A inicios de septiembre, el Vaticano publicó un interesante documento de la Comisión Teológica Internacional titulado «Cuidar nuestra Casa común: una respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario».
En su presentación, el secretario de la Comisión, Mons. Piero Coda, destacaba que este texto pretendía ofrecer una reflexión que estimule a redescubrir y valorar «el fundamento teológico del cuidado de la Casa común más allá de la situación de extrema gravedad en la que nos encontramos» (n. 6).
La estructura del documento
El documento se divide en tres capítulos: el primero analiza las raíces teológicas del cuidado ambiental, con especial referencia al carácter trinitario de la Creación; el segundo reflexiona sobre la posición del ser humano en relación con los demás seres creados, subrayando la importancia de recuperar la triple relación existencial, con Dios, con los demás hombres y con el resto de las criaturas; el tercero aporta algunos puntos donde se manifiesta con más claridad la relevancia del «cuidado de la casa común».
Como no podía ser de otra forma, el documento referencia ampliamente al magisterio del Papa Francisco sobre esta cuestión, pero también de otros pontífices recientes. El texto incluye más de 200 citas, abarcando también algunos documentos de otras confesiones cristianas y de otras tradiciones religiosas, como el judaísmo, islam, hinduismo, budismo, confucionismo y religiones nativas.
Las claves de comprensión del documento
Comento, en este artículo, algunas citas que me parecen especialmente interesantes en este documento:
En relación con el destino final de las criaturas no humanas, aporta una interesante reflexión sobre la comunión entre todos los seres creados, orientada a su destino escatológico, en el que todos participarán, en sus propias características, de la nueva creación: «Con la encarnación del Hijo de Dios, este futuro no se limitará a la ciudadanía escatológica de los seres humanos, sino que tendrá una dimensión y un alcance cósmicos» n. 14. Y en otro párrafo: «Dios Padre creó todo en Cristo para realizar la plenitud escatológica en él y a través de él. En consecuencia, el destino de la creación es la realización en Dios y su recapitulación final, por el poder del Espíritu, en Cristo muerto y resucitado». n. 36
Reafirma la visión tradicional cristiana que considera la creación como la primera revelación de Dios, citando a san Buenaventura: «Cuando el creyente reconoce nuevamente a las criaturas como signos y dones, como inteligibles y buenas, entonces «el conocimiento de las criaturas conduce al conocimiento del Creador», asociado con asombro, gratitud y gozo» n. 28.
Dimensión trinitaria de la Creación
En este sentido, se detiene en revisar la dimensión trinitaria de la Creación fundamentándola en cuatro doctores de la Iglesia: san Agustín, santa Hildegarda, san Buenaventura y santo Tomás. Concluye esta sección indicando que «Toda la creación lleva la impronta de la Trinidad, a través de la cual Dios se hace presente en su obra. Por lo tanto, la relación con la creación siempre implica una relación con el Creador. Toda acción sobre la creación, intrínsecamente, aunque a menudo no de forma explícita, tiene una dimensión religiosa». n. 42
En esta línea trinitaria, recuerda la triple relación básica de los seres humanos, con Dios, con los demás hombres y con el resto de la creación, para señalar también una triple crisis contemporánea: «ecológica (relación con la creación), social (relación con los demás) y religiosa (relación con Dios)».
Superar esa crisis «pasa por la activación de relaciones regidas por la dinámica del amor, el don y la gratuidad en las tres áreas fundamentales de nuestra existencia (cf. Laudato si’ 10): la gratuidad filial hacia Dios y la ofrenda personal de la propia vida en Cristo para su gloria (Rom 12,1); solidaridad y misericordia hacia el prójimo (Lc 10:25-37; Mt 25:31-46); el cuidado del jardín, la casa común, en la que Dios ha colocado a la humanidad (Gn 2:15)». n. 39
Recordando que la creación no tiene por objeto únicamente nuestro servicio, como han manifestado reiteradamente los últimos pontífices, el documento indica que «nuestra casa común no surge de las manos de Dios con el único propósito de ofrecer el sustento necesario para que los seres humanos desarrollen todo su potencial en el gobierno y disfrute de los recursos de la creación sin límites (…) En toda la creación hay una orientación hacia la plenitud en Dios a través de Cristo (1 Cor 15,24-28) y en el Espíritu Santo, donde finalmente tendrá lugar la plena y gloriosa manifestación del Creador trino» n. 43.
Creado a imagen y semejanza de Dios, «el modelo normativo e inspirador de la acción humana sobre la creación se encuentra en Dios mismo, quien ejerce su poder no de manera despótica, arbitraria y egoísta, sino promoviendo la vida de las criaturas (Sal 36:7; cf. Sal 145:9; Gn 7:1-3; Dn 4:11; Sir 18:13; Sab 11:24), y sosteniendo toda la creación con su cuidado» n. 78
Una de las ideas novedosas del documento es su planteamiento sobre el pecado ecológico, propuesto inicialmente, con otra terminología, por el Patriarca Bartolomé, que retomó el Papa Francisco en los últimos años de su pontificado.
El documento ahora, propone «definir el pecado ecológico como una acción u omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el medio ambiente. Es un pecado contra las generaciones futuras y se manifiesta en actos y hábitos de contaminación y destrucción de la armonía ambiental, transgresiones contra los principios de interdependencia y ruptura de las redes de solidaridad entre las criaturas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 340-344) y contra la virtud de la justicia». n. 94.
Y aporta algunas sugerencias para superarlo: «Puesto que el pecado ecológico afecta a las tres relaciones, Dios, hombre, naturaleza, la conversión ecológica también debería sanar las tres: La conversión según la fe cristiana parte del encuentro con Jesucristo (LS217), de quien aprendemos: a relacionarnos con Dios como el único Señor (cf. Mt 4,3-4), con los demás seres humanos como nuestros prójimos (cf. Lc 10,25-37), y con la creación como una obra en la que reconocemos la expresión de un lenguaje divino (cf. Mt 6,26-30)». n. 110.
El documento critica dos planteamientos antropológicos extremos, por un lado, considerar al ser humano como el único valioso de la creación, y por otro asumir que no tiene más valor que cualquier otra criatura, rechazando por igual el antropocentrismo depredador y al biocentrismo radical.
Como ejes de la conversión ecológica, sugiere la reflexión sobre el sentido del jubileo, la espiritualidad y el estilo de vida. «Una espiritualidad sana está atenta al consumo personal y familiar; se esfuerza por hacerlo sostenible. Se preocupa por reducir al mínimo el consumo de energía en el hogar y en el transporte. Busca una dieta sana y ambientalmente responsable. Nos ayuda a discernir lo que compramos, conscientes de que cada acto de compra es un acto moral (CV 66; LS 206). Nos invita a practicar el autocontrol reflexivo de nuestro propio ritmo de vida y consumo, promoviendo la elección de renunciar a ciertos productos y prácticas que son perjudiciales para el medio ambiente», n. 117
Tras revisar la distinta percepción de las grandes tradiciones religiosas en la triple relación antes aludida, resume la actitud positiva que todo cristiano debería tener ante la cuestión ambiental, situada en el marco de estas coordenadas: «Esta conciencia implica el reconocimiento de la soberanía divina, de la bondad de la creación y del lugar singular del ser humano en el cosmos como interlocutor y representante de Dios mismo. También conlleva el reconocimiento de las estructuras del pecado contra la creación y el Creador, y la necesidad de una conversión a una ecología integral» n. 146
Catedrático de Geografía de la Universidad de Alcalá.





