Este atrevimiento de Pedro siempre me ha sacado una sonrisa. Es fácil imaginarse la escena: dos amigos, motivados por el tesoro de ser testigos de la Resurrección de Jesús, pero sin un duro. Imagino a Pedro, casi anciano pero con la frescura propia de un joven enamorado, mandando al cojo que se levante, dudando de sí mismo, pero recordando lo que el Maestro le dijo cuando dudó caminando sobre las aguas: «¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?».
Así, sin darle tantas vueltas al asunto, se lanza. Sabe que no está en su mano que el cojo se levante; no quiere ser el protagonista de nada. Jesús le ha cambiado el corazón. Por eso su limosna no es para su vanagloria, sino para la gloria de Dios: no en nombre de Pedro, hijo de Jonás, sino en el nombre de Jesucristo de Nazaret.
Pero Lucas no nos da el nombre del cojo.
El mismo día de este Evangelio conocí a un pobre en la puerta del templo ecuménico del sur de mi isla. Venía de un día de playa con un amigo que había llegado de York esos días. Me escapé a Misa con mi sombrero de una clásica marca de ron canario. Un sol propio de verano entraba por la gran cristalera del lugar. Me conmovió el ambiente: la luz naranja del atardecer, la variedad de
guiris que dejaban la playa para recibir al Señor y el sacerdote asmático que celebraba con cariño la liturgia en varios idiomas, como León XIV hace unos días en San Pedro.
Al entrar, aún no había leído el Evangelio del día.
Al acabar la Misa me dirigí a la salida lateral del templo. Me extrañó que estaba cerrada. Iba a saltar el murito para no cambiar mis planes (no era una infracción grave). Sin embargo, decidí darme la vuelta, bordeé la placita del templo y salí por donde había entrado. De algo me sirvió la Educación para la Ciudadanía.
Ahí seguía aquel hombre, el pobre al que había mirado de reojo al entrar. Me miró con ojos brillantes y exclamó con voz ronca:
—Beautiful hat, my friend!
Pensó que yo era inglés. Me esperaba algo tipo: ¿Me das algo para comer? Una frase a la que, desgraciadamente, estamos demasiado acostumbrados.
Pero no me pidió nada. Desde el suelo, me miraba como un amigo al que hace años que no ves.
En ese momento me paré en seco. Le miré desde arriba. Él solo sonreía. Me quité el sombrero, en un gesto que parecía un saludo digno de caballeros castellanos, de esos que Cervantes tan bien supo representar.
—¿Cómo te llamas? —pregunté algo despistado.
—¡Eres español! Esos gorros son muy de guiris, amigo. Soy Marco, ¿y tú?
—Chema, encantado —dije mientras me agachaba, me ponía a su altura y le extendía la mano. Pude ver en sus ojos grises la ausencia de miradas compartidas.
En el apretón noté que sus manos estaban negras y sus uñas eran largas, como las de una modelo, aunque naturales. Ni me dio asco ni fingí poner buena cara. Me acerqué un poco más a él. Su barba y su olor a licor me recordaron al Capitán Haddock.
—¿Te gusta este sombrero? —le pregunté.
—No está mal. De joven solía llevar uno parecido. Ahora solo soy un cojo sin sombrero.
Me quedé en silencio, pensativo. Recordé el Evangelio y se me pusieron los pelos de punta. Marco, que tenía la pierna izquierda estirada, también era cojo. Sentí un gran respeto por él, que seguía sonriendo.
—Pues es tuyo —dije mientras le acercaba el sombrero. Él solo me miraba, muy dentro de mí.
—Pruébatelo —insistí, acercándoselo a su sudorosa frente.

Él, dócil, se dejó querer. Se dejó poner un sombrero ajeno, como aquel que tenía de joven. Por supuesto, le quedaba mucho mejor que a mí y se lo puso con la clase y naturalidad de quien lo ha hecho antes.
Aquel día Marco no perdió la cojera; solo ganó un poco de sombra en su bronceado rostro.
Algunos pensarán que el sombrero fue mi limosna. No. Marco me regaló el tesoro más escaso de nuestro tiempo: una mirada sin doblez.
Llegué serio, centrado en mí mismo pero me fui contento, con el corazón ensanchado.
Lucas no nos da el nombre del cojo. Ya entiendo por qué.
Estudiante de 4º curso de Derecho y Economía.



