De Torrelodones a Vallecas: un viaje hacia lo esencial 

Puedes vivir en Vallecas mirando hacia abajo o mirando hacia el horizonte, el mundo interior es la clave para sentirlo de una forma u otra.

17 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
Vallecas

Llevo tiempo dando vueltas a todo lo que he vivido desde que me casé en 2021. Desde entonces cualquier intento de control o previsión sobre mi propia vida hubiese fallado en un 100 %. Nunca pensé que me pasaría lo que me ha pasado, que viviría donde vivo y que me pasaría los días como me los paso.

Vengo de una familia acomodada, he ido a un colegio privado y mi rendimiento académico era excelente. He vivido toda la vida en Torrelodones, al norte de Madrid, en un chalet con una piscina maravillosa. 

En mi familia hemos gozado todos de buena salud y hemos podido disfrutar de veranos de lujo. He conocido Marbella, he sido socia del club de Campo de Madrid, he podido pasar Navidades en el Hotel Ritz de Madrid y viajar varias veces a Venecia, Londres y París. He visitado los castillos del Río Loira. He vivido en Alemania y Chicago. He podido viajar en crucero y aprender todo lo que se me antojara: windsurf, esquí, equitación, flamenco, piano. 

Ahora, me encuentro en unas circunstancias tan diferentes que parece que mi vida adulta no se corresponde con lo que he vivido desde pequeña y que, por eso, podría sentirme frustrada o insatisfecha.  

Desde fuera cualquiera podría decir que algo he hecho mal, ya que parece que me ha ido bastante mal desde el punto de vista económico. Sin embargo, aunque materialmente no haya progresado, vitalmente no me he perdido nada. Más aún: ocurren más cosas e incluso cosas más grandes dentro de mí que fuera.

Vivo en Vallecas con mi marido y mis tres hijos, muy justitos de dinero, pasando veranos muy calurosos, sin piscina y metidos en un piso donde hago maravillas para que mis hijos experimenten la misma belleza que viví yo de pequeña. 

Vivo en Vallecas, sin un horizonte profesional claro, cuidando de uno de mis hijos que padece fibrosis quística, una enfermedad incurable que hoy en día cuenta con muy buenos tratamientos que le permiten tener una buena vida. Sin embargo, para ello, a mis 31 años, he tenido que dejar mi trabajo profesional, y dedicarme a él plenamente, día a día, sin descanso. De esta manera, podré garantizar que tenga una buena salud pulmonar y respire bien, renunciando en parte a todo lo que me gustaría disfrutar de mis amistades y vida social. 

Todo lo que relato parece indicar que no me va bien ni económicamente, ni profesionalmente, ni en ninguno de los sentidos que una persona puede esperar de sus decisiones; incluso alguno podría pensar que hubiese sido mejor no casarme o tener hijos. Porque, por ahora, lo que me ha venido con ellos parecen grandes desgracias. 

Sin embargo, dentro de mí, recorro caminos de belleza, esos que da la fe cuando se vive desde las entrañas de una vocación.

Así, desde la vocación y la convicción de que mi vida no me la guiso yo, sino que me la guisa Dios mismo, todo se me presenta como un privilegio. Por un lado, la enfermedad de mi pequeño se me presenta como un regalo suyo: un cara a cara con Cristo, con Cristo crucificado, que me hace personalmente una promesa. Por otro lado, nuestro pequeño nivel adquisitivo no nos limita, sino que nos ayuda a disfrutar de lo esencial. Una tarde en el campo se nos antoja como un plan perfecto, volviendo luego a nuestro pisito de Vallecas a dormir. 

Es verdad que Vallecas nunca será un lugar tan bonito como Torrelodones. Pero, en realidad, puedo vivir en Vallecas sin ningún tipo de complejo y agradecida por todo lo recibido. No vivo menos, vivo a lo grande. Puedo darles mis hijos y a mi marido lo esencial: puedo darles todos mis conocimientos y cultura y todo mi cariño y el amor de mi querido Dios.

En un barrio como Vallecas no hay nada que no podamos vivir. No es un barrio homogéneo, la gente es de mil lugares y de mil maneras. Yo lo contemplo todo desde mi casa, donde paso los días cuidando a mi pequeño y lo vivo todo desde dentro. Y, de hecho, dentro de mí Dios abre nuevos caminos en los que vivo una vida que no esperaba. Llena de alegría, me entrego a este lugar y a esta gente de Vallecas, que habla, ríe y llora alto; que no calla lo que le indigna; que grita de emoción. 

Y creo que la clave de todo está en la mirada. Puedes vivir en Vallecas mirando hacia abajo o mirando hacia el horizonte. La diferencia en mi caso está en una formación sólida en humanidades y en la doctrina de mi fe católica. Mi mente y mi corazón están llenos de pasiones, ideas e intereses que no tienen otro lugar de procedencia que el alma humana. Y todo lo que mi alma ha ido asimilando me lo llevo allí donde esté y donde viva. La buena educación elimina la altivez de los que viven bien y el complejo de los que viven peor. La fe católica tiene una respuesta para vivir cualquier suceso con una mirada renovada. Del sentimiento de desgraciada puedes alcanzar el sentimiento de privilegiada. De la experiencia de la enfermedad puedes alcanzar la experiencia de amor aún más grande. De Vallecas, un espacio de genuina humanidad. 

Todo esto lo escribo como tributo a mi marido, hombre fino de Vallecas. No nos unió nada que viniera de fuera, sino lo que llevábamos cada uno en el alma: un mismo amor, al bien, la verdad y la belleza. 

El autorAlmudena Rivadulla Durán

Casada, madre de tres hijos y Doctora en Filosofía

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