Hay personas por las que rezamos durante años. Un hijo que se ha alejado de la fe, un amigo que atraviesa una crisis, un familiar enfermo, alguien que parece haber tomado un camino del que no sabemos cómo podrá regresar. Pedimos una y otra vez por ellos y, sin embargo, el tiempo pasa y nada parece cambiar.
Entonces uno se pregunta: ¿hasta cuándo hay que seguir rezando por una persona?
A veces la respuesta que buscamos es, en realidad, una fecha de caducidad. ¿Cuánto tiempo tengo que esperar? ¿Cuántas veces tengo que pedir lo mismo? ¿Y si después de tantos años Dios no responde?
La historia de santa Mónica, cuya memoria se celebra el 27 de agosto, nos ofrece una respuesta esperanzadora.
El ejemplo de santa Mónica
Mónica conocía bien la angustia de ver cómo alguien a quien amaba se alejaba. Su hijo, Agustín, era un joven brillante, inquieto y lleno de ambición. Pero también buscaba respuestas lejos de la fe en la que había sido educado.
Su madre sufrió mucho por ello. Durante años contempló cómo Agustín recorría caminos que ella no podía controlar ni enderezar por él. La conversión no llegó de inmediato.
De hecho, cuando Agustín abandonó el norte de África para marcharse a Italia, Mónica trató de impedírselo. Como tantos que rezan por alguien a quien quieren, también ella tuvo que aprender que amar no significa decidir por el otro.
No podía obligar a su hijo a creer. No podía recorrer su camino interior en su lugar. Solo podía seguir amándolo, acompañándolo cuando fuera posible y poniéndolo una y otra vez en manos de Dios.
Cuando parece que Dios no responde
Una de las mayores dificultades de rezar por otra persona es que esperamos ver resultados. Esto puede resultar doloroso, especialmente cuando llevamos años pidiendo algo que consideramos bueno. Sin embargo, perseverar en la oración significa también aceptar que Dios puede actuar de una manera distinta y en un tiempo distinto al que nosotros habíamos imaginado.
Santa Mónica tuvo que esperar. Y, mientras esperaba, Agustín siguió buscando.
Mucho tiempo después, aquel joven acabaría encontrando en Cristo aquello que había buscado en tantos otros lugares. Su conversión, sin embargo, no fue el resultado de un único momento ni de una sola oración. Fue el final —o, mejor dicho, el comienzo— de un camino largo.
Rezar sin querer controlar
Quizá una de las enseñanzas más difíciles de santa Mónica consiste precisamente en esta: rezar por alguien no significa poseer su vida.
Podemos pedir por un hijo, por un amigo o por nuestro esposo o esposa sin dejar de reconocer que esa persona tiene su propia libertad y su propia relación con Dios.
En ocasiones, detrás de nuestra insistencia puede esconderse también el deseo de que el otro cambie según nuestros propios planes. Queremos que vuelva, que decida, que deje de hacer algo, que sea distinto.
Pero la oración puede purificar incluso nuestra manera de amar. Con el tiempo, quizá descubrimos que ya no rezamos solo para que esa persona se convierta en aquello que nosotros esperamos, sino para que encuentre la verdad, el bien y la felicidad a la que está llamada. Y eso implica confiar en Dios también cuando no entendemos el camino.
La oración también cambia a quien reza
Cuando rezamos durante años por una persona, no solo esperamos que ella cambie. También nosotros somos transformados por esa espera.
La oración perseverante nos obliga a reconocer nuestros límites. Nos recuerda que no podemos salvar a nadie por nuestras propias fuerzas. Podemos aconsejar, acompañar, hablar y estar presentes. Pero hay decisiones y heridas a las que no podemos llegar.
Para muchas personas, esa impotencia es precisamente una de las razones por las que empiezan a rezar. Cuando ya no sabemos qué hacer, descubrimos que todavía podemos amar.
Seguir presentando a alguien ante Dios puede convertirse, así, en una forma de permanecer cerca incluso cuando la distancia es grande. Quizá no podemos cambiar su corazón. Pero podemos pedir por él.
¿Hasta cuándo?
Entonces, ¿hasta cuándo hay que rezar por una persona?
Probablemente la respuesta no sea «hasta que consiga aquello que estoy pidiendo». La oración cristiana no funciona con una garantía de resultados ni con un plazo determinado. Hay peticiones que encuentran una repuesta rápida y otras que acompañan toda la vida.
Tal vez la verdadera pregunta sea otra: ¿cuándo dejamos de amar a una persona? Mientras amemos, podemos seguir rezando. Eso no significa vivir obsesionados con la situación ni repetir una petición desde la angustia. A veces será necesario descansar, dejar de darle vueltas a un problema y aprender a confiar. Perseverar no consiste en obligarnos a sufrir continuamente. Consiste en no cerrar el corazón.
Santa Mónica no conocía el final de la historia de su hijo. Durante años no pudo saber que aquel joven inquieto acabaría convirtiéndose en uno de los grandes padres de la Iglesia. Ella simplemente siguió rezando.
Quizá esa sea una de las lecciones que deja su historia a quienes hoy esperan por alguien: no sabemos qué está ocurriendo en el corazón de una persona ni hasta dónde puede llegar la gracia de Dios.
Podemos no ver los frutos y cansarnos. Podemos incluso llegar a pensar que nada está cambiando. Pero rezar por alguien es, en el fondo, una forma de decir: «No puedo recorrer este camino por ti, pero no voy a dejar de ponerte en manos de Dios». Y quizá, algunas veces, eso sea lo único que podemos hacer. Y también lo más importante.





