ColumnistsAlberto del Olmo Elías

Vivir como inquilino

"Esta doble condición del hombre sobre la tierra; la de gozar de un mundo dado y la de tener, sin embargo, que trabajar por él, nos une a todos, cristianos y paganos, en el presente".

16 de October de 2026-Reading time: 5 minutes
inquilino

Hace dos semanas leíamos en el evangelio la parábola de los “viñadores homicidas”. Es conocida por todos. Jesús nos cuenta la historia de un señor que arrenda su viña a unos labradores, a los que exige como pago parte del fruto que obtienen de ella. La hemos leído mil veces, y mil veces nos han explicado que, como decíamos en el salmo, la viña del Señor es la casa de Israel, dejada a cargo de los maestros y los escribas que, en vez de retribuir con frutos de conversión a su Señor, deciden constantemente maltratar a los profetas y enviados y, en última instancia, al mismo Jesús, el Hijo Único.

Esta semana, sin embargo, caía en la cuenta de otra cuestión, que, dada la situación actual de nuestro país, me pareció especialmente interesante. La parábola, según el texto de la Conferencia Episcopal, empieza diciendo: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos». ¡Qué atrevimiento! Una parábola de propietarios e inquilinos, ¡con la que está cayendo! Yo, además, soy sacerdote, ¡figúrese! ¡como para predicar del tema! Por la situación de mi parroquia y por salvaguardar mi integridad física preferí predicar de otros asuntos. Sin embargo, con el paso de los días, me ha parecido interesante volver sobre este punto.

Una parábola sobre propietarios e inquilinos

Evidentemente sería demagógico utilizar este texto del Evangelio para emitir un juicio sobre el modo concreto en que debe gestionarse el problema de la vivienda o la propiedad privada en general. Y sería frívolo tratar de resolver una situación, dramática para muchas personas, en unas pocas líneas. Tampoco a mí me corresponde hacerlo. Como he dicho, soy sacerdote, no político o economista (gracias a Dios). Sin embargo, sí que creo interesante parar a considerar un hecho tan real como, muchas veces, incómodo, que la parábola pone de manifiesto. El hombre habita una tierra que no le pertenece. El ser humano vive y trabaja… como inquilino en el mundo.

La experiencia, más o menos consciente, de habitar una realidad “dada”, no elegida o creada por uno, sino “recibida” o “donada” subyace a todas las tradiciones religiosas y, según cómo se mire, también políticas y jurídicas de la historia de la humanidad. No hace falta estudiar la carrera de filosofía para darse cuenta de que no nos damos la existencia a nosotros mismos ni a la realidad en la que estamos insertos. Bien podría decirse, desde el positivismo moderno, que esto no implica necesariamente la existencia de un “dador”, de un Creador. Pero, aun suponiendo que todo cuanto existe, existe fruto del puro azar sin rostro, tendríamos que seguir reconociendo, sencillamente, que no hemos elegido, ni podemos hacerlo, cómo es el mundo, el tiempo o las leyes de la física que han surgido de la casualidad.

El mundo no nos pertenece

Ninguno de nosotros es propietario, poseedor de la realidad. Uno podría querer que el agua del mar se convirtiera en cerveza, o que la explotación de los recursos fósiles no tuviera ningún impacto en la biodiversidad, o que se pudiera borrar de un plumazo en los compañeros del colegio el recuerdo de aquella situación tan vergonzosa en patio del recreo siendo uno adolescente. Y no podría hacerlo. La indisponibilidad de la realidad que nos rodea es un testimonio ineludible de que no somos “propietarios” de ella.

Habitar el mundo de este modo, desde la conciencia de que no nos pertenece, puede parecer frustrante o injusto de primeras. Al fin y al cabo, todos, en determinados momentos de nuestra vida, hemos deseado que las cosas fueran de otro modo, y no hemos podido hacer nada para cambiarlas. En ocasiones, esto es absolutamente dramático; ¿Quién no evitaría, si pudiera, la muerte de sus seres queridos o los desastres naturales? Sin embargo, para quienes podemos hacer un juicio desde la fe, es, a la vez, bastante liberador. La realidad es bella, precisamente, porque no es nuestra.

Uno se asombra ante las cosas porque sabe que no se las ha dado a sí mismo, e incluso delante del mal, sabe que tiene un interlocutor; sabe que hay un Propietario a quien pedir explicaciones por las goteras y las cañerías de la casa. Habitar el mundo desde la conciencia de que es “de Otro” es fuente de la verdadera libertad, pues, quien mira con corazón sencillo, puede verlo todo con la gratitud de quien todo lo recibe. Poseer “como si no poseyéramos”, como diría san Pablo, es fruto de la nueva mirada del cristiano, llamado a amar las cosas como dadas y no como propias, con la gratitud que brota del corazón de quien ha entendido el verdadero significado de la castidad cristiana.

Inquilinos llamados a dar fruto

El mundo nos es dado, no propio. Y, sin embargo, con la misma fuerza debemos decir que no nos es “ajeno”. Este mundo que habitamos exige también de nosotros el esfuerzo de nuestro trabajo y el ofrecimiento de la propia voluntad. Esta es la realidad del arrendatario: habitando una viña que no le pertenece, no puede, sin embargo, desentenderse de ella, sino que está llamado a “hacerla mejor”, a favorecer que dé fruto, a trabajarla. Esta necesidad, presente igualmente en el corazón humano en su deseo de justicia, de bien y de belleza, la llamada -velada para el materialista, evidente para el cristiano- a “trabajar”, a “dar fruto”, a hacer del mundo un lugar mejor, nos une a todos en una misma condición humana. Evidentemente tendremos que poner nuestra razón en juego para encontrar el bien común y las mejores soluciones a los problemas sociales que nos asolan.

Evidentemente también, tendremos que decir que no todas las batallas que se libran bajo el estandarte de la justicia son, de hecho, justas. Pero esto no puede hacernos olvidar aquel principio que ya apuntó san Agustín en su tiempo: “la familia humana que no vive de la fe busca la paz terrena en los bienes y ventajas de esta vida temporal […] La ciudad celeste […] tiene también necesidad de esta paz” y, por tanto “dado que ella (la paz) es patrimonio común a ambas ciudades, se mantendrá así la armonía mutua en lo que a esta vida mortal se refiere” (cf. Civitas Dei L XVII C XVII). Ciertamente, como también dirá san Agustín, esta armonía se rompe en el momento en que se impide para la consecución de la paz terrena la adoración del Dios verdadero. En ese caso el cristiano tendrá que estar dispuesto, incluso, a padecer el martirio. Pero ni siquiera entonces deja de ser verdadero lo anterior: el corazón humano, por el hecho de ser creado, busca y desea naturalmente la paz, la justicia, el bien.

Esta doble condición del hombre sobre la tierra; la de gozar de un mundo dado y la de tener, sin embargo, que trabajar por él, nos une a todos, cristianos y paganos, en el presente. No pretendo ser simplista. Cada uno de nosotros tendrá que ponerse en juego, discernir con su intelecto el bien y el mal, juzgar la realidad y tratar de llegar a las conclusiones adecuadas con los criterios que recibimos de la fe y la razón. Pero el juicio del cristiano surge siempre de un corazón agradecido que busca la paz.

Precisamente por la situación que vivimos, precisamente por cómo están las cosas, con la que está cayendo, creo que es momento de volver a partir de lo más real. Y esto, lo más real, es que compartimos con todos los hombres una llamada a retribuir al Señor de la viña con nuestras obras. Esta llamada, consciente para unos, velada para otros, se manifiesta en el deseo de justicia, de bien y de belleza, presente en todos. La historia nos reclama el compromiso con la verdad, con la verdad del mundo, la verdad del otro y la verdad de nosotros mismos. Y nuestra historia, en fin, nos reclama el compromiso con la Verdad hecha carne a quien hemos conocido, el Hijo Único enviado a nuestra tierra.

The authorAlberto del Olmo Elías

Sacerdote de Madrid.

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