Cultura

Los nombres de Cristo Antonello da Messina, Cristo bendiciendo

Antonello da Messina fusiona la precisión flamenca con la claridad italiana en esta obra íntima, donde un Cristo frontal y cercano invita a la contemplación personal.

Eva Sierra y Antonio de la Torre·20 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

©Web Gallery of Art

COMENTARIO ARTÍSTICO

Esta pequeña pero cautivadora pintura muestra a un hombre con túnica roja y un manto azul que cubre su hombro izquierdo. No hay elementos evidentes que identifiquen de forma inmediata esta imagen frontal como Cristo: ninguna inscripción más allá de la firma del artista, ningún símbolo, sin halo, sin instrumentos de la Pasión y sin referencia a la Santísima Trinidad, como era habitual anteriormente. La única pista clara es el gesto de su mano derecha: una bendición en escorzo.

Innovación técnica y naturalismo flamenco

Cristo es presentado de frente, una elección poco común en la retratística de la época, donde predominaba la vista de tres cuartos, heredada de la Antigüedad. Aquí, Cristo dirige la mirada directamente al espectador, estableciendo una conexión intensa mientras nos bendice. El fondo negro plano aísla la cabeza y los hombros, acentuando la sensación de presencia. La sencillez de la composición evoca la impronta del rostro de Cristo en el velo de la Verónica. Sin embargo, no es un retrato en el sentido convencional de un modelo posando ante el pintor; Antonello se inspira en la conocida imagen devocional del Santo Rostro, utilizándola como base para una interpretación íntima e imaginativa.

El escorzo de la mano derecha, con los dedos apoyados en la repisa de un marco ficticio, crea la ilusión de que sobresale hacia nuestro espacio. Este recurso recuerda a las técnicas flamencas empleadas por Jan van Eyck y otros maestros neerlandeses del siglo XV. Sobre la mano alzada de Cristo se aprecian vestigios del diseño inicial de Antonello. Modificó la posición para dar mayor inmediatez, alineando los dedos como apilados y adelantándolos, de modo que la mano parece traspasar la repisa pintada. Esto intensifica la sensación de cercanía y realismo.

El dominio de Antonello en la técnica del óleo aplicado en finas capas le permitió representar texturas con gran precisión: el brillo sedoso del cabello, las variaciones marmóreas de la repisa y los pliegues nítidos del cartellino (papel inscrito) con su firma. Estas innovaciones, aprendidas de la escuela flamenca, fueron revolucionarias en Italia y pronto influyeron en artistas más allá de su Sicilia natal. Tal virtuosismo técnico animó a los pintores a firmar abiertamente sus obras, poniendo fin al anonimato anterior. El cartellino aquí, escrito en latín, dice: “En el año 1465 de la octava indicción, Antonello da Messina me pintó”.

Una obra para la devoción privada

La escala íntima de la obra sugiere que fue concebida para devoción privada, más que para su exhibición en una iglesia. En el siglo XV, el mercado artístico estaba experimentando cambios. Aunque continuaban los grandes encargos para templos financiados por monarcas, nobleza, instituciones cívicas o gremios, crecía la demanda de pequeñas pinturas, libros de oraciones iluminados, dípticos portátiles y otros objetos devocionales encargados por particulares. Estas piezas se colgaban en la propia casa, en un estudio o estancia privada, como foco de oración y contemplación. Reflejan un cambio en la relación de los fieles (al menos quienes contaban con recursos para encargarlos) con Cristo, hacia una devoción más personal e íntima. Para su propietario, una obra así constituía una apreciada representación del Santo Rostro, inspirada en el velo de la Verónica.

Antonello da Messina fue el principal pintor del Renacimiento temprano en el sur de Italia, probablemente formado en Nápoles, ciudad con estrechos vínculos culturales y artísticos con los Países Bajos. Su capacidad para combinar la precisión de la técnica flamenca al óleo con la claridad y el orden del diseño italiano marcó un punto de inflexión en el arte de Italia. Esta obra ingresó en la colección de la National Gallery en 1861, tras su adquisición en Génova, y sigue siendo un ejemplo sobresaliente de la fusión entre maestría técnica e intensidad devocional de Antonello.

COMENTARIO CATEQUÉTICO

Terminada la primera parte del Credo, dedicada a Dios Padre, el Catecismo nos lleva a la segunda, centrada en la exposición de la fe sobre Dios Hijo. En el centro de esta fe está la certeza de que Dios ha enviado a su Hijo para salvar a la humanidad de las consecuencias del pecado y llevar a plenitud su obra creadora mediante la glorificación del ser humano. La respuesta de Dios al pecado de Adán y Eva, pues, no termina en la expulsión del paraíso que pintó magistralmente Masaccio sino en el envío de su propio Hijo en una humanidad como la nuestra, como evoca el óleo realizado por Antonello da Messina con la admirable síntesis de claridad y precisión que vemos en este cuadro.

Con este envío Dios ha cumplido la promesa de salvación hecha a los primeros padres y, especialmente, a Abraham y a su descendencia. Por ello, el Hijo encierra en sí una multitud de nombres que ilustran su identidad y misión salvífica, por lo que todos esos nombres de una manera o de otra hablan de salvación y bendición. La Iglesia desde el principio anuncia la riqueza contenida en esos nombres, de los cuales, en base a la confesión de Pedro en Cesarea (Mateo 16, 16) escoge tres como especialmente significativos: Jesús, Mesías e Hijo de Dios, a los que el Nuevo Testamento y la tradición cristiana añaden el nombre de Señor. En estos cuatro nombres contemplamos la inefable presencia de Dios Hijo encarnado entre nosotros; igual que el cuadro no presenta explicaciones ni atributos especiales para representar al Hijo, así tampoco es necesario buscar más nombres ni adjetivos más allá de estos cuatro nombres que nos dibujan la identidad y la misión del Hijo de Dios.

Jesús y Cristo

En los relatos de la concepción de Jesús se revela que el nombre de Jesús ha sido escogido por Dios, como indica el arcángel Gabriel a María (Lucas 1, 31), y hace referencia a Aquel que trae la salvación de Dios (Mateo 1, 21). En efecto, el ángel explica a san José que Jesús salvará a su pueblo de los pecados, basándose en la etimología hebrea de este nombre: salvación de Dios. Escuchar por tanto el nombre de Jesús, al igual que contemplar su Santo Rostro, es evocar toda la obra salvadora de Dios en favor de la humanidad, que encuentra su recapitulación en Jesús Salvador.

El nombre de Jesús es la concreción humana del inefable nombre divino, que los creyentes invocan sabiendo que es el único que puede salvar (Hechos 4, 12). El nombre de Jesús, humillado en la Pasión, ha sido glorificado por el Padre por encima de todo nombre (Filipenses 2, 9), y por ello invocarlo equivale a recurrir a la fuerza omnipotente de Dios: ante este nombre de salvación retroceden los demonios y sanan las enfermedades; todo lo que se pida en nombre de Jesús con verdadera fe será concedido.

La bendición asociada a este nombre, representada por la mano derecha de Cristo en el cuadro, hace que la invocación de Jesús sea el corazón de la oración cristiana no solo en las formas litúrgicas o en las devociones que se han ido forjando a lo largo de la historia de la fe, sino especialmente en la oración individual. Estos pequeños cuadros, encargados para la devoción privada, son un recuerdo de la importancia de recurrir con frecuencia al nombre de Jesús en la vida cotidiana.

Al nombre de Jesús se asocia en el Nuevo Testamento el de Cristo, muchas veces de forma insoluble. Este nombre, que procede del griego, traduce la palabra hebrea Mesías (ungido), nombre que recibían los reyes de Israel que eran ungidos con aceite como señal de su realeza. Este nombre se asociaba sobre todo al futuro rey que vendría en los últimos tiempos a liberar al pueblo de Israel y a establecer un reino definitivo en la tierra. Cumplida esta esperanza en Jesús, el Nuevo Testamento lo proclama como el Mesías enviado por el Padre, ungido por el Espíritu Santo, para liberar a la humanidad entera y establecer el Reino de Dios.

Este nombre, en el que se unen Trinidad, humanidad y liberación, es aceptado por Jesús en su vida pública en pocas ocasiones. El peligro de entender la liberación ofrecida en Él en términos humanos o políticos hace que Jesús tenga que purificar este nombre de estas distorsiones, anunciando varias veces que el Cristo tendrá que reinar después de la humillación y el sufrimiento. Tan sólo después de la cruz será reconocido universalmente como Cristo e Hijo de Dios.

Hijo de Dios y Señor

En la tradición de Israel el título de cristo-mesías va asociado al de hijo de Dios, puesto que así era denominado el rey de Israel, como representante del pueblo adoptado por Dios como un hijo en el Éxodo. Siendo un título humano, en Jesús este nombre adquiere una connotación especial, puesto que Él es el Hijo único de Dios, relacionado con el Padre de una forma única y permanente, de tal manera que se distingue en Jesús la invocación “mi Padre” de la de “vuestro Padre”. Esta relación única del Hijo con el Padre (Mateo 11, 27; Lucas 10, 22) se expresa en el cuarto Evangelio con la fórmula Unigénito (Juan 3, 16), en la que se vislumbra que Jesús es propiamente el Hijo porque es engendrado eternamente por el Padre.

La filiación única de Jesús se percibe en tres grandes escenas de los Evangelios: el Bautismo, la Transfiguración y la Agonía en Getsemaní. Jesús será por tanto evocado como Hijo de Dios desde los comienzos de la predicación apostólica, como vemos en san Pedro (Mateo 16, 17) o san Pablo (Gálatas 1, 15-16).

Puesto que el Hijo está íntimamente relacionado con el Padre, comparte también con Él su señorío sobre toda la creación, por lo que Señor es un nombre propio de Jesús. En el pueblo de Israel este nombre se reserva únicamente para Dios, como un equivalente al inefable nombre hebreo de Dios (YHWH). En el Nuevo Testamento, el nombre Señor no sólo se asigna a Dios Padre, sino también a Jesús, que comparte con el Padre la soberanía divina sobre la naturaleza, el pecado, la enfermedad, los demonios y hasta la muerte.

Todo está sujeto al poder de Jesús Señor, pero lo está con un poder de misericordia y cercanía. Por ello este nombre también aparece en el Nuevo Testamento en momentos de especial intimidad con Jesús Resucitado, como la confesión de santo Tomás (Juan 20, 18) y la exclamación de san Juan en el lago (Juan 21, 7). De ahí que reconocer a Jesús como Señor sea un don especial del Espíritu Santo (1 Corintios 12, 3), y desear su venida definitiva al mundo como Señor de él sea una actitud permanente de todos aquellos que creen en Jesucristo (Apocalipsis 22, 20).

El autorEva Sierra y Antonio de la Torre

Historiadora del arte y doctor en Teología

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