En el Evangelio de hoy, Jesús presenta el Reino de Dios mediante la imagen del trabajo. La parábola de los obreros de la viña dirige nuestra atención hacia tres realidades: la llamada de Dios, la naturaleza de nuestro trabajo y la recompensa que Él promete. Sin embargo, cada una de ellas se manifiesta de un modo muy distinto de nuestras expectativas humanas. Por medio del profeta Isaías, el Señor declara: “Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes”. La manera de pensar de Dios no es simplemente distinta de la nuestra; es infinitamente más sabia y más llena de amor.
El Evangelio nos revela, ante todo, que Dios quiere que todos trabajen en su viña. No hay lugar para el desempleo espiritual. El dueño de la viña sale repetidamente en busca de trabajadores: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y casi al final de la jornada. En cada ocasión busca a quienes todavía están desocupados y les dice: “Id también vosotros a mi viña”. El acento de la parábola no recae, en primer lugar, sobre el salario, sino sobre la llamada. Antes de hablar de la recompensa, aparece la invitación de Dios.
La segunda enseñanza se refiere a la actitud con la que trabajamos. Al terminar la jornada, los obreros que habían trabajado desde la primera hora comenzaron a murmurar: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Lo que al comienzo habían aceptado de buen grado se convierte ahora, a sus ojos, únicamente en “el peso del día y el bochorno”. Ya no contemplan el privilegio de trabajar para el dueño de la viña, sino que se comparan con los demás.
Joseph Ratzinger reflexiona de manera muy hermosa sobre esta parábola. Podemos terminar pareciéndonos a los obreros contratados a primera hora. Cuando descubrieron que quienes habían trabajado poco recibían el mismo salario, dejaron de valorar el privilegio de haber trabajado durante toda la jornada. En lugar de alegrarse por lo que habían recibido, comenzaron a fijarse en lo que recibían los demás. Pero, ¿estaban realmente seguros de que pasar el día sin hacer nada era mejor que pasarlo trabajando? ¿Y por qué su satisfacción con el salario dependía de que los otros recibieran menos?
La parábola no fue contada solamente para describir a aquellos jornaleros; fue contada para nosotros. Siempre que nos preguntamos: “¿Por qué debo vivir la vida cristiana?”, empezamos a pensar como los obreros de la primera hora. Imaginamos que el “desempleo espiritual” —una vida sin oración, sin fe, sin sacrificio y sin compromiso con Dios— es más fácil, más libre y más feliz que la vida en la viña del Señor. Pero, ¿es realmente así? ¿Es una vida sin Dios más plena que una vida vivida en amistad con Él?





