Me reencontré recientemente con una frase de Juan Pablo II que volvió a llamar mi atención: “en la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la exaltación de la libertad del hombre”. ¿Cómo es posible conjugar la existencia de un plan divino (la vocación) y la libertad -¡la exaltación de la libertad!- del hombre?
Una línea, que ha seguido un cierto desarrollo en los últimos años, afirma que la voluntad de Dios consiste en haber creado libre al ser humano. Dios te ama y te quiere libre: tu vocación se resume en el modo en que decidas responder libremente al amor de Dios. En este proceso, la única determinación es la que deriva de los talentos personales y las condiciones de cada cual, algo que es, en último término, accidental. Por lo demás, es la creatividad generosa la que configura la llamada.
Esta visión resulta animante y ayuda a desplegar las posibilidades de nuestra libertad, pero presenta también algunas dificultades. Tomé conciencia de ello al leer el libro En tus manos, Padre, del carmelita belga Wilfrid Stinissen. El libro sigue tres pasos: “Aceptar la voluntad de Dios”, “Obedecer la voluntad de Dios” y “Ser instrumento de Dios”. En el segundo, el autor recoge la idea de que “la voluntad de Dios no está escrita en ningún lugar en el cielo. Como Dios nos ha dado una voluntad libre, también quiere que la usemos. Con tal de que no violemos expresamente la voluntad manifiesta de Dios y las leyes de la Iglesia, podemos decidir por nosotros mismos lo que queramos hacer”.
Era el modo en que un profesor de filosofía explicaba el designio de Dios para cada uno. Años más tarde, el mismo autor preguntó “a un buen amigo si Dios quería algo en cada momento, incluso en las cosas más pequeñas. La respuesta fue inmediata: ‘Por supuesto, de otro modo la obediencia no tendría sentido’”. Suena fuerte, pero se comprende fácilmente: si no hay una voluntad determinada, no es posible hablar de obediencia. Y, en efecto, si Dios no hubiera tenido una voluntad para María, difícilmente habría ella decidido ser Madre del Mesías (mucho menos lo habría logrado por su sola generosidad…). También Jesús tenía claro lo que el Padre le pedía en cada momento -y en hacerlo consistía su alimento-.
Si Dios tiene un plan determinado, ¿la libertad se reduce a decir “sí” a lo que Dios determina? El Sínodo de los Obispos de 2018, dedicado a los jóvenes y la vocación, señalaba la necesidad de pensar esa relación evitando todo determinismo y todo extrinsecismo: “La vocación no es ni un guion ya escrito que el ser humano debería simplemente recitar ni una improvisación teatral sin esquema”.
Lo que Stinissen ayuda a comprender es que es posible recorrer el camino de la voluntad de Dios -una voluntad bien precisa- desde una vivencia de profunda libertad. Así lo experimentan los santos y las santas de cualquier época. Quizá sea este el punto decisivo: para quien todavía se concibe como un individuo distinto de Dios, es imposible que su voluntad no aparezca como una imposición, por leve que sea. Se le puede animar a confiar en Dios, que le ha creado libre; y se le puede hacer ver que la voluntad divina no es otra que su propia felicidad, y que le ha creado libre para poner en juego esa capacidad radical… Pero todo eso no basta para convencer a alguien, si ve a Dios como un extraño.
La llamada divina solo se comprende y se vive con plena libertad desde la relación personal con Dios. Su voluntad puede ser un camino de libertad, en la medida en que la propia vida se concibe desde la comunión con Él. De ese modo, el amor vivido ilumina la realidad: amor ipse notitia est, según la conocida frase de san Gregorio Magno, el amor mismo es conocimiento. El amor vivido permite comprender la vocación de un modo que antes resultaba ininteligible. Ricardo de San Víctor lo expresó así: ubi amor, ibi oculus -donde hay amor, se podría traducir-, se abre la capacidad de ver lo que antes estaba oculto.
Así, quien está unido a Dios por el amor experimenta la llamada como una invitación a la plena libertad. En cambio, quien no vive ese amor es incapaz de comprenderlo. En pocas palabras, el fenómeno de la vocación solo se entiende cabalmente desde la unión con Dios, en la unión con Él.
Si esto es así, más que intentar explicar el fenómeno vocacional desde la relación entre obediencia y libertad, habría que hacerlo desde el par comunión-llamada. León XIV lo ha apuntado recientemente, al responder a las preguntas del pequeño Renzo en Barcelona: “Más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. Porque la amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno”. Para quien es amigo de alguien, la idea de compartir un proyecto con él no supone una exigencia extrínseca, sino algo que es tan propio como la propia vida. Para quien vive la amistad con Cristo, sus propuestas son más propias, que sus mismos deseos. Y al responder a esa llamada, pondrá en juego su entera libertad, a la vez obediente y creativa.





