José Molero (Alfacar,Granada, 1937), Pepe, ha tenido una vida nutrida y feliz, pero sobre todo, sorprendente, especialmente en su juventud. Este granadino, ingeniero de minas, a las que dedicó sus primeros años de vida profesional, terminó recalando en la enseñanza, ámbito en el que, además de una dedicación y un don innegable, desarrolló también sus pasos como escritor. Enfocado en la literatura juvenil, aunque con algún “pinito” poético,
Su último libro Ariadna y el bosque de los susurros, publicado por la editorial Strogoff, se adentra en un bosque mágico, lleno de voces y personajes a través de los que una niña, Ariadna, va desentrañando las cuestiones esenciales de la vida: la amistad, el respeto, la solidaridad…
Molero destaca, en esta conversación con Omnes, que hoy el enemigo no es “la escasez de libros —se publica más que nunca—, sino la dictadura de la distracción”.
Ingeniero de Minas, profesor… ¿Cómo llega usted a la escritura infanto-juvenil?
–Creo que llegué de una manera muy natural, aunque ya en mis años de bachillerato escribía cuentos cortos y disfrutaba inventando historias. Cuando elegí una carrera eminentemente técnica, la creación literaria pasó a un segundo plano.
El verdadero punto de inflexión llegó años después al incorporarme a la docencia. El contacto diario con los alumnos me devolvió las ganas de escribir y, casi sin darme cuenta, fui descubriendo que la literatura infantil y juvenil era un medio extraordinario para despertar la curiosidad, transmitir valores y contagiar el gusto por la lectura. Desde entonces, he publicado más de 500 cuentos cortos y algunas novelas juveniles.
Con el tiempo he comprendido que enseñar y escribir son dos actividades que se alimentan mutuamente. La convivencia con niños y adolescentes me permitió conocer mejor su manera de pensar, sus inquietudes y su sentido del humor, y todo ello fue encontrando un lugar en mis historias. Así, lo que había empezado siendo una afición juvenil ha terminado convirtiéndose en una de las facetas más apasionantes de mi vida.
Usted ha ejercido de profesor durante muchos años, ¿cómo ha evolucionado el acceso a la lectura de los más jóvenes?
–Creo que nunca se ha leído tanto como ahora, al menos si nos fijamos en la cantidad de palabras que pasan cada día por delante de nuestros ojos. Basta vernos pendientes de las pantallas de nuestros móviles: mensajes instantáneos, vídeos subtitulados, noticias cambiantes…
Hoy el gran enemigo no es ni mucho menos la escasez de libros —se publica más que nunca—, sino la dictadura de la distracción. Vivimos sometidos a un flujo constante de estímulos que nos empujan a pasar rápidamente de un contenido a otro y que hacen cada vez más difícil esa lectura pausada, reflexiva y silenciosa que exige un buen libro y que deja una huella indeleble.
Por eso siempre animaba a mis alumnos a reservar, al menos, diez minutos al día para leer. No les proponía empezar por los grandes clásicos ni convertir la lectura en una obligación, sino descubrir el placer de abrir un libro por iniciativa propia. Cuando ese pequeño hábito se consolida, todo lo demás llega casi por añadidura: aumenta la capacidad de concentración, se enriquece el vocabulario, mejora la expresión y, sobre todo, se ensancha la manera de comprender la realidad.
Considero que cada niño o cada joven que descubre el placer de la lectura representa una pequeña victoria frente a la superficialidad de nuestro tiempo. Y ese descubrimiento casi nunca sucede por casualidad. Detrás suele haber unos padres que leen al principio con los hijos o un maestro que recomienda un libro con entusiasmo. Ahí empieza, casi siempre, el verdadero viaje de un lector; un viaje que, cuando se emprende de verdad, dura toda la vida.
¿Hay historias «infalibles»? ¿Qué títulos considera imprescindibles en una biblioteca familiar?
–No creo que existan historias infalibles, porque cada lector es diferente, igual que no existen listas cerradas de libros. Más que buscar el libro perfecto, lo importante es poner en manos de cada niño la historia adecuada en el momento oportuno.
En una biblioteca familiar, sin embargo, sí considero imprescindibles los grandes clásicos —El principito, Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, Pinocho, El mago de Oz…— porque han resistido el paso del tiempo y siguen emocionando a generaciones de lectores. Junto a ellos conviene incorporar magníficas obras contemporáneas como Las crónicas de Narnia, libros de poesía —el encuentro con la poesía es clave en las edades infantiles—, novelas de aventuras que alimenten la curiosidad, la imaginación y el deseo de seguir descubriendo el mundo.
Pero, por encima de cualquier lista de títulos, el mejor libro es el que, al terminarlo, despierta en un niño el deseo de abrir otro. Ahí comienza el verdadero hábito lector y, con él, el viaje que puede acompañarlo toda la vida.
En la actualidad muchos padres se «pierden» ante las ofertas de literatura infantil y juvenil ¿Cómo elegir libros de buena calidad literaria y que transmitan una visión del mundo y de la persona recta?
–Es una pregunta muy oportuna, porque nunca ha habido tantos libros infantiles y juveniles como ahora, y, sin embargo, esa misma abundancia puede desorientar a muchas familias. Mi primer consejo es no dejarse llevar por las modas ni por las listas de los más vendidos. Un buen libro no es necesariamente el que más se vende ni el que cuenta con la campaña de marketing más llamativa, sino el que permanece en la memoria del lector después de haber cerrado sus páginas.
Conviene buscar obras bien escritas, con un lenguaje cuidado, personajes creíbles y tramas inteligentes. Pero la calidad literaria, siendo imprescindible, no basta. Los libros también educan la sensibilidad y ayudan a construir una manera de mirar el mundo. Por eso es importante que transmitan una visión esperanzadora —tan necesaria hoy día— del ser humano, donde valores como la amistad, la verdad, la generosidad, el esfuerzo, el buen humor, la responsabilidad o el perdón aparezcan encarnados en la vida de los personajes y no como un sermón.
A los padres les aconsejaría, además, que no intenten orientarse solos entre miles de novedades. Merece la pena confiar en el criterio de buenos profesores, bibliotecarios, plataformas digitales como Delibris o instituciones y medios de reconocido prestigio. Y, siempre que sea posible, leer con sus hijos o, al menos, interesarse por los libros que leen. Compartir una historia y conversar sobre ella es una de las mejores maneras de educar.
En definitiva, un buen libro no adoctrina, pero tampoco es moralmente neutro: toda historia o poema transmite una determinada visión de la persona y de la vida. La mejor literatura no da lecciones; ofrece orientaciones. Por experiencia sé que un niño aprende mucho más de un personaje admirable que de un discurso brillante.
La literatura infantil y juvenil, ¿qué nos puede enseñar a los adultos?
–La literatura infantil y juvenil puede enseñar mucho a los adultos porque no empequeñece los grandes temas de la vida; los hace más transparentes. Los niños conservan una capacidad de asombro que los adultos vamos perdiendo casi sin darnos cuenta. Por eso, cuando un escritor consigue llegar de verdad a un niño, también está tendiendo un puente hacia el lector adulto.
Los mejores libros infantiles no tienen dos niveles de lectura: uno para niños y otro para mayores. Tienen una sola verdad, contada con tal hondura y sencillez que cualquiera puede emocionarse con ella. Hablan de la amistad, del miedo, de la pérdida, de la esperanza o del amor con una autenticidad que a menudo echamos de menos en muchos libros escritos exclusivamente para adultos.
No es casual que algunos de los grandes clásicos de la literatura infantil sigan acompañándonos toda la vida. Platero y yo, por ejemplo, nunca fue concebido por Juan Ramón Jiménez como un libro exclusivamente para niños. De hecho, en el prólogo confiesa que lo escribió «…no sé para quién…», dejando claro que estaba dirigido a cualquier lector capaz de emocionarse. Lo mismo sucede con El principito y con tantas otras obras que, con el paso del tiempo, han terminado encontrando lectores de todas las edades.
Eso demuestra que los grandes libros no tienen edad; tienen lectores. Y quizá esa sea una de las principales enseñanzas de la buena literatura infantil: recordarnos que crecer no consiste en perder la capacidad de admirarnos, sino en conservarla. Un adulto que comparte un buen libro con un niño no solo le está enseñando a leer; también está recuperando, casi sin darse cuenta, una manera más limpia, más libre y más humana de mirar el mundo.
¿Qué aporta su último libro de cuentos, Adriana y el Bosque de los Susurros?
–Mi último libro, Adriana y el Bosque de los Susurros, es, en cierto modo, la puesta en práctica de todo lo que le vengo comentando sobre la literatura infantil y juvenil. Reúne quince relatos protagonizados por Adriana —aunque podría ser cualquier niño o cualquier niña— durante sus incursiones en un bosque donde la fantasía se convierte en un camino para descubrir la realidad.
Cada aventura plantea un reto distinto y ofrece al lector la posibilidad de crecer junto a la protagonista. Hay un claro homenaje a algunos de los grandes clásicos de la literatura infantil y juvenil, desde Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, hasta personajes y mitos como Merlín o el rey Midas, porque las grandes historias nunca dejan de dialogar entre sí y siguen teniendo mucho que decir a los lectores de las distintas generaciones.
He querido escribir un libro en el que la aventura, el humor, el misterio y la imaginación no sean un simple entretenimiento, sino el cauce para hablar de cuestiones esenciales: el bien y el mal, el miedo y el valor, la amistad, la solidaridad, la importancia de saber escuchar y la capacidad de admirarse ante la belleza de la naturaleza.
Si, al cerrar el libro, un niño siente deseos de seguir leyendo y, además, se hace alguna pregunta importante sobre la vida, consideraré que el objetivo está cumplido.
Como autor, me llena de satisfacción comprobar que Adriana y el Bosque de los Susurros está conquistando tanto a los pequeños lectores como a educadores y familias.
Adriana y el Bosque de los Susurros





