COMENTARIO ARTÍSTICO
Este panel es un ejemplo característico de la pintura flamenca del siglo XV. La escena muestra a la Virgen María orando en una estancia cuando el ángel enviado por Dios se le aparece, siguiendo el relato de san Lucas (1, 26-38). María viste un magnífico manto azul con escultóricos pliegues y con un borde ricamente decorado. Reclinada sobre cojines en un banco, parece absorta en su lectura. A sus pies, un jarrón con lirios blancos, símbolo de la pureza de la Virgen; un motivo muy utilizado en la pintura que se sigue utilizando incluso en épocas más modernas (véase, por ejemplo, la versión de Émile Bernard sobre el mismo tema, 1890, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid). El ángel entra por una abertura en el muro, se arrodilla ante ella y alza la mano en señal de saludo. También él viste un rico manto rojo semejante a vestiduras sacerdotales y lleva lo que parece un pequeño díptico a modo de broche; las plumas de sus alas y los rizos de su cabello están representados con minuciosidad. Ambas figuras, en rojo y azul, dominan la composición. En la parte superior izquierda, Dios aparece rodeado de seres celestiales, enviando a su Hijo, esta vez en forma de rayos que descienden desde lo alto, una manera gráfica de representar el poder divino.
Los cuatro momentos de la Anunciación: el ojo del espectador
Al contemplar escenas de la Anunciación del siglo XV conviene pensar en cómo las entendería el público de la época. Para nosotros puede parecer simplemente otra representación de la visita del arcángel Gabriel a la Virgen, pero los espectadores de entonces sabían distinguir qué momento del relato estaban viendo. Se reconocían cuatro etapas: María en oración o leyendo (antes de notar la presencia del ángel), escuchando (cuando oye su saludo), reflexionando o preguntando (mientras medita el mensaje) y aceptando (cuando se somete a la voluntad divina). Cada momento tiene sus propias características. Este panel muestra la primera fase, cuando María aún no se ha dado cuenta de la presencia del ángel.
Entre lo doméstico y lo sagrado: un interior gótico minucioso
El pintor no solo narra el episodio de la Anunciación, sino que también ofrece una visión del interior de una iglesia gótica. La estancia cuidadosamente representada -el pequeño armario con libros, la llave, las vidrieras- es un espacio ilusorio que funciona a la vez como habitación privada de María y como pequeño oratorio o anexo a un templo. Las vidrieras con escenas religiosas serían poco comunes en un entorno doméstico. El edificio está pintado con gran atención al detalle: se observa el exterior de una iglesia gótica con pináculos decorados, torrecillas, esculturas en hornacinas, sillares, balaustradas e incluso los pequeños clavos de los postigos de las ventanas. Esta información visual resulta muy valiosa para los historiadores del arte, al igual que los objetos que adornan el interior. En un muro se distingue un pequeño cartellino que quizá contenga oraciones, lo que sugiere cierto nivel de erudición y devoción entre los fieles.
El panel fue realizado en el primer cuarto del siglo XV. Aunque el artista demuestra gran habilidad al representar la arquitectura y las figuras, el manejo de la perspectiva es menos seguro. Las proporciones entre personajes y espacio no son del todo correctas y el modo en que se abre el armario de los libros resulta algo extraño. Sin embargo, estos aspectos no afectan al contenido del tema.
Esta obra flamenca perteneciente a la Colección Real española, fue adquirida por el rey Felipe II en 1584 a Giacomo (Jacome) Trezzo para el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Posteriormente se registró en el oratorio de la enfermería de El Escorial, antes de pasar al Museo del Prado. Por su tamaño y formato, es probable que formara parte del ala de un retablo, quizá dentro de una serie dedicada a la Virgen María y al Nacimiento de Cristo.

COMENTARIO CATEQUÉTICO
En el saludo del ángel que aparece en esta espléndida tabla del Museo del Prado descubrimos que éste es un mensajero enviado por Dios para un suceso de excepcional e irrepetible trascendencia en la historia. La Encarnación del Hijo de Dios, que, como vimos en anteriores capítulos de esta serie, asume una Humanidad como la nuestra (excepto por el pecado), va a tener lugar mediante la cooperación, libre y necesaria a la vez, de una virgen humilde del pueblo de Israel, que vive en un lugar olvidado y escondido de Galilea (Lucas 1, 26-27).
El saludo de la plenitud
En efecto, el saludo de san Gabriel está revelando la llegada de la plenitud de los tiempos, que son plenos porque, finalmente, el Dios Creador se une personalmente a su criatura maestra, el ser humano, de tal modo que en Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad (Colosenses 2, 9). El tiempo llega a su cenit y la historia humana alcanza su cumplimiento más alto en este momento de plenitud, en el que el Hijo de Dios se une por la Encarnación a la humanidad entera al ser concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la humilde Virgen de Nazaret.
Habitando el seno de la Virgen Dios se hace presente en su Creación, pero no porque antes no estuviera en su obra, sino porque ahora está de una manera especial y plena. Esta nueva presencia de Dios en su Creación es el fruto de las misiones de las personas divinas, tal y como representa el cuadro plasmando al Padre y al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es enviado para santificar y fecundar el seno de la Virgen María, mientras que el Hijo es enviado por el Padre para ser concebido en la plenitud del Espíritu. La presencia del Espíritu Santo en el cuadro nos recuerda que Jesucristo es desde su concepción el Ungido, el que hace presente en la Creación la plenitud del Espíritu Santo (Hechos 10, 38).
Esta nueva presencia implica la cooperación de la joven que va a hacer posible que Dios habite de modo nuevo en el mundo que ha creado. María es elegida y predestinada desde antes de su Creación para ser la Madre de Dios, así lo revela su magnífico manto y el borde rico y espléndido de su vestido. Pero la elección de Dios respeta su libertad, porque la gracia coopera con la naturaleza, no la suprime ni la fuerza. Dios espera su sí antes de actuar, porque la concepción del Hijo de Dios se realiza después de un diálogo orante, hecho de escucha, preguntas, aceptación, en el que con libertad suprema dialogan tanto el Creador, a través de su enviado, como su más perfecta criatura, la virgen humilde de Nazaret.
Así, en María se da también la plenitud de una historia: la del pueblo de Israel, salvado por Dios con la cooperación necesaria, y paradójicamente libre, de mujeres aparentemente inermes, débiles e incapaces. La joven nazarena es el último y más espléndido episodio de una serie que, a partir de la caída de Eva, va realizando en Sara, Ana, Débora, Rut, Judit o Ester el plan de Dios para seguir estando presente en medio de su pueblo y así seguir llevando adelante su alianza de salvación.
María, la siempre Virgen
Es humanamente paradójico que la plenitud de la vida haya aparecido en el mundo tan sólo por la cooperación de una virgen, sin intervención de varón. Sin embargo, la tradición cristiana ha encontrado en este aparente absurdo un valioso misterio de la fe, que ha de ser aceptado, comprendido en su profunda riqueza y transmitido como parte de la fe católica. Especialmente el evangelio de san Mateo nos enseña que estamos delante no de un mero suceso incomprensible, antinatural incluso para algunos, sino que la concepción virginal del Mesías nos sitúa ante una acción divina única. Tan única que san José, que era justo (es decir, vivía plenamente unido al Dios de la Alianza) no es capaz de descubrir su sentido, hasta que la sabiduría de Dios se lo revela por medio de un ángel: María espera un Hijo que fruto de una acción del Espíritu Santo (Mateo 1, 21) y, por tanto, una obra que jamás podrá ser descifrada ni explicada con la simple capacidad humana.
La concepción de Jesucristo sin obra de varón, con la sola cooperación de María, ha sido para el evangelista, y para la Iglesia, el cumplimiento de una de las mayores profecías del Antiguo Testamento: el oráculo del Enmanuel (Isaías 7, 14). “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo” como signo incomprensible y admirable de Dios, tal y como subraya de nuevo el evangelista (Mateo 1,23). Por ello la Iglesia no se ha quedado en la aparente imposibilidad de tal suceso, pese a haber recibido por ello burlas e incomprensiones desde sus comienzos. Acogiendo la concepción virginal como signo único e irrepetible de Dios, la custodia en su depósito de fe y la proclama desde su más temprana historia.
En ella la Iglesia ha visto un misterio indescifrable, pero no por ello ha dejado de descubrir el profundo sentido que encierra para la comprensión de Dios y de la vida de fe. En la concepción virginal se manifiesta la iniciativa absoluta de Dios, único Salvador y Guía de la historia humana. También se cierra en el Nuevo Adán la historia iniciada en el paraíso, cuando Adán es formado del seno de una tierra virgen, sin cultivar, y recibe su identidad definitiva por el soplo del Espíritu divino. Y también se enseña que el ser humano puede nacer de nuevo, nacer de lo alto (Juan 3, 3) siempre que acoja sinceramente el don del Espíritu Santo.
Concibiendo a Jesucristo como único Hijo, María queda consagrada permanentemente a Él, de modo que permanece como la siempre Virgen. Entramos así en el dogma de la virginidad perpetua de María: antes del parto, en el parto y después del parto. Ella no sólo es una virgen que concibe al Mesías, sino la siempre Virgen, por excelencia y con mayúscula, que para siempre prolonga su única maternidad, la que dio la vida a Jesucristo, en todos los miembros de su Cuerpo, la Iglesia. De modo análogo a lo sucedido en Nazaret, la Virgen coopera con Dios en el nacimiento sobrenatural de los nuevos miembros de su único Hijo, viviendo así una Maternidad universal. Por ello es también signo de la Iglesia, Virgen y Madre de la nueva Humanidad, la que fue concebida virginalmente en la humildad de Nazaret y será consumada en el retorno glorioso del Hijo de la Virgen.
Obra
Historiadora del arte y doctor en Teología





