Les voy a contar la historia de un misionero fracasado. Se llamaba Carlos. Fue militar y explorador. Tras su conversión, se retiró al desierto del Sahara a vivir entre los tuaregs. Hasta su muerte no convenció a uno solo y ni siquiera murió mártir, sino por un disparo de un atracador asustado.
Otro: Pedro. Este era marista y con 33 años se embarcó rumbo a Oceanía para comenzar una misión. Tras años en la isla de Futuna para conocer mínimamente la lengua local y ser aceptado por los nativos, cuando consiguió transmitir la fe a algunos, fue asesinado por un sicario enviado por el rey, que temía perder su poder.
Otro: Juan. Sacerdote de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París. Enviado a Tonkín, en Vietnam, no pudo ejercer abiertamente su propósito evangelizador por culpa de un edicto que lo obligó a vivir en la clandestinidad. Fue de refugio en refugio hasta que lo capturaron, lo encerraron en una jaula durante semanas y lo decapitaron.
Las vidas de Carlos, Pedro o Juan, como las de muchos otros misioneros y misioneras a lo largo de los siglos, son historias de fracaso. Ninguno de ellos fundó una congregación, ni edificó un hospital, escuela u orfanato. Ninguno pudo ver la promoción humana ni el desarrollo social que lleva el Evangelio en la zona a la que fueron enviados. Para la mentalidad humana, que busca los resultados y los beneficios a corto plazo, sus vidas y sus muertes no fueron más que un fiasco.
Pero los tiempos de Dios no son los nuestros y aquellas aparentes derrotas se tornan en éxitos cuando tomamos perspectiva. Si pellizcamos la pantalla táctil de la historia, nos alejamos del foco de las cortas vidas de estos tres fracasados y empezamos a ver la cantidad de flores y árboles frutales que han brotado gracias al estiércol de estas biografías aparentemente estériles, entendemos que, de fracaso, nada.
El primero es San Carlos de Foucauld, cuya espiritualidad inspiró el surgimiento de numerosas congregaciones misioneras y movimientos laicales gracias a los cuales el Evangelio ha llegado y sigue llegando a millones de personas. El segundo es San Pedro Chanel. A los tres años de su martirio, todos los habitantes de la isla, impresionados por su testimonio, habían pedido recibir el bautismo y hoy es el patrono de Oceanía. El último es San Juan Teófano Venard, uno de los mártires del Vietnam, país considerado hoy como el motor del cristianismo en el continente y en el que la fe católica vive una auténtica primavera, con siete millones de fieles, a pesar del régimen comunista.
Traigo estas historias a colación por la celebración, este año, del centenario del Domingo Mundial de las Misiones, el popular Domund. Fue también una idea pequeña de una mujer pequeña, la seglar Pauline Jaricot que, con solo 23 años, pensó en ayudar a las misiones universales pidiendo donativos entre la gente más humilde. Aquella minúscula iniciativa, se convirtió luego en la Obra de la Propagación de la Fe, que llegaría luego al grado de Pontificia. La hoy beata no vio al papa Pío XI fijar la fecha, ni sabe que en estos 100 años de Domund, los territorios de misión han pasado de tener 9 a 346 millones de católicos o que, durante este siglo, se ha abierto una parroquia al día en aquellas tierras o que, de cero escuelas, se ha pasado a 125.000. Ella solo inició el proceso, prendió la llama, plantó la semilla.
Es uno de los principios fundamentales formulados por el papa Francisco en Evangelii Gaudium para la construcción de un pueblo: «El tiempo es superior al espacio». Con este principio nos llamaba a dejar de obsesionarnos con los resultados de nuestras acciones, con acaparar espacios físicos o de poder; y nos invitaba a esperar, a ser pacientes, a sembrar bases sólidas sobre las que otros seguirán construyendo. Este principio se puede aplicar a la organización política y social, a la educación de los hijos, a una acción caritativa, a la construcción de una catedral, a la propia vocación…
Las cosas verdaderamente grandes, como el Domund, no surgen de la noche a la mañana. Son fruto de gente consciente de su pequeñez, de la necesidad de contar con los demás y de la inmensa generosidad de Dios que actúa en lo escondido. En la vida del misionero o de cualquier cristiano de a pie, vienen los momentos de persecución, de dudas, de aparente sequedad o de falta de fertilidad, pero ese trigo sigue creciendo silenciosamente, entre la cizaña, confiado y sin miedo porque, ¡habrá mayor fracaso que el de todo un Dios en una cruz!
Journalist. Graduate in Communication Sciences and Bachelor in Religious Sciences. He works in the Diocesan Delegation of Media in Malaga. His numerous "threads" on Twitter about faith and daily life have a great popularity.





