Vivimos instalados en un desconcertante espejismo cultural. Nunca antes la sociedad occidental había enarbolado con tanto ímpetu la bandera de los derechos individuales y de la democracia.
Y sin embargo, de forma simultánea, nunca antes el pensamiento académico había puesto tan en duda la existencia misma de la libertad humana.
Es la paradoja que en su día vislumbró con perspicacia el filósofo Carlos Llano. Mientras en la arena pública nos manifestamos apasionadamente por todo tipo de libertades adjetivadas, en los despachos de la filosofía de la mente y del materialismo duro se cocina una tesis demoledora: la libertad no sería más que una ilusión metafísica.
Para esta corriente, nuestras decisiones no brotan de un espíritu consciente o moralmente responsable, sino del condicionamiento inevitable de meros procesos neurológicos.
Pero si la libertad radical no existe, ¿qué sentido tiene defender un sistema democrático maximalista cuya columna vertebral es, precisamente, la autonomía de la persona?
La Estatua de la Responsabilidad
Esta primera contradicción nos arrastra directamente a una segunda tensión no menos peligrosa: la ruptura sistemática del binomio libertad-responsabilidad.
Hace décadas, el psiquiatra Viktor Frankl aconsejaba con agudeza que la Estatua de la Libertad en la costa este norteamericana debería complementarse con la Estatua de la Responsabilidad en la costa oeste.
Hoy observamos exactamente lo contrario. Multiplicamos de forma incansable las listas de derechos y reivindicaciones, pero eliminamos de un plumazo el catálogo de nuestras obligaciones correlativas.
La ecuación es matemática: al debilitar la concepción metafísica de la libertad, erosionamos de paso la responsabilidad personal. Si el individuo se siente menos libre —atrapado o condicionado por estructuras sociales o biológicas—, se percibe de inmediato como menos responsable de sus actos.
El peaje en la vida cotidiana y el blindaje ideológico
Esta quiebra teórica no se queda en las aulas universitarias; impacta de lleno en el barro de nuestro día a día.
Lo constatamos cuando la exaltación desmedida de subjetividades se convierte en la fórmula más habitual para justificar leyes y sentencias manifiestamente injustas.
Se reclaman como «derechos» pretensiones ideológicas que en realidad lesionan la libertad auténtica y la dignidad humana.
Lo sufrimos en la manipulación de la educación, en el trato utilitarista al inicio y al final de la vida vulnerable, o en el paulatino desmantelamiento de la familia en cuanto unidad básica de transmisión de la vida y de la educación…
La atmósfera del bien común
Al desvincular el derecho del deber, destruimos el concepto mismo de bien común. ¿Y qué ocurre cuando chocan dos libertades o dos derechos así concebidos?
Al no existir una referencia objetiva, quedamos trágicamente a merced de la ley del más fuerte.
Como ya explicaba Aristóteles, el bien común no es un mero reparto de bienes individuales, sino algo complejo y arquitectónico. Es la verdadera atmósfera social que permite el desarrollo pleno de la persona en consonancia con su dignidad.
Bajo esa atmósfera se cobijan la concordia colectiva, la justicia, el orden público, la prosperidad material, la protección de la libertad, la moral social, la ecología y el resguardo de la institución familiar…
La propiedad fundamental del bien común es su profunda comunicabilidad: no se agota al compartirse. Cuando un ciudadano posee y ejercita estos bienes, multiplica la capacidad del resto de la sociedad para nutrirse de ellos. El propio Aristóteles, en su Nicomachean Ethics, aseguraba que el bien común posee una naturaleza más grande y más perfecta que el bien de un solo individuo, llegando a calificarlo de theióteron (más divino), lo que entraña una dimensión no solo poética, sino de un calado filosóficamente profundo. Como recordaba Santo Tomás de Aquino, cuanto más elevada es una causa, tanto más lejos extiende su eficacia y a más seres alcanza: «El bien, que tiene razón de causa final, resulta tanto más eficaz cuando se comunica a un mayor número».
El trampolín del populismo
Por eso, al asfixiar esa atmósfera, abonamos el terreno donde germinan los populismos contemporáneos.
Con el pretexto de corregir desigualdades o injusticias reales, los movimientos populistas renuncian a la búsqueda sincera de la verdad sobre el ser humano.
No parten de una introspección filosófica o ética rigurosa sobre el bien y el mal. En su lugar, utilizan la hipertrofia de los derechos como mero trampolín para dictar, de forma arbitraria, lo que debe ser permitido o prohibido.
El resultado es previsible: lejos de solucionar la injusticia, terminan generando mayores brechas, mayor opresión y una profunda fractura social.
In conclusion
Es hora de recuperar el sentido fuerte de la libertad metafísica. De entender que no somos esclavos de nuestras neuronas ni simples demandantes de un Estado proveedor.
La filosofía política clásica no niega la existencia de los derechos del individuo, pero los comprende como aquello que a cada uno corresponde justamente en el contexto del bien común.
El cardenal Joseph Ratzinger advirtió con precisión sobre el peligro de considerar los derechos como algo independiente o previo al bien común, señalando que la libertad no puede reducirse a una mera lista de pretensiones individuales. Los derechos no deben ser el punto de partida arbitrario de la realidad política, sino aquello que le corresponde a cada uno dentro del orden de la justicia. Ese orden es inherentemente distributivo y se asienta sobre unas creencias y valores compartidos.
En este sentido, no es posible un poder público moralmente neutral, ni resulta sostenible la supuesta primacía absoluta del individuo y sus derechos desvinculados de sus deberes.
Solo asumiendo de nuevo el peso y la grandeza de nuestras responsabilidades personales, y protegiendo esa atmósfera compartida del bien común, seremos capaces de edificar una sociedad verdaderamente libre, justa y humana.





