En el artículo anterior vimos algo profundamente bello: el hombre y la mujer no están llamados a competir, sino a encontrarse. La diferencia no es una guerra, sino una posibilidad de comunión fruto de la vivencia de la complementariedad. Pero las preguntas continúan: Si estamos hechos para amar, ¿por qué el amor duele?
Hoy es muy común escuchar cómo, una experiencia que parecía amor, al final, solo deja vacío o, cómo, después de una mirada que no fue del todo limpia, aparece algo difícil de describir: culpabilidad. Incomodidad. Vergüenza. Como si algo dentro dijera: “Esto es bueno, pero no es lo que debería ser”.
Una herida en el origen
El Génesis no esquiva esta experiencia. La explica. Nos lleva al momento en que todo se quiebra: el pecado original. Porque todo pecado rompe una relación. Y aquí se rompe la más importante: la relación con Dios.
El problema comienza cuando aparece una voz distinta: la serpiente introduce una sospecha en el corazón del hombre: “No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal” (Gn 3, 4-5). Ahí está la tentación. No es solo desobedecer una norma. Es empezar a mirar a Dios con desconfianza. Entonces, sucede algo decisivo: el hombre deja de ver todo como venido de Dios y quiere apropiarse. Ya no quiere vivir como criatura.Quiere “ser como Dios”.
En ese gesto que parece pequeño ocurre una ruptura profunda. El hombre se separa de la fuente que sostenía su vida. Porque la relación con Dios era lo que mantenía unificado todo su ser. Al romperse esa relación, el hombre queda, por así decir, solo ante el peso de su propia vida. Eso se ve en el relato: “Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí” (Gn 3, 10)
El mismo Dios que antes era presencia amorosa, ahora es percibido como amenaza. Cambia todo. Porque si ya no se confía en Dios todo comienza a volverse inseguro. Ya no confiamos plenamente ni en nosotros mismos, porque ya no sabemos bien quienes somos. Y tampoco confiamos del todo en el otro, porque el miedo entra a formar parte de las relaciones.
El nacimiento de la vergüenza
Es ahí donde aparece la vergüenza. “Se les abrieron los ojos… y se dieron cuenta de que estaban desnudos” (Gn 3, 7). El cuerpo no cambió. Cambió la forma de mirar. Antes, la desnudez era garantía de la mutua mirada limpia. Como explicaba san Juan Pablo II, el hombre y la mujer vivían una desnudez originaria: el cuerpo revelaba a la persona como un don para el otro en el amor. Pero al romperse la relación con Dios, esa mirada se pierde.
Ahora, el otro ya no es percibido solo como alguien a quien amar, sino también como alguien ante quien protegerse. Por eso aparece la necesidad de cubrirse. En este sentido, la vergüenza no es el problema. Es una señal. Nos recuerda que la persona vale más que un objeto. Pero también revela la herida: queremos amar, pero la ruptura nos lleva a querer poseer. Queremos entregarnos, pero tenemos miedo.
Cuando el amor hiere…, ¿qué está pasando?
Entonces volvemos a la pregunta inicial. ¿Duele el amor? La realidad es que no. El amor, en sí mismo, siempre es bueno.
Lo que hiere es intentar vivirlo al margen de Dios. Como se dijo anteriormente, el pecado original no fue solo desobedecer una norma. Fue desconectar el amor de su fuente.
Vivir bien el amor implica reconocer que éste tiene un diseño. No lo inventamos: lo recibimos. Y cuando se vive sin esa referencia, incluso con buena intención, el corazón se desorienta.
Cuando Dios entra en el amor
Pero aquí aparece la esperanza. El corazón humano está herido, pero no está condenado. Cuando dejamos que Dios entre en nuestra vida, algo comienza a cambiar. Y aquí una verdad muy reveladora: es el Espíritu Santo quien une de verdad a las personas. Es Él quien hace posible que el amor no sea solo emoción, sino vínculo. Por eso la tradición lo llama vinculum caritatis: el vínculo de amor. Cuando dos personas se aman según el designio de Dios, cuando buscan el bien del otro, Dios mismo entra en esa relación y la sostiene.
Entonces el amor deja de sostenerse solo en las propias fuerzas, en esas emociones cambiantes y comienza a apoyarse en Alguien más grande. En esa roca firme que el corazón humano busca -muchas veces sin saberlo- para que sus amores no se derrumben.
Reaprender a amar
La vergüenza no es el final. Es el comienzo. Porque justo ahí -donde aparece la herida- comienza la historia de la redención.
Cristo no viene a eliminar el cuerpo que ahora ve mal. Viene a sanar el corazón. Como enseñaba san Juan Pablo II, se trata de una verdadera redención del corazón, de transformarlo.
Pero para ello, es importante que todo esto nos lleve a razonamientos concretos. Si estás en un noviazgo: ¿Has hablado con Dios de esa relación? ¿La forma en que viven el amor le permite a Dios habitar ahí? ¿Se ayudan a amar mejor? Y en la amistad ocurre algo parecido: ¿tus amistades te acercan más a Dios y tú a ellas? ¿Te ayudan a crecer? Todo esto nos ayudará a que Dios habite en nuestros amores.
Considerar estas verdades nos ayudará también a ver en la experiencia de la vergüenza, no solo un recordatorio de que algo se rompió. Sino también que algo sigue siendo valioso. Que el amor verdadero sigue siendo posible. Como enseñaba san Juan Pablo II: el amor auténtico nunca consiste en usar al otro, sino en entregarse a él.
Por tanto, el amor verdadero no nace de la desconfianza ni del miedo. Nace -insiste Juan Pablo II- del don. Y cuando Dios puede habitar una relación, el amor deja poco a poco de convertirse en carga, en dolor… y comienza a parecerse a aquello para lo que fue creado: un lugar donde el corazón humano puede descansar, ser feliz.





