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La redención del corazón: aprender a amar de nuevo

Cristo no vino a imponer una moral más estricta, sino a sanar el corazón humano herido por el pecado, otorgándole una libertad nueva para aprender a amar verdaderamente como Dios ama.

Hugo Elvira-28 de September de 2026-Reading time: 4 minutes

En los primeros artículos vimos que el cuerpo tiene un significado, que estamos llamados al amor y a la comunión, y cómo el pecado introdujo una herida profunda en el corazón humano. Una herida que afecta nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Por eso aparecen la desconfianza, el miedo y la dificultad para amar como fuimos creados para amar. Con esto concluye el primer gran ciclo de catequesis de la Teología del Cuerpo.

Pero, san Juan Pablo II no se detiene en la herida. De hecho, apenas está preparando la pregunta más importante de todas: ¿qué puede hacer Cristo con un corazón herido? O, formulado de otro modo, si el amor duele a causa del corazón herido, ¿se puede volver a amar de verdad? Con esta pregunta entramos en el segundo gran ciclo de catequesis: la redención del corazón. La respuesta cristiana es tan audaz como real. Cristo vino a inaugurar una posibilidad nueva para el corazón humano.

Cristo entra donde comenzó la ruptura

Hay un pasaje del Evangelio que san Juan Pablo II considera decisivo para comprender la redención del corazón. Jesús dice: “Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

A primera vista, estas palabras pueden parecer una exigencia añadida. Una norma más difícil. Una moral más estricta. Pero Cristo está haciendo algo mucho más profundo. No se queda en las acciones. Va al corazón. Va precisamente al lugar donde comenzó la ruptura. Porque el problema nunca estuvo solamente en lo que hacemos. El problema está en cómo miramos. En cómo deseamos. En cómo amamos. Cristo entra ahí porque es ahí donde quiere comenzar la sanación.

Mucho más que una cuestión de sexualidad

Cuando escuchamos hablar de pureza o de redención del corazón, es frecuente pensar únicamente en la sexualidad. Pero san Juan Pablo II está hablando de algo mucho más grande. Está hablando de la capacidad humana de amar. Porque un corazón puede convertir a otra persona en un medio para sus propios intereses sin necesidad de ningún contexto sexual. Puede hacerlo en una amistad, en una relación familiar, en el trabajo, incluso dentro de la Iglesia. Cada vez que el otro deja de ser acogido por quién es y se convierte únicamente en una respuesta a mis necesidades, el amor no está ahí, Dios no está ahí. Pues Ubi Caritas et amor, Deus ibi est como dice el himno eucarístico. 

La redención del corazón, por tanto, alcanza todas las relaciones humanas. No se limita a una parte de la vida. Cristo quiere transformar la vida entera.

La gran novedad cristiana

Aquí aparece una de las intuiciones más deslumbrantes de toda la Teología del Cuerpo: la redención del corazón no consiste simplemente en evitar el mal. No consiste únicamente en controlar impulsos. Consiste en aprender a amar mejor. Más aún: en recuperar progresivamente la capacidad de amar con la que el hombre salió originalmente de las manos de Dios. 

Por eso, la redención no es el recordatorio nostálgico de un Paraíso perdido. Es una realidad nueva inaugurada por Cristo. Una posibilidad concreta que comienza ya en esta vida y en la cual nos incorporamos desde nuestro Bautismo, por acción de la gracia. La meta: aprender aquello para lo que fue creado nuestro corazón desde el principio: amar.

La obra de Dios en nosotros

Pero, ¿cómo ocurre todo esto? Todos conocemos la experiencia de querer amar mejor y descubrir que no basta con proponérselo. Queremos perdonar, pero volvemos al resentimiento. Queremos entregarnos, pero reaparece el egoísmo. Queremos amar, pero descubrimos que el corazón sigue herido. 

Por eso, la redención del corazón no puede entenderse como una simple cuestión de fuerza de voluntad. Cristo no vino solamente a mostrarnos un ideal. Vino a hacer posible una transformación. No nos deja solos frente a nuestra herida. Nos comunica su gracia, es decir, su propia vida. Y esa vida comienza a realizar en nosotros algo que no podríamos alcanzar solos: aprender a amar como ama Dios. 

Por ello, paciencia. Es un proceso lento, pero si se da cada paso por amor a Dios y a los demás, el corazón se va transformado desde dentro. Aprende a perdonar cuando todo invita al resentimiento. A permanecer cuando todo invita a huir. A entregarse cuando todo invita a encerrarse en uno mismo. La redención del corazón es, por tanto, una obra de Dios en nosotros. Una obra que se percibe como lenta muchas veces, por la resistencia que ejerce la concupiscencia, pero que es real. 

Un corazón redimido

Quizá la mejor manera de entenderlo es mirar algunos ejemplos sencillos: un amigo que se alegra sinceramente del éxito del otro, un hijo que cuida a sus padres cuando envejecen, una persona que perdona una ofensa que podría haber guardado durante años, un novio que comprende que amar no consiste en apresurarse a quemar etapas, sino en aprender a entregarse. 

Sin embargo, nada de eso ocurre espontáneamente. Todo eso supone una libertad nueva. La libertad de salir de uno mismo. La libertad de buscar el bien del otro. La libertad de amar. En una sola frase: en vivir la libertad de los hijos de Dios. Y esa libertad es precisamente uno de los frutos de la redención.

¿Por qué seguimos luchando?

Quizá alguien podría preguntarse: si Cristo ha redimido el corazón, ¿por qué seguimos experimentando tentaciones, egoísmos y caídas? La respuesta es sencilla, aunque no siempre fácil de aceptar. La redención no actúa como magia que elimina instantáneamente nuestras heridas. Actúa como gracia que comienza a sanarlas.

La existencia de la lucha no demuestra que la redención haya fracasado. Demuestra que todavía estamos aprendiendo a vivirla. Como quien aprende nuevamente a caminar después de una herida, el corazón redimido necesita tiempo para recuperar plenamente aquello para lo que fue creado. Y precisamente ahí actúa la gracia. Pero, para que la gracia actúe, necesitamos aceptarla por medio de una vida sacramental activa. 

Para seguir adelante, quizá la pregunta ya no sea: ¿se puede volver a amar? Cristo responde que sí. La pregunta ahora es otra: ¿Estoy dejando que Él sane mi corazón con el don de la redención aceptando su gracia por medio de los sacramentos?

Porque cuando Dios habita ese camino, el amor deja poco a poco de verse como una búsqueda desesperada de algo que nos falta. Y comienza a convertirse en un reflejo del amor mismo de Dios. Ese amor para el que fuimos creados desde el principio. Ese amor que el pecado desdibujó, pero que Cristo vino a devolver al corazón humano.

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