Parece que, para ser sacerdote, hay que formarse para vivir en soledad. Pero, ¿es realmente necesario? ¿Podríamos formar a los candidatos precisamente en saber que no están solos?
Desmontando el mito del aislamiento
Podría parecer que vivir el celibato exigiera tener un sentimiento de soledad, carencia, falta de afecto y desesperanza vital que fuera intrínseco al don. Si quien vaya a vivir el celibato, cree esta falsa premisa, puede que diseñe y ordene su vida con un individualismo que haga que se cumpla su profecía y, efectivamente, se quede solo.
Si atendemos a que el sacerdocio es una llamada para darse a los demás, compartida con personas con el mismo carisma, y que cuenta con recibir el soporte de otras personas, no debería quedar más soledad que la sana soledad originaria, escenario de la comunicación íntima con Dios, como explica San Giovanni della Croce: “En soledad vivía / y en soledad ha puesto ya su nido / y en soledad la guía / a solas su querido / también en soledad de amor herido”.
Los seis pilares de la intimidad
Podría resultar paradójico que alguien que pretende vivir con un corazón indiviso vaya a tener el corazón lleno de personas con las que comparte intimidad. Pero un signo de madurez en la vivencia del celibato y la castidad es la capacidad para vivir y compartir la propia intimidad en distintos ámbitos:
–con uno mismo: facilita así la reflexión sobre el mundo y la vida interior, con autoconciencia sin filtros y sin engaños, consciente de la grandeza como hijo de Dios y de la insignificancia ante la tarea sólo con sus fuerzas. Así, está conectado consigo mismo, conoce su naturaleza particular y sus necesidades, y se da a conocer consecuentemente;
–con Dios: se abre a Él para sentir su mirada, conocer la acción y el don de Dios sobre él, dejarse transformar, incorporar su lógica y su sentido, y desarrollar una particular complicidad que solo él puede saborear;
-con su acompañante espiritual: al que comunica cómo se relaciona con Dios, cómo se encuentra en su misión, con transparencia y con la esperanza de que el acompañante sea un compañero consciente, presente en esa relación y no un mero funcionario, y consciente de que Dios es el único viñador, y deja libertad tanto a Dios como al acompañado y no toma el nombre de Dios en vano atribuyéndose el conocimiento de la voluntad de Dios;
-con sus amigos: con quienes comparte su vida, su caminar, sus deseos, ilusiones, proyectos, tristezas, etc., y deja que ellos la compartan con él, y se ayudan y cuidan recíprocamente;
-con otros sacerdotes: por el nuclear hecho de que comparte con ellos la experiencia de Dios, un espíritu, un carisma, un ideal, una misión, una filiación, una fraternidad, alegrías, esperanzas y miedos e ilusiones personales, y sabe y siente y vive que ellos son fuente de salvación, sustento en el andar ordinario. Con su comunidad está en un lugar seguro, donde está a salvo y encuentra soporte espiritual y edificación humana. Ahí puede apuntalar la pertenencia, apaciguar soledades, compartir interrogantes personales, y vivir la pasión compartida de lo que haya para vivir, donde puede regular sus emociones, donde puede celebrar, más allá de un trato cordial o un cariño oficial. Puede dejar que otros sacerdotes entren en su vida y adentrarse él en las suyas, reconocer sus necesidades, y atender en primer lugar a los más necesitados. La fraternidad se vivirá como servicio y natural obediencia a los demás, como ofrecimiento a otros del don recibido;
-con su familia: con quienes mantiene los vínculos. Ellos son la raíz de su apego y comparten sus ilusiones y proyectos; él les hace partícipes de su vida.
La madurez de dejarse querer
Así, vivir con el corazón lleno de amores es posible, porque ama siempre con un tercero en concordia que es Dios, ama a los demás en Dios, ama a Dios en ellos y se deja amar por ellos con Dios. Ama sin poseer y no deja que le posean cuando le aman.
Percibirá que no solo es que no está solo, sino que no debe estarlo, porque su llamada es a amar y ser amado. Madurará en la necesidad de recibir y dejarse transformar; de cuidar y dejarse cuidar; de ayudar y dejarse ayudar; de servir y dejarse servir; de contar con quienes le quieren para cultivar su proyecto de vida. Vivirá de manera práctica la acción de Dios en la mediación de otras personas que le quieren, le orientan, le ayudan, le acogen, le validan, le sirven, etc.
Se dará cuenta de que necesita de otros para la plenitud, sin necesidad de que sea en una relación en exclusiva, porque su ser célibe, ontológicamente hablando, está bien así, a imagen y semejanza de Dios, imitando a Cristo. Déjate querer. No es bueno que el hombre esté solo.





