FirmasJosé María Maldonado Casado

¿Se puede ser feliz en Nueva York?

Un estudiante comparte su experiencia de fe tras un viaje de estudios a Nueva York, una ciudad que sorprende donde menos uno lo espera.

13 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
Nueva York

Adoración en la parroquia de St. Joseph, Harlem. Foto cortesía del autor.

Hace unas semanas viajé por primera vez a Nueva York. El dinamismo neoyorquino me cautivó. Un egipcio vendedor de hot dogs me decía:

—Te sientes parte de Nueva York porque todos venimos de todas partes.

Seguramente por ser una ciudad tan movida, me emocionó encontrar la catedral de San Patricio de improviso entre tantos rascacielos. Me recordó —salvando tantísimas distancias— al acogedor encuentro que produce la catedral de Granada. St. Patrick’s se halla frente al Rockefeller Center y su famoso Atlas sosteniendo el mundo: mientras este lucha por cargar el mundo entero sobre sus hombros, detrás del altar mayor de St. Patrick’s encuentras, discretamente, a un Niño Jesús sosteniendo el mundo entero en sus manos.

Nueva York
©wikimedia commons

Por las mañanas teníamos clases de finanzas y, después de comer, visitábamos varios bancos muy importantes. Aunque la cultura «transaccional» de Manhattan está muy extendida, me gustó poder conocer a profesionales conscientes de que el trabajo no lo es todo. Durante aquellos días tuve la suerte de visitar varias veces al Niño de St. Patrick’s. La imagen me daba que pensar:

«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?». ¿Se puede ser realmente feliz en una ciudad como esta?

Al salir una tarde del impresionante rascacielos de Norman Foster en la 270 Park Avenue, sede de J.P. Morgan, recordé que quería ir a misa. Eran casi las 18:30. Acostumbrado a los horarios de España, tranquilamente busqué iglesias cercanas. Las últimas habían empezado a las 17:30. Tras un análisis profundo de la aplicación Horarios de Misa —muy buena, por cierto—, encontré una a las 19:00, a veinte minutos en metro. Sin pensarlo, fui al subway y me aseguré del sentido correcto del tren.

Al llegar a mi parada y salir a la calle, un grupo de locales me miraba con sorpresa. En ese instante caí en la cuenta de que no estaba en la millonaria Manhattan, sino en Harlem: epicentro histórico de la cultura afroamericana. Uno del grupo me dijo algo así como:

—Bonita chaqueta, jovenzuelo.

Se refería a la americana que llevaba puesta y que tanto desentonaba en aquel barrio. Yo me hice el loco y fui hacia la iglesia, que repicaba ya los cuartos a lo lejos. Por la calle me sentía observado y menos de acuerdo con la teoría del egipcio de que allí cualquiera se siente parte de la ciudad.

Al entrar en la iglesia, estaba algo tenso. Me senté atrás del todo y escuché cantos en español. Estaba teniendo lugar la bendición con el Santísimo. No entendía nada. Al acabar, varias señoras me miraban desde adelante y me acerqué a una que estaba organizando el cotarro. Fruncía el ceño hasta que me animé a decirle:

—¡Buenas tardes! ¿Hay misa ahora, verdad?

En ese momento, me sonrió y me dijo con voz rotunda y llena de energía:

—¡Alabado sea el Cordero! Él te trajo a esta, nuestra comunidad de St. Joseph en Harlem, y ahora eres uno más. —Yo no supe qué respuesta dar—. Bueno, ¿ayudarás en misa, de acuerdo? Hace mucho que no tenemos un monaguillo tan joven.

Claramente no podía decirle que no tras semejante bienvenida. La misa fue en español y muy bonita. Las mujeres, casi todas latinas, cantaban al unísono y era emocionante escucharlas. Era jueves y la homilía fue impresionante. Ya quisiera Martin Luther King tener esa oratoria. Las mujeres respondían con amenes y yo me atreví a susurrar «así sea» solo al final. El sacerdote finalizó la eucaristía exclamando:

—¡San José!

Mientras el resto contestaba:

—¡Ruega por nosotros y auméntanos la fe!

Ellos portaban, como el Niño de St. Patrick, el mundo en sus humildes manos. Ellos, gratuitamente, me hicieron sentir en casa. Ellos me convencieron de que sí, se puede ser feliz en Nueva York.

El autorJosé María Maldonado Casado

Estudiante de 4º curso de Derecho y Economía.

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