La liturgia de hoy nos presenta un desafío que está presente en la vida de todo cristiano: la tentación de eliminar la cruz y el sufrimiento. ¿Cómo se puede reconciliar el sufrimiento con la vida cristiana? Jesús no deja lugar a dudas. Dice a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.
Jesús comienza a revelar a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, sufrir mucho, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro, sin embargo, no logra ver más allá del sufrimiento y de la muerte. No se da cuenta de que la explicación de Jesús no termina en la cruz, sino en la resurrección. Para él, el sufrimiento no puede estar asociado con Cristo ni, por consiguiente, con sus seguidores. Lo que no comprende es que, al intentar eliminar la cruz, también está eliminando la resurrección.
El Evangelio de hoy es una continuación del pasaje del domingo pasado. No hace mucho, Jesús había alabado a Pedro, llamándolo la roca sobre la cual edificaría su Iglesia y confiándole las llaves del Reino. Sin embargo, hoy el mismo Pedro recibe una dura reprensión: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo”. De roca a piedra de tropiezo.
Podría parecer que deberíamos retirar todos los elogios que dirigimos a Pedro la semana pasada. ¿Tal vez lo celebramos demasiado pronto? Si hubiéramos esperado unos pocos versículos más, habríamos visto este sorprendente cambio. Pero la vida cristiana no es tan simple. La experiencia de Pedro revela una realidad presente en todo discípulo. Podemos reconocer la grandeza de Cristo y, sin embargo, tener dificultades para aceptar que la fidelidad a Él implica sacrificio. Podemos profesar que Jesús es el Hijo de Dios y, aun así, convertirnos en obstáculos para su misión cuando rechazamos el camino por el cual Él ha elegido salvar al mundo.
La primera lectura nos ofrece un ejemplo de esta verdad. El profeta Jeremías permaneció fiel a la palabra de Dios, pero su fidelidad le acarreó burlas y rechazo. Se convirtió en objeto de risa. Como él mismo lamenta: “La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario”.
Muchos cristianos hoy conocen algo de la experiencia de Jeremías. Dar testimonio del Evangelio a veces nos expone a la incomprensión, a la burla e incluso a la hostilidad. Vivir una vida espiritual y moralmente coherente en Cristo puede ser fuente de sufrimiento. Esta aparente pérdida es, en realidad, la verdadera vida. Se nos anima a no ser piedras de tropiezo, sino a permanecer firmes como una roca frente a las dificultades. Se nos invita a pensar como Dios y no como los hombres ante estas circunstancias.





