Son muchos los autores que han tratado de dar una respuesta a la eterna pregunta sobre qué es la literatura, y entre ellos, es muy sugerente y reveladora la del francés Charles du Bos, en su libro Aproximaciones: “[la literatura] no es más que la vida misma, cuando […] a ella se le une la plenitud de expresión”. Quiere dejar clara, ante todo, la unión íntima e indisociable entre vida y literatura, de tal manera que “sin la vida, la literatura estaría sin contenido; pero, sin literatura, la vida no sería nada más que una cascada, una cascada ininterrumpida en la que cada uno de nosotros estaríamos sumergidos, una cascada carente de sentido”.
Du Bos continúa explicando que “si la literatura debe a la vida su contenido, la vida debe a la literatura su supervivencia, le debe esa inmortalidad que solo se detiene en el umbral de lo eterno, esa inmortalidad más allá de la cual comienza la vida eterna”. Es decir, en la literatura vamos a encontrar las esencias de la vida, nos vamos a topar siempre con los grandes temas de la existencia humana, con los interrogantes profundos que se han planteado los hombres de todas las épocas, desde la Antigüedad hasta nuestros días, y que Italo Calvino enumera así: “la forma de mirar al prójimo y a sí mismo, […] de atribuir valor a cosas grandes y a cosas pequeñas, […] de encontrar las proporciones de la vida, el lugar que en ella ocupa el amor, así como su fuerza y su ritmo, y el lugar que corresponde a la muerte, la forma de pensar en ella o de no pensar en ella […], la duración, la piedad, la tristeza, la ironía, el humor”. Ahora bien, entre todas las manifestaciones artísticas, la literatura se caracteriza por la palabra. Ahí radica su poder, su fuerza, y una función y una misión insustituibles, porque, como dice Calvino, la palabra “une la huella visible con la cosa invisible”.
El poder misterioso de la palabra
La palabra nos permite acceder al misterio de la vida, al misterio del ser. Es la clave de todo. Las palabras contienen esas “vibraciones de lo originario”, de las que hablaba Steiner y nos hacen entrar en lo desconocido, nos llevan hasta “más allá de la línea de sombras”, huyendo del vacío y el sinsentido, añorando un paraíso en el que el hombre se relacionaba con Dios, o una etapa mitológica en la que dioses y hombres, mejor o peor, convivían e interactuaban. Las palabras en las obras literarias no son aleatorias ni están escritas al azar; por el contrario, son transformadoras, exploran posibilidades ilimitadas buscando una verdad, aquella verdad que, en lo más hondo, trata de dar plenitud a la vida, transportándola a un orden metafísico y, por qué no, religioso.
La huella dactilar de Dios
Pero, asociado a la palabra, no podemos olvidar algo fundamental, que actúa como motor y potencia que hace elevar la literatura hasta las más altas cimas. Me refiero al siguiente versículo del primer capítulo del Evangelio de san Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Esto revoluciona la forma de relacionarnos con las palabras. El Verbo, la Palabra se hace carne, se hace hombre: Dios se encarna, Dios asume la naturaleza humana hasta las últimas consecuencias.
Nada humano es ajeno a Dios. De ahora en adelante, las palabras se convierten, con mayor razón, en esos vestigios de lo divino, que buscan el sentido profundo de la vida. Ya no se puede concebir ninguna manifestación literaria que prescinda de esta realidad. Es lógico afirmar, con bella expresión de Nicolas Gómez Dávila, que se ha impreso la “huella dactilar de Dios en la arcilla humana”. Y, a pesar de los innumerables intentos por borrar esa huella, todos ellos están condenados al fracaso.
El callejón sin salida del absurdo
En efecto, cuando Samuel Beckett, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, con su estela de destrucción, muerte y deshumanización, escribe Esperando a Godot, se plantea la gran pregunta del sentido de la vida. Responderá mostrando el absurdo de la existencia humana, plasmando y reflejando el fracaso de la Salvación, el cuestionamiento de la bondad y misericordia de Dios, y la angustia existencial derivada de todo ello. Ante la ausencia radical de Dios, Beckett plantea pensar el mundo sin Él. Y en esa puesta en escena a través de unos personajes reducidos a su mínima expresión, que no reúnen los atributos necesarios para ser considerados como tales, ni siquiera tienen nombres que los humanicen, muestra el callejón sin salida en el que está inmersa una humanidad que ha sustituido la esperanza por la angustiosa espera que se despliega en un tiempo cíclico e inmutable.
A través de una extraordinaria perfección técnica rompe con todo lo establecido. Lo inacabado, la repetición, el hartazgo existencial, producidos por el efecto machacante de la estructura y el ritmo binarios, se convierten en características de este nuevo hombre al que no le queda más alternativa que la espera vacua o el suicidio. Las palabras reflejan el vacío de la existencia; el orden gramatical abandona su función para transparentar el fracaso del lenguaje, que ya no sirve para comunicar, sino para llenar con sonido un silencio atronador. Por tanto, cada secuencia gramatical, cada palabra, se convierten en un motivo temático, donde predominan las alusiones a la Crucifixión y su sentido, al igual que a la imagen de Dios que se va alejando de la misericordia para convertirse en cruel y violento, hasta la más absoluta indiferencia.
El reencuentro con los vínculos vitales
Por el contrario, muy avanzada ya la Segunda Guerra Mundial, Antoine de Saint-Exupéry publica El Principito, donde también se plantea la misma pregunta sobre el sentido de la existencia. Sin embargo, la respuesta es radicalmente distinta, pues habla de ascensión tras la caída, de relación, de amor; de encuentro y de restablecimiento de los vínculos con quienes forman parte de nuestro núcleo vital primario. Solo así se supera la soledad y solo así es posible el amor. Recuperar la unidad perdida se convierte en la misión de su vida. Con un marcado estilo poético, por medio de símbolos, va sugiriendo el sentido de trascendencia y la necesidad de un amor, fuente de luz y agua que calma la sed, de evidentes resonancias evangélicas.
En definitiva, la literatura nos adentra en los misterios de la vida y del ser, y haciendo esto, procura ir desvelando y alumbrando una verdad sobre el hombre. Las palabras despliegan significados sugerentes que remiten a algo que está más allá, la Palabra, una Palabra que es Verdad y Vida. La vida es, pues, infinitamente más rica con la literatura y sin lugar a dudas, como afirma Tzvetan Todorov, “permite que todos respondamos mejor a nuestra vocación de seres humanos”.
Profesora del Master de Cristianismo y Cultura Contemporánea de la Universidad de Navarra.





