Decía santa Teresa de Ávila que la imaginación es la loca de la casa y que no hay quien la sujete. Quizá esa es una de las ideas más conocidas de las “Moradas del Castillo Interior” y de toda su obra. Sin embargo, santa Teresa reconocía que, aunque la imaginación puede llevarnos a la distracción, también puede ayudarnos en la oración. Bien empleada, la imaginación puede convertirse en camino hacia la contemplación, la empatía y el amor. En “Camino de perfección” escribía “representad al mismo Señor junto con vos” y también, en uno de sus poemas, “mire yo a mi Amado y mi Amado a mí; mire Él por mis cosas y yo por las suyas”, tareas que evidentemente requieren de imaginación.
La importancia de la imaginación
Algunos filósofos han señalado la importancia de esa capacidad cognoscitiva que no sólo produce fantasías sino que media entre la sensibilidad y la inteligencia. Leonardo Polo afirmaba, por ejemplo, que de los animales no sólo nos distingue la inteligencia, sino también la imaginación, que nos permite recordar, anticipar, dar continuidad a la experiencia y preparar la abstracción intelectual. No sólo eso, sino que además la imaginación puede entrenarse y podemos entonces orientarla hacia cosas buenas, como el arte o la ciencia.
Como decía el filósofo norteamericano Charles S. Peirce, no hay ciencia ninguna sin que le preceda un “juego bastante salvaje de la imaginación”. En general, no podemos avanzar en el conocimiento sin la imaginación, que es precisamente la que nos presenta posibles hipótesis novedosas. “El raciocinio completo y todo lo que nos hace seres intelectuales se desempeña en la imaginación”, afirma Peirce.
Pero hay mucho más. La imaginación es imprescindible también para nuestras relaciones sociales, nos ayuda a ponernos en el lugar de los demás, a buscar la verdad, a idear posibles soluciones, a explorar diferentes modos de acción, a dar sentido a lo que hacemos y a formar hábitos nuevos.
Saber orientar nuestra mente
La imaginación entonces no ha de ser aplacada ni denostada. Simplemente hay que orientarla bien para que deje de presentarnos todas las desgracias y maleficios que se ciernen sobre nosotros, para que no dé agotadoras vueltas en círculos, qué pasará si estoy enfermo y no puedo ir, si mi novio me deja o si simplemente pierdo el avión que tengo que tomar de madrugada.
Hay que lograr que la imaginación deje de distraernos y de ser aliada de nuestros miedos, y que nos ayude más bien a transitar el presente de manera más alegre. Porque es verdad que el día a día puede hacerse difícil: tenemos que llegar a todo y cumplir lo mejor posible con nuestras tareas de madres o padres, de hijos, trabajadores, estudiantes, amigos, ciudadanos y tantos y tantos quehaceres, algunos a contrapelo, otros gustosos, pero muchas veces cansados.
Las cosas pequeñas pueden no ser tan pequeñas. Sobrevivir a un día corriente puede resultar a veces más difícil que desembarcar en la playa de Omaha o escalar el Everest. Y ahí está nuestra imaginación. Enseñémosle a que, en lugar de decirnos no puedo, nos ayude a agarrar el fusil, el pico y el piolet.
Aguantar en las trincheras
Cuánto bien me hizo aquel sacerdote que me decía en mi juventud “eres una valkiria, una guerrera china, una auténtica samurái, podrás con todo”. Aprendí de él a despertar mi imaginación porque es la que nos ayuda a aguantar en las trincheras, mientras nos sobrevuelan los aviones enemigos. Nos apoya para resistir mejor que un marine hasta que el oleaje se va apaciguando. Cortas la cabeza al dragón. Aguantas en la ciudad sitiada. Te caes y te levantas. Te adaptas a las estepas siberianas con un poco de vodka.
La vida suele ser así, no es precisamente un paseo entre girasoles. Hay muchos días grises y situaciones que aparentemente nos superan, pero eso no implica que haya que quejarse y mucho menos rendirse.
A veces la vida se parece más bien a una expedición por la Antártida con los pies congelados, vestidos con pieles que no te sacan el frío de los huesos, con grietas, aludes, noches perpetuas o que al menos lo parecen, con el barco atrapado entre los hielos, con comida ya pasada y carne de foca por todo alimento, con ventiscas y neveros y con un invierno tan profundo que ni siquiera los pingüinos te visitan. De pronto, sin embargo, hay pequeños respiros y tu corazón cansado se reconforta. Por unos instantes alzas el vuelo, ligero, y ves la Antártida desde arriba, a vista de pájaro, entre los hielos.
Se trata de seguir. Solo eso. Nadie dijo que fuera fácil. A veces no sientes los pies, pero el corazón todavía late y bombea. La vida, definitivamente, no está hecha para cobardes y la imaginación nos lo recuerda. Nos permite anticipar, interpretar y descubrir sentidos nuevos en la experiencia. Gracias a ella, veremos que se puede y haremos fiesta. Saldremos a la calle porque de alguna manera todos los días serán el día de la victoria. Estaremos sobreviviendo. Y también salvando el mundo.





