La Librería Editora Vaticana (LEV) cumple cien años. Fundada como organismo autónomo en 1926, pero heredera de la Tipografía Vaticana instituida por Sixto V en 1587, ha acompañado a nueve Pontífices y difundido en el mundo sus textos y el Magisterio de la Iglesia. Un aniversario que invita a recorrer el pasado y, al mismo tiempo, a interrogarse sobre el futuro del libro y sobre la presencia de la cultura católica en el debate contemporáneo.
Quien guía este tránsito es Lorenzo Fazzini, responsable editorial de la LEV desde 2021, tras haber dirigido durante casi una década la Editrice Missionaria Italiana. Periodista, traductor y escritor, Fazzini ha dedicado muchos de sus libros al encuentro entre fe, literatura y cultura contemporánea, desde las historias recogidas en Nuevos cristianos de Europa hasta los diálogos entre creyentes y no creyentes. Un recorrido que lo ha llevado también a indagar las huellas de lo infinito en la narrativa actual.
Ha publicado además volúmenes con el cardenal Luis Antonio Tagle y con el cardenal Matteo Maria Zuppi. La experiencia adquirida en la editorial misionera ayuda asimismo a comprender la atención que Fazzini dedica a los autores, experiencias y sensibilidades procedentes de las diversas Iglesias del mundo, que le gustaría ver cada vez más presentes en el catálogo de la propia Librería Editora Vaticana.
El centenario ya se ha traducido este año en una serie de citas concretas. El 7 de mayo, el Papa León XIV recibió en la Sala del Consistorio a los directivos y al personal de la LEV, recordando la exhortación que Pablo VI había dirigido a sus predecesores en 1976, con motivo del quincuagésimo aniversario, a “mirar hacia adelante, para una puesta a punto de ideas y de programas para el porvenir”.
Una semana después, la Librería llevó al Salón Internacional del Libro de Turín cuatro encuentros entre figuras eclesiales y voces de la cultura, entre ellos el debate entre el cardenal argelino Jean-Paul Vesco y el historiador del arte Tomaso Montanari sobre la fraternidad. El 24 de junio, el Pontífice recibió en audiencia a un grupo de escritores de todo el mundo, entre ellos el premio Nobel Jon Fosse, Marilynne Robinson, Elizabeth Strout y Éric-Emmanuel Schmitt, junto con autores vinculados a la propia Librería como Adrien Candiard.
En esta entrevista concedida a Omnes, Fazzini explica que ser “la editorial del Papa” significa desempeñar una doble tarea: custodiar los textos pontificios de deformaciones e instrumentalizaciones y, al mismo tiempo, favorecer su más amplia circulación a través de traducciones, acuerdos editoriales y colaboraciones internacionales.
De esta responsabilidad cobra forma una reflexión sobre la identidad de la edición católica, llamada a habitar el ágora cultural y a confrontarse, más allá del perímetro exclusivo de los creyentes, con las preguntas sobre la vida, la muerte, el mal, el perdón y la esperanza.
La entrevista aborda asimismo las transformaciones del mercado editorial y las nuevas ocasiones de encuentro entre autores y lectores, insistiendo en la necesidad de superar lenguajes autorreferenciales. Emerge así el perfil de una editorial que querría reunir en el centro de la cristiandad voces y testimonios de las diversas Iglesias del mundo y, a través de los libros, ponerlos de nuevo en circulación en la Iglesia universal.
La Librería Editora Vaticana cumple cien años, pero sus raíces se hunden en la Tipografía Vaticana fundada por Sixto V en 1587. ¿Cuál es el hilo conductor que une aquella historia con la LEV de hoy?
—Creo que existe un hilo conductor que tiene que ver con comunicar la fe y el Evangelio. La Iglesia siempre ha estado a la vanguardia cuando se trata de anunciar a Cristo. Desde san Pablo, que va al Areópago de Atenas, hasta la Radio Vaticana de Guillermo Marconi, la Iglesia sabe que la acción de comunicar y anunciar a Cristo debe realizarse por todos los medios disponibles. Por tanto, una vez producida la invención de la imprenta de tipos móviles, no tardó en surgir la Tipografía Vaticana, de la que la LEV se independizó en 1926, exactamente hace cien años, para convertirse en un instrumento de mayor difusión editorial en el momento en que una mayor alfabetización permitía una difusión más amplia del libro como objeto.
Recientemente, el Papa León XIV recibió a los directivos y al personal de la LEV, recordando que, en cien años, han acompañado a nueve Pontífices. ¿Qué significa, concretamente, ser “la editorial del Papa”?
—En concreto significa que la difusión editorial de todos los textos de todos los Papas depende de la editorial, que a su vez forma parte del Dicasterio para la Comunicación. Y que, por tanto, respondemos a diario a las diversas solicitudes de traducir y publicar los textos de los Pontífices, así como los de los organismos de la Curia Romana. Esto implica, por un lado, favorecer su máxima difusión y, por otro, velar de manera creativa sobre la difusión de los textos papales para que se realice de forma correcta y respetuosa.
Por ejemplo: el libro Libres bajo la gracia, de Robert F. Prevost -es decir, los textos del Papa León cuando era prior general de los agustinos-, será publicado en Estados Unidos por una de las mayores editoriales estadounidenses, Penguin Random House. Por otro lado, con motivo de la publicación de Magnifica humanitas, la última encíclica del Papa León, estamos recibiendo decenas y decenas de solicitudes de todas partes del mundo para su traducción y publicación.
“La peculiaridad de la edición católica debería ser la universalidad. Es decir, hablar a todos”.
Lorenzo FazziniResponsable editorial de la Librería Editora Vaticana
¿Cuál es la mayor responsabilidad a la hora de custodiar y difundir los textos del Pontífice y el Magisterio de la Iglesia?
—Como decía, se trata de velar de manera creativa y propositiva. Es decir, custodiando y evitando cualquier instrumentalización, incluso económica, de los textos pontificios. Pero, al mismo tiempo, procurando que las palabras del Papa, que están al servicio de la difusión del Evangelio, puedan llegar al mayor número de personas.
Pondré un par de ejemplos: la Carta sobre el papel de la literatura en la formación, del Papa Francisco, es el primer documento papal que una editorial francesa tan importante como Gallimard ha publicado en su trayectoria de más de un siglo. Por otra parte, la presencia en algunas ferias internacionales como las de Fráncfort, Varsovia, Turín y otras ocasiones nos permite el contacto y la relación con nuevas editoriales de todo el mundo con las que entablar vínculos y poner en marcha colaboraciones con miras a una difusión cada vez mayor de los textos de la LEV.
Han elegido celebrar el centenario con una fuerte apertura internacional. ¿Qué quieren contar hoy al mundo sobre la LEV?
—Lejos de nosotros ser autorreferenciales pensando en contar la LEV al mundo; lo que se ha querido con esta proyección internacional es precisamente presentar el hecho de que el trabajo de la editorial de la Santa Sede está al servicio de toda la Iglesia, que por su naturaleza es universal, es decir, católica. Y que habla las lenguas de cada pueblo, remitiendo a la única lengua que es la del Evangelio. La LEV es solo un instrumento de esa gran familia de pueblos que es la Iglesia, que está al servicio del Evangelio y de su difusión en el mundo. Por este motivo, estar presentes en diversos contextos internacionales significa estar a disposición para lograr que el mensaje del Papa, de la Curia Romana y de los autores y autoras que publicamos esté al alcance de cualquiera en el mundo.
Usted ha sostenido en varias ocasiones que el punto de vista religioso debe habitar sin complejos el ágora contemporánea. ¿Qué papel puede desempeñar hoy una editorial católica en el debate cultural?
—Respondo con una anécdota de hace unos veinte años. En un breve encuentro, el único que tuve, con Cesare De Michelis, fundador de la editorial Marsilio, escuché que me decía: “Sabe, no soy católico ni creyente, pero creo que de vez en cuando hay que escuchar la voz de quien está ‘fuera del mundo’, por ejemplo obispos y sacerdotes, porque su mirada sobre las cosas humanas, al venir de fuera, resulta ciertamente interesante”. Pues bien, yo iría aún más lejos con esta afirmación sosteniendo que, si no nos ocupamos de las cosas grandes (la vida, la muerte, el sentido de la existencia, la posibilidad de una esperanza frente al mal del mundo, el perdón, la reconciliación…), ¿de qué deberíamos ocuparnos?
Divertirse hasta morir es el título de un famoso ensayo del sociólogo Neil Postman. En la sociedad del espectáculo parece que el único imperativo es encontrar nuevas ocasiones de entretenimiento, lo que, como enseñaba don Lorenzo Milani, significa di-vertere, es decir, desviarse del camino ordinario. Camino que, en cambio, está hecho de esfuerzo, de preguntas, de sentido, de vínculos, de dudas. Sobre esto, un editor católico, al igual que debería hacer un católico sencillo, tendría que aportar su voz, no por un sentimiento de superioridad, sino porque ha recibido una Palabra de revelación de lo Alto que, casualmente, perdura desde hace dos mil años. ¡Así que seguro que tiene algo que decir también hoy!
¿Quiénes son hoy los lectores de la LEV y cuánto han cambiado con respecto al pasado? ¿Publican pensando todavía en los creyentes o también en otros lectores?
—¡Ah, ojalá lo supiera! Los lectores de nuestros libros son predominantemente personas interesadas en profundizar en la fe a través del libro. Pero también están creciendo los lectores “empedernidos” que encuentran en algunos de nuestros ensayos ventanas oportunas para conocer propuestas de una mirada de fe sobre determinadas situaciones, acontecimientos o problemáticas.
Pienso, por ejemplo, en el testimonio de la hermana Azezet Kidane, una monja comboniana cuya vida merecería una película: la aventura de una existencia entregada a los más pobres en nombre del Evangelio interesa a muchas personas, más allá de sus pertenencias religiosas. O bien, pienso en una biografía como la de Mercè Prats dedicada a un genio de nuestro tiempo, Teilhard de Chardin: un libro que ha interesado muchísimo a la prensa, sobre todo a la no católica.
En un mercado que pierde ventas y con muchas librerías religiosas en dificultades, ¿cuál es hoy el sentido del libro en papel?
—Como dijo el Papa León al reunirse con nosotros, el libro es una ocasión para encontrarse. Se multiplican a gran velocidad las ocasiones en las que los autores se ven cara a cara con los lectores o potenciales lectores. Festivales, eventos, presentaciones, encuentros públicos… hoy en día el calendario se ha convertido en una sucesión innumerable de ocasiones. Esta es una de las nuevas fronteras en las que un editor católico debe estar, para no quedarse en una autorreferencialidad católica que sería la muerte misma del anuncio católico.
“Desearía una editorial capaz de dar a conocer voces nuevas procedentes de todas partes del mundo”.
Lorenzo Fazzini Responsable editorial de la Librería Editora Vaticana
En línea con esto, ¿existe todavía una especificidad de la edición católica que valga la pena custodiar?
—Bueno, la peculiaridad debería ser la universalidad. Es decir, hablar a todos. En cambio, a mí me parece -haciéndome eco de una reflexión absolutamente políticamente incorrecta del teólogo Giuliano Zanchi- que cuando los no creyentes oyen hablar a los creyentes de “sus cosas”, oyen una lengua extranjera que no les dice nada. Mientras que Jesús hablaba de sal, levadura, lámparas, tesoros, campos, padres, madres… Ese tendría que ser el rasgo específico: no ser sectoriales. Ni autorreferenciales. Pero no es fácil. Sin embargo, debe ser nuestro compromiso de cada día.
¿Qué relación tienen con otras editoriales? ¿Existen formas de colaboración, intercambio o apoyo mutuo?
—Hemos tenido diversas ocasiones de colaboración con sellos variados, tanto católicos como laicos, para la realización de coediciones de algunos textos, tanto de Papas como de autores. Pienso en algunos libros realizados junto con Solferino Editrice, la editorial del Corriere della Sera en Italia, o con Edizioni e/o para la publicación de un libro de uno de sus autores estrella, Éric-Emmanuel Schmitt, o bien un próximo libro juvenil de Adrien Candiard, nuestro autor desde hace años, que publicaremos con la editorial San Pablo, que tiene mayor experiencia que nosotros en este sector específico.
Si tuviera que imaginar la LEV dentro de diez años, ¿cómo le gustaría que fuera? ¿Y qué característica no debería perder nunca?
—¡Diez años en el acelerado mundo de hoy son casi dos generaciones! Me gustaría una casa editorial cada vez más propositiva en temas, argumentos y autores, sobre todo capaz de dar a conocer voces nuevas procedentes de todas partes del mundo, capaces de llevar su propia sensibilidad, experiencia y vida de Iglesia al centro de la misma, en Roma, para difundirlas después de vuelta a cada rincón de la Iglesia universal.





