Evangelización

Dorothy Day: la anarquista de Dios

De militante socialista y anarquista a referente del catolicismo social estadounidense, Dorothy Day encarnó una fe incómoda y radical que unió contemplación, compromiso con los pobres y resistencia a la cultura dominante.

Gerardo Ferrara·14 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
Dorothy day

Dorothy Day ©OSV News/Cortesía de Journey Films, CNS

Hace tiempo dedicamos un artículo a la figura de Flannery O’Connor, que siempre ha sido para mí de gran inspiración. Leyendo después las obras de Thomas Merton, me topé por casualidad con un ensayo de Paul Elie titulado The Life You Save May Be Your Own: An American Pilgrimage. En él, Elie traza un paralelismo entre cuatro figuras centrales de la cultura “católica” americana del siglo XX: O’Connor, precisamente, Merton, Walker Percy y Dorothy Day.

Escribí “católica” entre comillas porque a Flannery O’Connor, así como a los otros autores citados, incluida Dorothy Day, les sentaría mejor el significado literal del término: “universal”. Estos se presentan, de hecho, como artistas y pensadores que hablan a todos los hombres y mujeres de este mundo, y lo hacen como simples hombres y mujeres dotados de genio y talento, libres de cualquier otra etiqueta de pertenencia religiosa o política.

En su ensayo, Elie destaca cómo, a pesar de no formar entre ellos un grupo o una escuela (como ocurría con Chesterton, Belloc, Lewis y otros en Inglaterra), compartían cuatro aspectos fundamentales:

  • Considerar la vida como un peregrinaje.
  • La visión de una fe que no simplifica sino que inquieta, que hiere antes de liberar (la gracia que irrumpe en la carne).
  • La lectura juvenil de Jacques Maritain.
  • El ser “apóstoles” de esta gracia en una cultura secularizada, cada uno a su manera: Day con el compromiso social, O’Connor con la literatura, Merton con la contemplación y Percy con la filosofía.

Una vida llena de contrastes

Dorothy Day solía repetir a quienes la definían como santa: “Don’t call me a saint. I don’t want to be dismissed so easily”, es decir, “No me llaméis santa. No quiero ser liquidada tan fácilmente”. Es una frase que encierra no solo toda su complejidad, sino también la visión que tienen los santos sobre la santidad. Asimismo, representa cierto “embarazo” con el que se habla de ella en los ambientes eclesiásticos.

Dorothy Day nació en Nueva York en 1897, en una familia burguesa protestante. Desde joven abrazó el ateísmo y el socialismo radical, frecuentando ambientes anarquistas y escribiendo para periódicos de izquierda, en un recorrido muy similar al de su homóloga francesa Madeleine Delbrêl.

Su vida privada estuvo marcada por experiencias que muchos definirían como desordenadas, algunas traumáticas como un aborto. De su relación con Forster Batterham nació su hija, Tamar, en 1926.

La conversión al catolicismo

Esa gracia que irrumpe «en el territorio del diablo» irrumpió en la vida de Day precisamente con el nacimiento de esta niña, que la enfrentó a grandes dudas existenciales. Dorothy quería que Tamar fuera bautizada y se dio cuenta de que ella también deseaba un «hogar» al que volver. En 1927 recibió el bautismo católico. Esa decisión la llevó a romper con Batterham, hostil a cualquier forma de religiosidad, una separación que Day describió como «lo más doloroso que jamás había hecho».

La conversión de Dorothy Day es una cuestión compleja y controvertida, pero ¿no lo es también toda vida humana con sus mil facetas?

Sin duda, el nacimiento de su hija fue el casus belli existencial. Dorothy afirmó que no podía mantener a su hija alejada de Dios, pero su camino de acercamiento a la fe cristiana, y al catolicismo en particular, ya había comenzado. En concreto, ya antes del nacimiento de la niña, Day frecuentaba las iglesias católicas de los barrios pobres de Nueva York, no tanto por fe como por el ambiente que allí se respiraba. El sentido de lo sagrado, el incienso, la luz tenue, las velas y la liturgia con el canto gregoriano la impresionaban tanto que llegó a escribir que en aquella época se arrodillaba y rezaba sin saber aún a quién.

Esas mismas iglesias estaban, a diferencia de las de la burguesía protestante, en primera línea a la hora de ayudar a los pobres y a los numerosos inmigrantes irlandeses e italianos de la Gran Manzana, en ese compromiso social que tanto le importaba, pero que ya no bastaba para calmar su sensación de «larga soledad», una soledad que ni siquiera los amigos, el amor romántico ni el activismo político habían sido capaces de llenar.

Además de la belleza de la liturgia y la cercanía a las masas populares, lo que más influyó en Dorothy a la hora de elegir el catolicismo fue su tradición sacramental, en especial la Eucaristía como presencia real y no mero símbolo.

El Catholic Worker y la influencia de Maritain

En 1933, Dorothy Day fundó, junto con Peter Maurin, el Catholic Worker, un periódico que se vendía simbólicamente a un centavo el ejemplar, que aún existe y que, al mismo precio simbólico de entonces, vende hoy 80 000 ejemplares.

El objetivo ya quedaba claro desde el nombre del periódico: la defensa de los intereses de todos los trabajadores, no como una invención marxista, sino como una idea evangélica.

En esto, Day y Maurin se vieron profundamente influenciados por Jacques Maritain (1882-1973), filósofo francés convertido al catolicismo y principal pensador tomista del siglo XX, cuya obra se centraba en el personalismo.

Maritain, de hecho, fue contemporáneo de Dorothy y se hizo amigo suyo durante el largo período que pasó en Estados Unidos.

En Humanismo integral (1936), Maritain sostuvo que el humanismo moderno había separado erróneamente al hombre de Dios y propuso una tercera vía alternativa al socialismo y al capitalismo, para una sociedad justa y basada ni en el Estado ni en el individuo como consumidor, sino en la persona, entendida como ser libre y abierto a la trascendencia.

Además de la fundación del periódico, Day y Maurin crearon las Houses of Hospitality, casas de acogida para pobres, desempleados y personas sin hogar en las grandes ciudades estadounidenses, precisamente en ese espíritu de misericordia corporal que no es asistencialismo, sino fraternidad.

Peter Maurin, por su parte, también se vio profundamente influido por el distributismo, la teoría socioeconómica elaborada por Gilbert Keith Chesterton y Hilaire Belloc, a la que dedicamos un artículo anterior.

El Catholic Worker Movement, movimiento que precisamente surgió del compromiso de Day y Maurin, se caracterizó posteriormente por su pacifismo absoluto. Dorothy Day, de hecho, se opuso enérgicamente a la Segunda Guerra Mundial y, por este motivo, se ganó la antipatía de muchos, incluso de católicos, llegando incluso a ser detenida en varias ocasiones por sus protestas no violentas.

Su postura sigue siendo difícil de clasificar políticamente: anarquista pero católica; radical pero no marxista; a favor de los pobres pero contraria al aborto, que ella misma había vivido en carne propia.

Las obras literarias: la escritura como acto de fe

Dorothy Day no fue solo activista: fue escritora, y su escritura era inseparable de su fe y de su compromiso. Entre sus obras principales, destaca la autobiografía espiritual The Long Loneliness (1952), «La larga soledad», en la que narra el drama existencial de su propia vida, marcada primero por la soledad del hombre sin Dios y luego por la del hombre que ha encontrado a Dios, pero cuyo camino debe continuar a veces incluso en la oscuridad, un poco como diría John Henry Newman.

También merece la pena mencionar Loaves and Fishes (1963), una historia del Movimiento del Trabajador Católico contada desde dentro, y los diarios publicados póstumamente, que resultan valiosos para comprender la vida interior de una mujer que nunca separó el pensamiento, la fe y la acción.

Una figura de gran actualidad

Dorothy Day es, paradójicamente, una respuesta estadounidense al debate actual. El presidente Trump y políticos católicos como el vicepresidente Vance se han encontrado en abierta oposición con el papa León XIV, primer pontífice de origen estadounidense de la historia, en temas como los migrantes, la guerra y los derechos, pero sobre todo en dos conceptos: la paz «desarmada y desarmante», en el centro de la predicación del nuevo pontífice, y la esperanza entendida como «tomar posición».

Precisamente a este respecto, León XIV definió a Dorothy Day como «una pequeña gran mujer estadounidense que […] vio que el modelo de desarrollo de su país no creaba las mismas oportunidades para todos. Comprendió que el sueño era una pesadilla para demasiadas personas, que como cristiana debía comprometerse con los trabajadores, con los migrantes, con los marginados por una economía que mata. Escribía y servía: es importante unir mente, corazón y manos».

La causa de beatificación de Dorothy Day fue iniciada por Juan Pablo II, pero avanza con extrema lentitud precisamente por aquellas vicisitudes que marcaron la vida de Day, desde el aborto hasta las convivencias y la vida «irregular» anterior a su conversión.

Quizás, sin embargo, todas estas etapas sean precisamente el signo de esa gracia que irrumpe en el territorio del diablo, tan querida por Flannery O’Connor, y que lleva a no renegar de la oscuridad, los errores y el dolor, sino a integrarlos en la propia narrativa espiritual como parte de un camino común a todos los seres humanos: un concepto que, a veces, no es fácil de proponer y comprender cuando se desea un cristianismo inmaculado y una Iglesia compuesta únicamente por puros.

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