Fueron muchos los tertulianos y periodistas que echaron en falta una alusión a los abusos en los discursos del Papa en el Palacio Real o ante las Cortes durante su visita a España en junio. Sin embargo, León XIV demostró ser un hombre de gran valentía y un estricto orden mental: cada tema requiere su espacio, y este debía ser tratado cara a cara con sus hermanos en el Episcopado y, de manera contraprogramada, con las propias víctimas.
El propio Yago de la Cierva —responsable final de la organización de este viaje apostólico— recordaba recientemente en una entrevista con Gonzalo Giráldez en su canal de YouTube “Nivel 256” que la Iglesia ha reconocido en numerosas ocasiones haber gestionado muy mal este problema en el pasado, un aprendizaje que a menudo llegó a través de las denuncias de la prensa. Lo reconoció Benedicto XVI, lo hizo el Papa Francisco y, ahora, León XIV lo ha vuelto a plasmar con firmeza ante el plenario de la Conferencia Episcopal Española.
El reto de la Iglesia
Allí, el Pontífice instó a los obispos a asumir una “responsabilidad peculiar” para sanar heridas, lanzando un mensaje rotundo y sin paliativos:
“Nuestro viaje está hecho de encuentros; en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad y nos reclaman que nos hagamos samaritanos. Uno de los dolores más profundos es el de aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe encontrar una escucha sincera, protección y caminos reales de sanación”.
Es innegable que la Iglesia ha dado un giro de 180 grados para convertirse en una institución segura para los menores. Es posible que este cambio se haya acelerado por la presión externa y no con la velocidad que a todos nos hubiera gustado. Pero, tal y como apuntaba de la Cierva, el verdadero reto actual es de una dimensión mucho mayor:
El resto del tablero
“Lo que los católicos pensamos es que no tiene sentido ser durísimos con la Iglesia — responsable de aproximadamente el 3 % de los abusos a menores en España— y no ser radicalmente estrictos en la protección del 97 % restante, que tiene lugar en familias, colegios, equipos deportivos, fisioterapeutas u hospitales. Me parece muy bien la presión sobre la Iglesia, porque sin ella no habría cambiado; pero echo de menos que las autoridades del país no se decidan a erradicar esta plaga allí donde suceden la inmensa mayoría de los casos”.
Esta profunda reflexión invita a un examen de conciencia colectivo. Nadie niega la gravedad de la lacra a la que se refirió Su Santidad, pero la sociedad no puede permitirse el lujo de la simplificación si de verdad quiere atajar el problema. La Iglesia debe responder por su 3 %, porque su vocación ineludible es ser un lugar absolutamente seguro, un “principio visible de comunión” fiel a su fe y en sintonía con su comunidad. Pero el resto del tablero sigue ahí, oculto tras el ruido político, esperando que alguien se atreva a poner, de una vez por todas, cada cosa en su sitio.





