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Malta, la isla donde Europa habla árabe

Entre Europa y África, Malta ha forjado una identidad única a partir de su lengua semítica, su pasado británico, la huella de los Caballeros de San Juan y una profunda tradición católica.

Gerardo Ferrara-4 de October de 2026-Reading time: 6 minutes
Malta

Esta vez voy a escribir un artículo sobre un lugar que evoca, con las debidas diferencias, por supuesto, las mismas sensaciones que una famosa canción de Madonna, «La isla bonita». Se trata, de hecho, precisamente de una pequeña «isla bonita», situada a 93 km al sur de Sicilia y a unos 290 km de las costas africanas. 

Me imagino la brisa marina, no tropical sino mediterránea, el sol alto en el cielo, los hermosos rostros de los lugareños con ojos que recuerdan tanto al cercano desierto del Sáhara como a las llanuras nórdicas de Europa. 

Y me imagino que, a la hora de la siesta, la vida se detiene para luego resurgir en las fiestas animadas por cantos populares en una lengua que mezcla palabras italianas y árabes y que es, de hecho, la única lengua semítica escrita con caracteres latinos.

 Esta «isla bonita» de la realidad no se llama San Pedro, como la de la canción, sino Malta, y tiene más que ver con San Pablo que con San Pedro.

Recuerdos de Túnez

He cruzado el Mediterráneo varias veces, pero nunca he estado en Malta. Y los únicos malteses que he conocido en persona son unos compañeros de clase que estudiaron árabe conmigo en Tunisia . De aquellos chicos me llamaron la atención, en aquella época, su italiano perfecto, su inglés fluido y su facilidad para el árabe; o, más concretamente, para el «dialecto» tunecino. Eran embajadores ideales de su país, que, en poco más de 316 km² , repartidos en solo tres pequeñas islas —Malta, Gozo y Comino—, ha acumulado una increíble riqueza histórica. 

Un punto neurálgico en el centro del Mediterráneo

La posición crucial del archipiélago lo ha convertido en un cruce natural de caminos, tanto para los intercambios como para los enfrentamientos entre Europa, África y Asia. De hecho, Malta es europea, católica, similar al sur de Italia en cuanto a tradiciones, gastronomía y carácter de sus habitantes, pero tiene una lengua propia, semítica (similar al dialecto árabe tunecino), y ha sido territorio británico durante más de un siglo.

Una historia milenaria también en la lengua

Los orígenes de la historia maltesa están envueltos en el misterio. Un pueblo del que no se tiene mucha información construyó allí templos megalíticos (entre los que destacan los de Ġgantija, Ħaġar Qim, Mnajdra y Tarxien) entre el IV y el III milenio a. C. (antes que Stonehenge y las pirámides egipcias). Las ruinas de estas gigantescas construcciones han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 

A partir del año 1000 a. C., Malta fue colonia fenicia. Su nombre se debe, según la tradición, precisamente a los grandes navegantes semitas: “Malìt” o “Malat” (en fenicio y en Hebrew o antiguo: «refugio seguro»). Los griegos, por su parte, la llamaban “Melíte” (de donde proviene el latín “Melita”), debido a su famosa miel. Tras los fenicios, le tocó el turno a los cartagineses, los romanos, los bizantinos y el dominio musulmán. En el año 870 d. C., la isla pasó a formar parte del emirato árabe de Sicilia, cuya lengua (una variedad del árabe magrebí) se extendió también a Malta y, paradójicamente, solo aquí sobrevivió, dando origen al maltés moderno. La conquista normanda (1090) y la expulsión de los musulmanes en el siglo XIII condujeron a la latinización total de Sicilia, pero en Malta la población, aunque se convirtió en masa al cristianismo, conservó la antigua lengua semítica, que con el tiempo adquirió, gracias al aislamiento geográfico, características peculiares y se enriqueció posteriormente con vocabulario siciliano, italiano e inglés. El resultado es el maltés actual, una lengua con gramática y sintaxis semíticas, pero con un léxico decididamente europeo y que, caso único para una lengua semítica y de origen árabe, se escribe con caracteres latinos.

El pan, por ejemplo, se dice ħobż, como en árabe (khubz); el sol, xemx, como shams; el libro, “ktieb”, como “kitab”. Y, lo que resulta aún más curioso, Dios, para los malteses católicos, es “Alla”.

Para un italiano que ha estudiado árabe, el maltés tiene un sonido muy curioso, mitad árabe y mitad siciliano, con préstamos del inglés. Hoy en día es también la única lengua semítica oficial de la Unión Europea y, junto con el inglés, lengua oficial del Estado.

¿Un pedazo de Italia o de Inglaterra?

Ni lo uno ni lo otro. Si acaso, podríamos decir que Malta ha conservado e integrado en su identidad fragmentos y legados de los dominadores que se han sucedido a lo largo del tiempo, con la capacidad de crear una identidad única en su género.

De hecho, durante siglos, el italiano fue la lengua de la cultura, del derecho y de la Iglesia en la isla, y siguió siendo lengua oficial junto al inglés hasta 1934, cuando fue sustituido por el maltés. Los británicos, de hecho, querían suprimir cualquier forma de irredentismo italiano fomentando entre los isleños la conciencia de que eran diferentes de sus vecinos. 

Muchos malteses siguen entendiendo y hablando perfectamente el italiano, a menudo gracias a los programas de televisión y, por supuesto, a la proximidad geográfica y cultural.

Malta entró a formar parte del Imperio británico en 1814 y se separó de él con la independencia de 1964, para convertirse en república en 1974: una isla que es un pequeño mundo en el que se mezclan el espíritu italiano del sur, sobre todo siciliano, con el magrebí y el británico. Casas de piedra amarillenta, pueblos encaramados como en el sur de Italia; mar, luz y un paisaje casi africano; conducción por la izquierda, idioma inglés y cabinas telefónicas rojas como en Gran Bretaña.

La fe cristiana católica: identidad nacional

Malta es uno de los países más intensamente católicos de Europa. Las iglesias, muy numerosas y repartidas por todo el archipiélago, son un rasgo distintivo de las ciudades y pueblos; a menudo son tan imponentes, con sus cúpulas, campanarios y fachadas barrocas, que parecen casi excesivas para los asentamientos humanos, ciertamente no muy grandes, en los que están construidas.

Son innumerables las procesiones, las bandas de música y las fiestas patronales que ponen de manifiesto una fe que aquí constituye una parte fundamental de la identidad nacional, profundamente arraigada en la historia de la isla, desde el náufrago más famoso que llegó a Malta: el apóstol Pablo, hacia el año 60 d. C. (tal y como leemos en los Hechos de los Apóstoles). No olvidemos, por supuesto, a los Caballeros de Malta (o Caballeros de San Juan), quienes, en el siglo XVI, convirtieron este archipiélago en una fortaleza cristiana, así como en uno de los centros políticos, militares y hospitalarios del Mediterráneo, en particular su capital, La Valeta. Esta pequeña ciudad se construyó tras el Gran Asedio de 1565 y la suntuosidad de sus murallas, iglesias, palacios y hospitales ya se aprecia en las fotos como casi desproporcionada en relación con el número de habitantes (unos 5 000), lo que la convierte en una de las capitales más pequeñas y menos pobladas de Europa.

El núcleo urbano principal de la República, por su parte, es San Pawl il-Baħar (la bahía de San Pablo, el lugar donde naufragó el apóstol), que cuenta con unos 40 000 habitantes.

Una vida política en ebullición

Al igual que en Gran Bretaña, también en Malta la vida política está dominada por dos grandes partidos, el Laborista y el Nacionalista, y por una participación electoral muy elevada. Desde 2004, el país es miembro de la Unión Europea y, aunque a nivel internacional se sabe poco de él, se caracteriza por un animado debate político que, en los últimos tiempos, y dada su ubicación en el centro de las rutas y los flujos migratorios, se ha recrudecido especialmente. 

En ese contexto, el 16 de octubre de 2017, la periodista Daphne Caruana Galizia, conocida por sus investigaciones sobre la corrupción y las sociedades “offshore” vinculadas al poder, fue asesinada por un coche bomba casi en la puerta de su casa. Este brutal asesinato conmocionó a Europa: miles de personas salieron a la calle a protestar y el primer ministro Joseph Muscat presentó su dimisión en enero de 2020. De hecho, las investigaciones sacaron a la luz presuntos vínculos entre el empresario Yorgen Fenech (acusado de ser el autor intelectual del asesinato) y figuras clave del Gobierno laborista de Muscat. 

Una investigación pública concluyó en 2021 que el Estado debía asumir la responsabilidad por el clima de impunidad y cinco personas fueron condenadas como autores materiales del atentado, pero el presunto instigador, Fenech, fue absuelto por un jurado precisamente en septiembre de 2026, lo que desencadenó una nueva crisis institucional.

 El actual primer ministro laborista, Robert Abela, se ve sometido a una fuerte presión política y popular, mientras que el joven líder del Partido Nacionalista Maltés, Alex Borg, ha señalado con el dedo al Gobierno y al partido en el poder y ha pedido la aprobación urgente de un paquete de leyes antimafia.

 Para comprender cómo una isla tan pequeña ha llegado hasta aquí, hay que remontarse a dos hitos fundamentales: el náufrago llamado Paolo y los Caballeros de San Juan. Lo haremos en el próximo artículo.

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