A primera hora de la mañana, cuando la luz empieza a deslizarse sobre el lago Albano y los olivos de las villas pontificias proyectan sombras todavía largas, el Borgo Laudato Si -un laboratorio donde jóvenes aprenden a cuidar la casa común mientras se preparan para un oficio- resulta un lugar demasiado sereno para hablar de guerra nuclear.
Más de doscientas personas llegadas de distintos continentes, entre ellas premios Nobel, antiguos jefes de Estado, científicos y expertos en inteligencia artificial, se reunieron en este laboratorio de ecología integral impulsado por el Vaticano para debatir dos fuerzas que están redefiniendo nuestro tiempo: el regreso del riesgo nuclear y el crecimiento acelerado de la inteligencia artificial.
No es frecuente ver compartiendo espacio a premios Nobel como David Gross, Maria Ressa y Muhammad Yunus, a líderes políticos como Juan Manuel Santos y Romano Prodi, y a investigadores como Tristan Harris vinculados a OpenAI, Anthropic o Google DeepMind. Esa mezcla es la señal de los tiempos.
La inteligencia artificial ha democratizado preguntas que durante mucho tiempo parecían reservadas a una minoría de expertos: ¿quién decide?, ¿quién controla?, ¿quién asume la responsabilidad? Son cuestiones que ya no pertenecen sólo a gobernantes o ingenieros. Nos afectan a todos.
Más que ausencia de guerra
En la sesión inaugural, el cardenal Fabio Baggio, pro-prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y director general del Centro de Alta Formación del Borgo Laudato Si, recordó que la paz no puede reducirse a la ausencia de conflicto: “Es un orden fundado sobre la justicia, la confianza mutua, el respeto del derecho y la dignidad inviolable de cada ser humano”, afirmó.
En un momento marcado por guerras abiertas, amenazas nucleares y una carrera tecnológica cuyo ritmo parece superar la capacidad de reflexión política y ética, insistió en la necesidad de principios compartidos capaces de orientar el progreso hacia fines auténticamente humanos.
Entre Babel y Jerusalén
Si hubo una imagen capaz de condensar el espíritu del encuentro fue la propuesta por el cardenal Silvano Maria Tomasi. El veterano cardenal escribió una humanidad situada ante una bifurcación: construir una nueva ‘Babel tecnológica’, donde el poder, los datos y el control se conviertan en ídolos, o trabajar por una ‘nueva Jerusalén’, donde la tecnología esté al servicio de la fraternidad. “El lenguaje de la disuasión ha vuelto a dominar las relaciones internacionales”, advirtió.
En los debates se repitió la preocupación por una nueva carrera armamentística en la que inteligencia artificial y armas nucleares podrían reforzarse mutuamente.
Gobernar la inteligencia artificial
Uno de los discursos más esperados fue el de Juan Manuel Santos. El Nobel de la Paz y expresidente colombiano sostuvo que será imposible garantizar que la inteligencia artificial sirva al bien común sin una gobernanza eficaz basada en la responsabilidad, la transparencia y el Estado de derecho.
Muhammad Yunus fue aún más lejos. Afirmó que estamos viviendo simultáneamente el final de una civilización y el nacimiento de otra, y recordó que las decisiones actuales marcarán el mundo que heredarán los jóvenes.
También intervino Romano Prodi. En un mundo cada vez más fragmentado, advirtió, ninguna nación podrá afrontar por sí sola desafíos como la inteligencia artificial, la seguridad global o el control de tecnologías cada vez más poderosas.
Por su parte, Kerry Kennedy, que actualmente preside la organización Robert F. Kennedy Human Rights, dedicada a la defensa de los derechos humanos, hija de Robert F. Kennedy, el senador y exfiscal general de Estados Unidos que fue asesinado en Los Ángeles el 5 de junio de 1968, mientras hacía campaña para la presidencia, reclamó “que ningún sistema automatizado pueda decidir sobre el uso de armas nucleares”, una idea que quedó incorporada en la Declaración de Roma mediante la exigencia de un control humano efectivo sobre esos sistemas.
Una conversación que viene de lejos
La preocupación del Vaticano por estas cuestiones, obviamente, no empezó esta semana. En julio del año pasado sembró la semilla de este encuentro convocando una mesa internacional sobre inteligencia artificial cuya reflexión desembocó en el documento Fraternity in the Age of AI, con la participación de algunas de las voces más influyentes del sector. Entre ellas Yoshua Bengio, Stuart Russell, Max Tegmark, Geoffrey Hinton, Yuval Noah Harari, Maria Ressa y otros expertos internacionales.
El punto de partida es tomar conciencia de que la inteligencia artificial puede convertirse en un actor institucional: participar en mercados, redactar contratos, influir en decisiones colectivas y gestionar sistemas complejos sin comprensión humana completa. Precisamente Harari, que es noticia estos días, sostiene que la IA ha empezado a «hackear el código de la civilización humana» al dominar el lenguaje, el principal sistema operativo de las sociedades humanas. También insiste en que la IA es muy inteligente, pero no consciente: «la inteligencia no es lo mismo que la conciencia». La pregunta era esencialmente la misma que sobrevoló estos días Castel Gandolfo: cómo garantizar que la inteligencia artificial contribuya a crear sociedades más humanas, más justas y más inclusivas.
Del Borgo al Campidoglio: la paz, una forma de inteligencia
La mañana del 16 de julio el escenario cambió. Los debates abandonaron la tranquilidad de los olivares y se trasladaron a la Sala Giulio Cesare del Campidoglio, corazón político de Roma. Allí fue firmada la Declaración de Roma por una Paz Desarmada y Desarmante en la Era de la Inteligencia Artificial, las Armas Nucleares y los Sistemas Autónomos, culminación de la Asamblea celebrada en Castel Gandolfo.
El cardenal Baldassare Reina presentó la Declaración como una llamada a la responsabilidad. Habló de la necesidad de educar a las nuevas generaciones en el pensamiento crítico, la ética y la responsabilidad científica porque, tal y como afirmó, “la paz necesita tanto ciencia como conciencia”. También recordó que toda decisión tecnológica, política o económica debe mantener en el centro la dignidad de la persona humana.
La Declaración quiere ser un llamamiento en favor de la vida, la razón, la fraternidad y la corresponsabilidad. En un momento en que la seguridad parece volver a basarse en la amenaza y la disuasión, Reina defendió que “la paz es una forma de inteligencia”.
El Nobel de Física David Gross lanzó una advertencia igualmente clara: “Nuestra supervivencia está en juego”. Y Sharon Stone, embajadora de la firma -y guiño al reclamo mediático- resumió el espíritu de la jornada declarando que “la dignidad humana no es un algoritmo”, como síntesis final del encuentro.
Durante la rueda de prensa posterior, Omnes preguntó cómo medir en cinco años si realmente hemos avanzado en el futuro, si los principios proclamados en Roma se han traducido en hechos, en definitiva: qué tres indicadores concretos utilizarían para saber que la IA está fortaleciendo la dignidad humana y no sólo la productividad económica. Maria Ressa respondió que el criterio estará en las personas: comprobar si los ciudadanos reciben información más fiable, si las democracias salen fortalecidas y si los seres humanos conservan capacidad real de decisión frente a sistemas cada vez más influyentes. También alertó sobre el papel creciente de los chatbots y asistentes conversacionales. La cuestión, afirmó, no será cuánto saben las máquinas, sino si ayudan a pensar mejor o terminan pensando por nosotros.
Nadie ha viajado hasta el Borgo Laudato Si’ para hablar únicamente de algoritmos. Se ha hablado de libertad, responsabilidad, poder y futuro. Al final, la imagen que permanece no es la de los expertos ni la de los documentos firmados. Es la de mentes brillantes reunidas entre gallinas, ponis, huertos y olivos para debatir el futuro de la civilización mientras reconocen que todo empieza por cuidar pequeñas realidades concretas.
Las máquinas son cada vez más inteligentes. Pero el futuro seguirá dependiendo de algo mucho más antiguo que cualquier algoritmo: la capacidad humana de discernir qué merece ser protegido y puesto al servicio del bien común. Después de todo, la gran pregunta ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial. La pregunta es otra: ¿en manos de quién estamos?





