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Una revolución medieval con voz femenina

En el siglo XII, María de Francia impulsó la revolución del «amor cortés», un movimiento precursor del feminismo que vinculó el amor verdadero a la libertad y la soberanía de la mujer. Este ideal, que resuena con la moderna teología del cuerpo, desafió las duras costumbres de su época a través de la generosidad y la nobleza de espíritu.

José Carlos Martín de la Hoz·12 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
revolución del amor

En el siglo XII tuvo lugar en Francia una revolución de gran calado e impacto, dicen que como la de 1789 o la de 1968, y que fue denominada la revolución del “amor cortés”. Fue promovida por María de Francia, una noble francesa de la que apenas tenemos datos, pero que estaba dotada de una gran conciencia poética y que gozó de la protección de la vida de la Corte y de la familia real, lo que en aquella época era esencial.

Ella, como denotan su vida y sus escritos, rompería, en cierto modo, las leyes y las costumbres de la época con un feminismo antropológico inusitado (21). Los autores resaltan, y sin duda exageran, que habría planteado en cierto modo lo que Juan Pablo II ha denominado en su célebre teología del cuerpo “el amor de donación” (30) y, además, lo habría hecho en lengua vernácula, con la que habría llegado enseguida a toda la sociedad francesa de su tiempo (39).

El amor romántico basado en la libertad

Es muy interesante que lo que, según esta autora, va a construir sólidamente la verdadera familia —la que ha durado siempre, la que funciona, la que construye un hogar luminoso y alegre— sería el amor romántico, es decir, el que se sustenta en la libertad (50). Como afirma María de Francia: “vivir de amor es imprescindible”. Por eso, subrayará: “no existe el derecho a ser amada a cambio de amor, y amar es en todo caso un privilegio. Debemos sentir gratitud con aquellos que son capaces de despertar en nosotros un sentimiento tan elevado y provechoso” (84).

Esto es muy parecido a lo que afirma san Juan Pablo II al comienzo de sus extensas y continuadas catequesis que terminarían por confluir en el cuerpo magisterial de la teología del cuerpo: “debéis enamoraros del amor”.

Enseguida, nos explicará con todo sentido: “Cuando un manantial brota, quien se pone a calcular el agua que puede dar, quien construye una presa, quien muestra la intención de explotar el caudal, no es un amante, sino un ingeniero. El enamorado debe concentrarse en luchar para que el agua del manantial permanezca siempre cristalina” (84).

Nobleza de espíritu frente a la sumisión

El arranque femenino brotará muchas veces en este trabajo. Por ejemplo, cuando aparece la palabra sumisión: el amor requiere nobleza de espíritu (87) y, sobre todo, conquista diaria, amor diario (89). Esto es muy importante, pues quien se considere prisionero siempre y constantemente intentará la fuga (90). De hecho, los celos “buscan empujar al abismo” (91). Mientras que el que ama nunca procurará el mal del amado (91).

Ciertamente, en aquella época, la responsabilidad de los hijos quedaba primordialmente en la mujer, pero no siempre y en todo momento (99), pues siempre estará por encima “la ley del amor”, que podría traducirse en que la solución de todos los problemas es amar (115). Es más: “solo interesa el amor palpitante” (120).

Las doce reglas contra el desamor

Lógicamente, conviene recordar, como hace María de Francia, que el “amor cortés” no es un derecho, sino que es algo que debe conquistarse de continuo, pues el verdadero amor, el que perdura y crece, no es compatible con el acostumbramiento o con el pedir cuentas (121).

Lo más llamativo de las “doce reglas del amor” (129) que descubre la autora de esta obra es la sobreabundancia. El resumen, por tanto, de la cuestión es que es necesario ejercitar las virtudes, todas y cada una: la generosidad, la magnanimidad, el romanticismo, el respeto a la libertad, y de ese modo el amor puede ofrecerse siempre al amor sin ser invasivo, y, además, siempre con el secreto del amor naciente.

De hecho, el mal se define como ausencia del bien debido; por tanto, las reglas del amor se oponen a las reglas del desamor, como son el egoísmo, la superficialidad, la corporalidad o la traición: frialdad afectiva (132).

El celibato apostólico viene recogido en el diálogo de Jesús con la samaritana (Jn 4, 4-42), cuando el Señor le espeta: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide ‘dame de beber’”. Efectivamente, nos dirá nuestra autora: “Consiste en poner el amor sobrenatural por encima del amor natural” (137).

Un don democrático y generoso

María de Francia resumirá, de nuevo, la cuestión con estas palabras: “amar es ante todo una religión, ante todo se necesita fe”; y enseguida añadirá: “el amor es democrático y transversal, es una oportunidad verdaderamente concedida a todos. En efecto, ni la enfermedad, ni la imperfección física, ni la pobreza, ni el origen impiden ser amado, sino solo el hecho de carecer de nobleza de espíritu (…). Es un entrenamiento constante para dar en lugar de recibir (…). Solo los potentes por exceso de generosidad recibirán el amor que dan. El amante no solo debe dar, sino que debe hacerlo a manos llenas, sin tener en cuenta lo que ha dado y sin esperar nada a cambio; de lo contrario no es amor, sino vil trueque mercantil” (140).

Resultan interesantes, al igual que en las catequesis de san Juan Pablo II en la “teología del cuerpo”, las constantes referencias al “Cantar de los cantares”, un libro de la Sagrada Escritura que deberían leer los esposos y quienes deseen avanzar y madurar en el amor a Dios y a los demás.

El contexto cultural y la realidad de la mujer

En la última parte de este trabajo se recogen diversos textos de la época que hacen referencia a los libros de caballería y a otras glosas de la vida de los grandes reyes y nobles de su tiempo, como Carlomagno, Alcuino de York o Eginardo (180-181). También hay extensas referencias a las escuelas palatinas y de las catedrales, verdaderos centros del saber de la época.

Finalmente, hemos de hacer referencia a la dureza de la vida a la que estaban sometidas las mujeres, siempre expuestas a constantes violaciones, raptos, estupros y duelos de honor. Por eso escribe María de Francia a propósito de la historia de Lanzarote y Ginebra: “una mujer siempre se enamora del hombre que la salva de la violación y del abuso, porque a una mujer no le es posible protegerse por sí misma en un mundo de hombres armados. El cantar de Roldán está escrito por un hombre con el objetivo de convencer a los hombres para que vayan a la guerra” (180-181).

Terminaremos con una breve referencia al mundo de las reliquias, muestra de la fe en la oración y de la abundancia de la superstición (199).

La revolución del amor cortés. María de Francia y el nacimiento del feminismo medieval

Autor: Chiara Mercuri
Editorial: Altamarea
Año: 2025
Número de páginas: 245
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