Hay palabras que parecen haber envejecido mal. Basta pronunciarlas para que despierten cierta incomodidad. «Sacrificio», «castidad», «pecado»… y también «obediencia». Para muchos, obedecer significa renunciar a la propia libertad, dejar que otro piense por nosotros o resignarse a cumplir una voluntad ajena.
No es extraño que sea así. A lo largo de la historia no han faltado ejemplos de una autoridad ejercida de manera abusiva ni personas que, en nombre de la obediencia, han terminado justificando decisiones arbitrarias. También hoy, dentro y fuera de la Iglesia, seguimos preguntándonos qué significa realmente obedecer y cuáles son sus límites.
La obediencia de Jesús
Pero quizá el problema no sea la obediencia. Quizá el problema sea que hemos olvidado cómo obedecía Jesucristo. Porque hay un hecho que resulta verdaderamente desconcertante: El hombre más libre que ha existido fue también el más obediente. Y eso parece una contradicción.
¿Cómo puede la obediencia convivir con la libertad? ¿No debería ocurrir exactamente lo contrario? Tal vez llevamos demasiado tiempo haciéndonos la pregunta equivocada. Cuando pensamos en la obediencia solemos preguntarnos: ¿por qué debería obedecer? El Evangelio, sin embargo, comienza mucho antes: la verdadera pregunta no es por qué obedecer, sino a quién obedecemos. Y ahí cambia absolutamente todo.
Jesús nunca habla de su obediencia como quien soporta un peso. Tampoco como quien simplemente cumple órdenes. Toda su vida gira en torno a una relación. Una relación tan profunda que llega a decir: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió…» (Juan 4,34). O también: «El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8,29).
Hay un detalle que fácilmente pasa desapercibido. Cada vez que Jesús habla de obedecer la voluntad de Dios, habla también del Padre. Nunca presenta a Dios como un amo del que haya que defenderse. Nunca como alguien que limita su libertad. Siempre como un Padre al que conoce, ama y en quien confía plenamente. Toda la diferencia entre la obediencia cristiana y cualquier otra forma de obediencia cabe, quizá, en esa sola palabra: Padre. Cristo no obedece porque tenga un amo. Obedece porque tiene un Padre. Y esa diferencia no es un simple matiz. Es el corazón mismo del cristianismo.
Porque somos hijos
También nosotros, por el Bautismo, hemos recibido esa misma filiación. No somos simplemente criaturas que procuran cumplir unos mandamientos. Somos hijos llamados a participar de la misma relación que Jesucristo vive con el Padre. Por eso nuestra obediencia no puede entenderse desde el miedo, sino desde la confianza.
Quizá valga la pena detenernos un instante. Cuando pienso en Dios, ¿qué imagen aparece primero en mi corazón? ¿La de un Padre que desea conducir mi vida hacia su plenitud? ¿O la de alguien que continuamente viene a pedir, exigir o limitar mi libertad? La respuesta a esta pregunta cambia por completo nuestra manera de entender la obediencia.
Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, lo expresa con una frase tan sencilla como luminosa: «Solo Dios es digno de obediencia, porque solo Él conoce plenamente el camino que lleva a cada uno de nosotros a la felicidad». Vale la pena saborearla despacio. No dice que Dios sea digno de obediencia simplemente porque tenga autoridad. Dice algo mucho más profundo: que solo Él conoce plenamente el camino que conduce a nuestra felicidad. Y aquí aparece una idea decisiva. Dios no pide obediencia porque necesite ser obedecido. Nos la propone porque nos ama.
Para obedecer, confiar
Solo quien nos ha creado conoce también aquello para lo que hemos sido creados. Solo Él conoce ese camino —y podríamos decir incluso, ese «camino dentro del camino»— por el que cada persona alcanza la plenitud para la que fue pensada desde toda la eternidad. Por ello, quizá muchas de nuestras dificultades para obedecer no nazcan de la falta de generosidad. Quizá nazcan de algo mucho más profundo. ¿Y si, en el fondo, todavía no termináramos de creer que Dios quiere nuestra felicidad?
Porque solo cuando esa certeza se abre paso en el corazón ocurre algo sorprendente: la obediencia deja de sentirse como una amenaza y comienza a parecerse, cada vez más, a un acto de confianza.
Pero ¿qué significa realmente confiar?
Con frecuencia identificamos la confianza con un sentimiento. Sin embargo, en la vida cotidiana descubrimos que es mucho más que eso. Confiar es decidir poner la propia vida, al menos en algún aspecto, en manos de otro.
Lo hacemos constantemente: un paciente que acepta el tratamiento que le propone su médico. Un alumno que se deja enseñar por su profesor. Un montañista que escucha las indicaciones de su guía. Ninguno de ellos experimenta esa confianza como una pérdida de libertad. Al contrario, precisamente porque confían pueden llegar a un lugar al que, solos, difícilmente habrían llegado.
Con Dios sucede algo semejante, aunque infinitamente más profundo. Pensemos en un niño caminando de la mano de su padre por un sendero de montaña. En un momento determinado, el padre le dice: ¡No vayas por ahí! El niño podría pensar que le están quitando libertad. Sin embargo, la realidad es muy distinta: el padre simplemente ha visto un precipicio que el hijo todavía no alcanza a descubrir.
Quizá la obediencia cristiana se parezca mucho más a esta escena de lo que imaginamos. Obedecer no consiste en caminar con los ojos cerrados. Consiste en caminar tomado de la mano del Padre. No significa renunciar a la propia inteligencia, sino aceptar con humildad que existe una mirada más amplia que la nuestra. Una mirada que alcanza a ver aquello que nosotros todavía no podemos ver.
Todos hemos vivido experiencias semejantes. ¿Cuántas veces hemos descubierto, solo con el paso de los años, que aquello que en un primer momento nos pareció una pérdida terminó convirtiéndose en una de las mayores bendiciones de nuestra vida? ¿Cuántas veces comprendimos demasiado tarde que Dios nos estaba librando de un precipicio que entonces éramos incapaces de distinguir? Quizá por eso la obediencia cristiana nunca puede separarse de la confianza.
Dios nos guía a través de mediadores
Pero aquí surge inmediatamente una nueva pregunta. Si solo Dios es digno de obediencia, ¿por qué ha querido servirse continuamente de mediadores humanos? ¿Por qué no habla de manera directa y ya?
Toda la historia de la salvación parece construida precisamente sobre esta lógica. Dios llama a Abraham para bendecir a un pueblo. Se sirve de Moisés para liberar a Israel. Envía a los profetas para recordar su alianza. Escoge a María para traer al mundo a su Hijo. Confía a los Apóstoles la misión de anunciar el Evangelio. Y sigue haciéndolo hoy por medio de la Iglesia. Podría parecer extraño. Si Dios es omnipotente, ¿por qué necesita mediadores? La respuesta es sencilla: no los necesita, los quiere.
Porque así ha querido que aprendamos que la salvación nunca se vive en solitario. Dios nos crea para la comunión y, precisamente por eso, suele salir a nuestro encuentro a través de otras personas. Sin embargo, aquí conviene hacer una precisión decisiva. El mediador nunca ocupa el lugar de Dios. Solo ayuda a descubrirlo.
Toda mediación auténticamente cristiana posee una admirable transparencia. Es decir: no atrae hacia sí misma, sino hacia Aquel de quien procede. Por eso Jesucristo es el Mediador perfecto. No vino a sustituir al Padre. Vino a revelarlo. Toda su vida consiste en conducirnos hacia Él. «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Juan 14,9). Y quizá ninguna escena del Evangelio exprese mejor esta verdad que las bodas de Caná. María pronuncia allí una única indicación. Y basta esa frase para resumir toda la espiritualidad de la mediación cristiana: «Haced lo que él os diga» (Juan 2,5). Es difícil imaginar una definición más hermosa de lo que significa ser mediador. María no atrae las miradas hacia sí. No sustituye a Cristo. No ocupa su lugar. Simplemente conduce hasta Él.
Toda autoridad cristiana debería poder reconocerse en esas palabras. Un padre de familia, una madre, un sacerdote, un obispo, el Papa, un catequista, un profesor, un amigo. Y también tú y yo. Porque quizá, mientras leíamos esta lista, pensábamos únicamente en otras personas. Sin embargo, también nosotros ejercemos continuamente pequeñas mediaciones: cada vez que damos un consejo sincero a un amigo; cada vez que acompañamos a un hijo; cada vez que explicamos la fe; cada vez que hacemos apostolado… En todos esos momentos nos convertimos, de algún modo, en mediadores. Y entonces la pregunta deja de ser: «¿A quién debo obedecer?». La pregunta pasa a ser mucho más exigente: Cuando alguien se acerca a mí, ¿termina escuchando mejor mi voz… o la voz de Cristo?
Porque esa es la diferencia entre la autoridad y el autoritarismo. El autoritarismo conduce hacia uno mismo. La verdadera autoridad desaparece para que aparezca Dios. Todo mediador auténticamente cristiano podría resumir su misión con las palabras de María: «Haced lo que él os diga» (Juan 2,5).
La obediencia se prueba en la dificultad
Llegados a este punto, todavía queda una pregunta por responder. Si la obediencia nace de la confianza y la confianza nace de sabernos hijos, ¿por qué obedecer sigue siendo, tantas veces, difícil?
Porque ser hijos no significa que comprendamos siempre los caminos del Padre. También Jesucristo experimentó esa oscuridad. La escena en el Getsemaní es, quizá, la página más luminosa del Evangelio para comprender la obediencia cristiana: Jesús sabe lo que le espera. Conoce el sufrimiento, el abandono, la cruz. Y, como verdadero hombre, no es indiferente ante ello. Por eso reza con una sinceridad conmovedora: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Estas palabras nos revelan algo profundamente humano: la obediencia no consiste en dejar de sentir, no consiste en negar el sufrimiento, ni en fingir que todo resulta fácil. Cristo no elimina su deseo humano de evitar el dolor, pero inmediatamente añade: «pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42). No son las palabras de quien se resigna. Son las palabras del Hijo que, incluso sin comprender plenamente el porqué de ese camino, sigue confiando en el corazón del Padre. Como puede contemplarse: la confianza no consiste en entenderlo todo, consiste en saber en quién hemos puesto nuestra vida.
La Carta a los Hebreos expresa este misterio con una frase sorprendente: «siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer» (Hb 5,8). Estas palabras podrían desconcertarnos. ¿Cómo puede el Hijo eterno de Dios «aprender» a obedecer? No porque antes fuera desobediente. Sino porque la obediencia no es una teoría que pueda aprenderse en un libro. La obediencia solo se aprende recorriendo el camino del amor. Solo quien ama descubre, poco a poco, que confiar vale más que controlar. Que entregarse vale más que aferrarse. Que perder la vida por amor es, misteriosamente, encontrarla.
También nosotros aprendemos así. Nadie nace sabiendo confiar plenamente en Dios. Todos vamos aprendiendo. Aprendemos cuando nuestros planes cambian inesperadamente. Cuando una enfermedad visita nuestra casa. Cuando un proyecto fracasa. Cuando una puerta se cierra sin que entendamos por qué. Cuando Dios guarda silencio… Es precisamente ahí donde la obediencia deja de ser una idea y se convierte en una forma concreta de amar.
Quizá todos podamos preguntarnos con sinceridad: ¿Sigo confiando cuando no entiendo del todo? Porque mientras todo coincide con nuestros deseos, resulta relativamente sencillo decir que confiamos en Dios. La verdadera confianza aparece cuando sus caminos dejan de coincidir con los nuestros. Y, sin embargo, incluso entonces seguimos diciendo: «Padre…». Esa palabra cambia todo. Porque el cristiano nunca obedece a un destino. Nunca obedece a una fuerza impersonal. Nunca obedece simplemente a una ley. Obedece a un Padre. Y eso hace toda la diferencia.
Quizá por eso san Pablo describe la obediencia de Cristo como el camino de su exaltación: «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó…» (cf. Filipenses 2,8-9). La cruz no fue el fracaso de la obediencia. Fue su manifestación más perfecta. En ella descubrimos que la voluntad del Padre nunca buscaba destruir al Hijo, sino entregar su amor al mundo entero. Solo después de la Resurrección los discípulos pudieron comprender plenamente ese camino.
Y quizá también nosotros experimentamos algo parecido. Muchas veces solo entendemos la fidelidad de Dios cuando miramos nuestra historia hacia atrás. Solo entonces descubrimos que aquello que un día nos hizo sufrir terminó convirtiéndose en una gracia inmensa. Que aquel «no» de Dios escondía un «sí» mucho más grande. Que el camino que nosotros nunca habríamos elegido era, precisamente, el que necesitábamos recorrer.
Obediencia y libertad
Quizá ahora podamos volver a la pregunta con la que comenzábamos este artículo. ¿Cómo pudo Jesucristo ser el hombre más libre y, al mismo tiempo, el más obediente?
Porque nunca entendió la obediencia como una amenaza para su libertad. La entendió como la expresión más perfecta de su amor al Padre. Y nosotros, por el Bautismo, hemos recibido esa misma vocación.
Quizá la próxima vez que la palabra «obediencia» despierte cierta resistencia en nuestro interior, convenga no preguntarnos inmediatamente qué es lo que Dios nos está pidiendo. Tal vez exista una pregunta anterior. Una pregunta mucho más importante. ¿Confío realmente en Él?
Porque solo quien se sabe hijo descubre que la voluntad del Padre nunca compite con su felicidad. Es, precisamente, el camino que la hace posible. Al final, la obediencia de los hijos de Dios no consiste en dejar de ser libres. Consiste en descubrir que la libertad alcanza su plenitud cuando, como Cristo, aprende a descansar confiadamente en las manos del Padre.
Ingeniero guatemalteco y licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma). Presidente de Fundación Amivalle.





