglos, hasta el Concilio Vaticano II y los tiempos actuales. Es una realidad viva que evoluciona. Hay que rezar, y pedir al Señor que ilumine a estos hermanos, pero el momento es muy triste. Toda ruptura en la Iglesia causa un dolor enorme. Es una llaga en el corazón, en el alma.
Un Papa como León XIV, quien tiene como uno de sus signos de identidad la unidad, tiene que enfrentarse precisamente a esto. Y, por otro lado, -un caso distinto- también está la Iglesia en Alemania, que ha dado muestras de falta de unidad.
– La unidad es uno de los ejes del pontificado: la comunión. Es decir, la unión con Cristo y con su cuerpo, la Iglesia.
El cristiano se une a Cristo con una unión existencial, experiencial, bautismal. Esta unión con Cristo nos lleva a la unión con los hermanos y hermanas, a la comunión con los demás miembros de en la Iglesia, como cuerpo de Cristo. Ahora bien, esta unidad se vive y expresa en la variedad de vocaciones, contextos, y sensibilidades. El depósito de la fe no puede cambiar. Pero tampoco se trata de imponer el empobrecedor uniformismo. En esto debemos ser abiertos porque caben expresiones distintas y diferentes desarrollos en temas no esenciales. Siempre desde la unidad en la Iglesia y con la Iglesia. Todo lo que sea romper la unidad eclesial supone romper la unidad con Cristo. Y esto, como ha dicho el Papa, es un grave pecado. Nosotros siempre con Pedro y en la barca de Pedro.
Pero también el Papa llama a la esperanza.
– Sí, indudablemente para un cristiano el horizonte es siempre de esperanza. El Espíritu Santo actúa en su Iglesia, la renueva y vivifica. Ojalá tengamos la humildad y el amor suficientes para dejarnos guiar por el Espíritu, que nos une a Cristo, y nos llama a testimoniar la belleza y la grandeza del Evangelio aquí y ahora. Este es el verdadero y fundamental reto y, al mismo tiempo, la causa de nuestra esperanza. Y de una inmensa alegría.





