A nivel mundial, durante el mes de junio se celebra “el día del padre”. Y por otra parte, en el calendario litúrgico de nos invita a contemplar el Sagrado Corazón de Jesús. Es tiempo para meditar en la forma en que los padres están amando a sus hijos. Felicito a todos los padres de familia, los presentes y ausentes, los comprometidos y los alejados, los que trabajan hasta el cansancio por dar lo mejor a sus hijos, los que se han equivocado, los vivos y los difuntos… todos han sentido el anhelo de vivir por sus hijos y todos están llamados a ejercer su Paternidad al modo de Dios. Quiero dirigirme de modo particular a los que no saben “conectar emocionalmente” con ellos y desean hacerlo. Recientemente visité a un amigo que vivió prisionero durante 5 años:
-Recibí el primer abrazo de mi padre cuando fue a visitarme a la cárcel. Lloramos por primera vez juntos y pudimos decirnos: te quiero”-
Estas palabras, pronunciadas por un hombre adulto al recordar su historia, revelan una herida que muchas personas cargan en silencio. No era que su padre no hubiera estado físicamente presente. Había trabajado, había sostenido la familia, había cumplido muchas responsabilidades. Pero durante años hubo una ausencia más profunda: la ausencia del abrazo, de la palabra cariñosa, de la mirada que dice: “me importas”.
A veces los padres creen que amar significa solamente proveer, corregir y proteger. Y sin duda esas son expresiones importantes del amor. Pero un hijo necesita algo más: sentir la cercanía emocional de quien le dio la vida.
La ciencia del desarrollo humano ha mostrado que los vínculos afectivos seguros durante la infancia influyen en la manera en que una persona aprende a confiar, a manejar sus emociones y a relacionarse con los demás. Un niño necesita sentirse visto, escuchado y valorado.
¿Porqué algunos padres se vuelven emocionalmente distantes?
Una de las razones más frecuentes es su propia historia. Muchos hombres fueron educados en ambientes donde expresar sentimientos era visto como debilidad. Crecieron escuchando frases como: “los hombres no lloran”, “hay que ser fuerte”, “el cariño no hace falta”. Aprendieron a callar sus emociones y, sin darse cuenta, repiten ese mismo patrón con sus hijos.
Otros padres aman profundamente, pero nunca aprendieron el lenguaje del afecto. Nadie les enseñó a abrazar, a preguntar “¿cómo te sientes?”, a escuchar sin juzgar o a decir “estoy orgulloso de ti”. No es necesariamente falta de amor; muchas veces es una limitación emocional que necesita ser reconocida y sanada.
También existen padres que se refugian en la autoridad. Piensan que ser un buen padre significa exigir, corregir y preparar a los hijos para la vida. El problema aparece cuando la corrección está presente todos los días, pero casi nunca aparece el reconocimiento. El hijo termina escuchando muchas veces lo que hace mal y muy pocas veces lo que hace bien.
Consecuencias de un padre distante
Las consecuencias de una distancia emocional prolongada pueden aparecer de distintas maneras. Algunos hijos crecen buscando aprobación constantemente; sienten que sus logros nunca son suficientes. Otros tienen dificultad para expresar sus sentimientos porque aprendieron que las emociones no tenían espacio en casa. Algunos pueden acostumbrarse a relaciones donde el afecto es escaso, porque ese modelo les resulta familiar.
Pero quizá una de las heridas más profundas es la sensación de no haber sido conocido por su propio padre: que alguien supo su edad, sus calificaciones o sus responsabilidades, pero no sus sueños, sus miedos, sus alegrías.
Los hijos necesitan límites, pero también necesitan conexión. Necesitan saber que cuando fallan siguen siendo amados. Necesitan una presencia que diga: “aunque te equivoques, sigo caminando contigo”.
¿Qué es ser padre?
Nuestra fe nos ofrece una imagen poderosa de la paternidad en la parábola del hijo pródigo. Jesús describe a un padre que no espera sentado para juzgar; ve a su hijo de lejos, corre hacia él, lo abraza y lo recibe. Ese abrazo es una imagen del amor que restaura. Nos recuerda que la verdadera autoridad no está separada de la ternura.
Ser padre no consiste solamente en formar el carácter de un hijo; consiste también en tocar su corazón.
Nunca es tarde para empezar. Un padre que reconoce su distancia ya ha dado un paso importante. A veces un abrazo que llega después de muchos años puede abrir una puerta que permaneció cerrada demasiado tiempo. Una conversación sincera, una disculpa, una palabra de amor pueden convertirse en el inicio de una nueva historia.
Tal vez algunos padres piensen: “mis hijos ya crecieron, ya es demasiado tarde”. Pero el corazón humano sigue necesitando amor en todas las etapas de la vida. Un hijo adulto también puede necesitar escuchar de su padre: “te quiero”, “me importas”, “quiero conocerte”.
Porque al final, muchos hijos no recordarán únicamente las cosas que su padre les dio. Recordarán si alguna vez se sintieron abrazados por él.
Que este día del padre, no sean tus hijos quienes te digan “te quiero”, sorpréndelos y toma la iniciativa, díselos con el corazón: !te quiero hijo mío!





