Juan Luis Lorda es sacerdote y doctor en Teología. Ha pasado gran parte de su vida enseñando Teología Dogmática y es autor de muchos libros de espiritualidad que han ayudado a muchas personas a conocer mejor la fe católica.
En esta entrevista con Omnes habla sobre la Teología, hace un análisis del Concilio Vaticano II y cita algunos de los autores que más han influido en su obra.
¿Qué es la Teología?
– La teología es la reflexión sobre la fe. Teología es: creemos en algo, pero creer no significa aceptar sin más; significa aceptar sabiendo lo que uno acepta, entendiéndolo hasta donde se puede, resolviendo las cuestiones que pueda haber.
¿Cuál es el papel de la teología hoy en la Iglesia?
– La teología es y siempre ha sido muy grande. Se desarrolla con cuatro aspectos que no son nada más que la aplicación de lo que he dicho:
Primero, uno tiene que entender lo que cree. Eso es un tema famoso que, por ejemplo, trata san Anselmo de Canterbury y que también pertenece a la tradición de la teología. “Fides quaerens intellectum” (viene de san Agustín también): la fe que busca entender.
El segundo punto es cuando yo tengo que explicar esa fe; la tengo que poner en orden. Todo el mundo sabe que cuando tiene que enseñar aprende mucho más que cuando simplemente aprende por su cuenta. Si tiene que enseñar, tiene que hacer un esfuerzo con el cual profundiza. Por eso se hace teología también, porque se enseña.
Hay un punto tercero que lleva a pensar, que son las dificultades externas e internas. Cuando alguien dice: “pues esto me parece que es imposible”, “esto no lo creo” o “esto es de otra manera”, eso me obliga a mí a resolver esa cuestión. Es uno de los puntos incluso históricos de crecimiento de la teología. Se crece porque hay que pensar, se crece porque hay que enseñar y se crece porque hay que resolver.
Y luego también se crece porque es necesario interpretar la Escritura. Siempre es necesario interpretar la Sagrada Escritura.
Históricamente esas cuatro actividades han hecho crecer la teología. Es interesante tenerlo presente: las afirmaciones cristianas son reales, son históricas, no son simbólicas; o mejor dicho, no son sólo simbólicas. Yo cuando digo “Cristo se hizo hombre”, no es que de alguna manera se hizo hombre o una manera de hablar. Si yo lo reduzco a un símbolo, a una poética, pues entonces ya todo flota y se puede decir de cualquier manera.
Pero el cristianismo hace afirmaciones rigurosas, quiero decir, rigurosamente históricas y, entonces, compromete mucho la verdad de las cosas. Dice: “Dios ha creado el mundo”. Dios ha creado el mundo, no es una manera de hablar. “Jesucristo es Dios y hombre verdadero”. “La Eucaristía es una presencia real de Jesucristo”. Todo eso exige que las cosas se expliquen.
Hoy que hablamos tanto del lenguaje, y parece que es casi un arma política, ¿cómo se relacionan el lenguaje y la teología? ¿Qué nivel de precisión hay que exigir a los tratados teológicos y a los estudiantes?
– Todo humanamente es deficiente porque en realidad, como pasa en toda la vida de la Iglesia y en todos los aspectos, hay una distancia enorme entre la categoría de lo que se habla y lo que puedes decir.
Nosotros somos pobres hombres y hablamos de Dios, que es mucho más que nosotros. Entonces siempre hay una especie de desproporción brutal.
Sin embargo, precisamente porque las afirmaciones cristianas son reales —hay una encarnación de verdad, Cristo se ha encarnado—, las palabras humanas son capaces de transmitir el mensaje de Dios porque lo ha hecho así.
Seguramente ninguna cosa se ha estudiado tanto como esto o ha recogido tantos esfuerzos. Aunque hay mucha investigación en muchas ramas de las ciencias y muchos investigadores, históricamente ha ocupado un lugar que no tiene parecido en ninguna religión; no hay nada parecido. Los rabinos no se dedican a estudiar la fe en ese sentido, sino simplemente a decir cómo se vive. Y los expertos musulmanes también se dedican a cómo hay que vivirla, pero no a la teoría, porque piensan que eso está en el misterio y que no hay que tocar.
¿Qué autores y qué obras han influido especialmente en sus trabajos?
– Primero, san Josemaría Escrivá. Él ha influido mucho en mi vida y mentalidad espiritual, y también en la manera de comprender el cristianismo. Mucho de la manera de pensar en lo que es la vida espiritual y el cristianismo vivido se lo debo a él. Después hice la tesis sobre santo Tomás de Aquino, entonces también estoy formado con él.
Yo viví el pontificado de Juan Pablo II y, como enseñaba antropología en la Facultad de Teología, aprendí mucho de él. Juan Pablo II me llevó a autores que él usa y de los que depende: todo el ámbito de la fenomenología y el personalismo. Durante unos años me dediqué a autores personalistas como Martin Buber (filosofía del diálogo), Ferdinand Ebner, y autores de la fenomenología como Max Scheler, Edith Stein o Dietrich von Hildebrand. También autores del personalismo francés como Jacques Maritain y quizá Gabriel Marcel. Todo esto para mí ha sido un mundo interesante.
Después, un poco literariamente por así decir, me influyó mucho C.S. Lewis. Me llamó mucho la atención la capacidad que tenía de decir cosas importantes de una manera breve y suelta; como estilo y como objetivo de exposición.
Durante muchos años he dado un repaso por la teología de los siglos XIX y XX. Ahí estoy cada vez más interesado en John Henry Newman. En cuanto al siglo XX, he trabajado los teólogos importantes y hago una actividad en relación con esto todavía importante.
En esta línea, quizá la figura que va a quedar como más representativa del siglo XX va a ser Joseph Ratzinger, que va ganando terreno porque ha ocupado lugares importantes en la vida de la Iglesia. Como Papa, fue una persona lúcida, barre mucho campo, es muy buen representante, estaba muy bien situado y tiene aportaciones personales.
Pero bueno, hay otros importantes como los jesuitas franceses Henri de Lubac y Jean Daniélou. Aprecio muchísimo también a Romano Guardini. Y luego, por ejemplo, es muy importante Yves Congar (dominico francés) y ocupa un lugar relevante Hans Urs von Balthasar. Hay muchos más, pero Louis Bouyer, por ejemplo, que es un oratoriano francés, es muy interesante y ha crecido en mi consideración por el volumen e interés de su obra.
Por supuesto, también san Agustín y los Padres de la Iglesia. En la historia de la teología, Agustín ocupa un lugar muy grande.
Por dos motivos (las asignaturas que daba sobre la gracia y la teología del siglo XX), he tenido contacto con lo que es la teología ortodoxa. Sobre todo con un grupo de teólogos ortodoxos rusos relacionados con el Instituto San Sergio de París, como Vladimir Lossky o Paul Evdokimov, que tiene un libro precioso sobre la teología del icono. También me han gustado mucho otros autores protestantes, por ejemplo Oscar Cullmann, o del ámbito de la exégesis, gente muy buena y creyente como Martin Hengel y Joachim Jeremias.
En realidad, tengo una percepción de una riqueza de pensamiento enorme en el siglo XX. Es un poco paradójico, porque el siglo XX ha sido un siglo de mucha y muy buena teología, pero también un siglo de crisis. Hubo crisis teológica; un caso paradigmático es Hans Küng, por ejemplo, o el caso anterior de la problemática del Catecismo Holandés. Eso han sido puntos muy determinantes de la evolución de la crisis de la Iglesia en el siglo XX. Pero en realidad ha habido una renovación teológica muy rica. Estoy muy motivado con eso porque me parece que es necesario sintetizarla, transmitirla y darle salida para la enseñanza.
Ha mencionado precisamente la enseñanza en la universidad. ¿Qué cree usted que hay que pedir a las universidades para recuperar el nivel teológico que había en el siglo XX, y que da la sensación que ahora en el XXI estamos perdiendo?
– Cada época tiene su sitio y ahora mismo el siglo XX es inimitable. El siglo XX coincidió con una gran expansión de las órdenes religiosas y de la religiosidad: muchas vocaciones jóvenes, mucha gente formándose, muchos teólogos jóvenes con muchas ganas de evangelizar y de renovar. Ahora no estamos en esa situación.
Ahora estamos pasando en toda Europa, de una manera bastante acelerada, de una situación de mayoría cristiana a una minoría de conversos. Esto puede durar un par de siglos (lleva en realidad ya dos siglos). Está desapareciendo el esquema antiguo de naciones cristianas. Políticamente ya desapareció; pero culturalmente, las naciones tradicionales de Europa están dejando de ser cristianas por motivo de pérdida de fe y también por un motivo demográfico. Europa está en un proceso casi de una cierta extinción demográfica. Es un proceso lento que se plantea en tres o cuatro generaciones.
En España ahora mismo la tasa de natalidad es bajísima desde hace muchos años y no tiene posibilidad ninguna de recuperación. La población va a cambiar muy fuertemente; ahora mismo hay un 2 0% de población extranjera, lo que cambia la cultura, las costumbres y el pensamiento. Las instituciones eclesiásticas tienen mucha inercia, pero mira: cuando empezó la facultad de teología en la que he estado yo 42 años, en los años 70 se ordenaban 770 sacerdotes al año; el año pasado se ordenaron 62. Pasas de 770 ordenados a 62; habiendo 11 o 12 facultades de teología, esto es insostenible.
La situación es muy distinta porque pasamos de un cristianismo de mayorías que a veces se vivía un poco por inercia. No lo denigro, porque yo lo he visto y sé que la gente no sabía mucho, pero procuraba ser cristiana y no era falsa. Sin embargo, las generaciones anteriores no han sabido transmitir la fe a los hijos. ¿Por qué? Porque entre otras cosas no sabían cómo era la fe, no la podían explicar. Sabían que había que ir a Misa y que convenía estar cerca de la Iglesia, pero no eran capaces de explicárselo a sus hijos. Y al no explicarlo, claramente se perdió la transmisión.
¿Cuál considera usted que es el mayor desafío espiritual o teológico en la actualidad?
– Creo que precisamente es el pasar a una Iglesia de conversos. En España son todavía números pequeños, pero crecerá dentro de unos límites. Tampoco me parece que las mayorías que dejan de ser cristianas vayan a ser sustituidas por mayorías de conversos; no da esa impresión.
Pero sí que da lugar a que haya unos centros cristianos vivos, renovados. A los que somos cristianos por tradición y no venimos de conversiones personales (aunque siempre hay que estar convirtiéndose), nos puede ayudar ver que tenemos que tener un planteamiento mucho más testimonial. Esto está pasando al ritmo de una generación, se verá en unos 30 años.
Uno de los grandes problemas que ha habido con el Concilio Vaticano II es su aplicación. ¿Puede hablarnos sobre esto?
– Cuando vino el Concilio, habiendo como había tantísima gente joven en toda Europa, despertó muchísima expectación y muchísimas ganas de renovarlo todo. En principio eso es bueno. Pero también generó tensiones.
Suelo poner el ejemplo de la habitación en la que estoy: ¿qué se podría mejorar? Si lo pienso de una manera sensata, hay unas cuantas cosas; mañana van a llegar unas estanterías y unos armarios que van a mejorar la habitación. Eso es muy bueno. Pero si a mí me entrara un nerviosismo, una especie de crítica constante y mirara la habitación con poco amor, me parecería horrible e insoportable. Al final, lo que podía ser una mejora acabaría en una pira destructiva; podría acabar quemando la habitación.
Eso pasó, porque la Iglesia es muy defectuosa, no en Jesucristo, sino en nosotros. Siempre lo ha sido. No significa que no haya que procurar mejorar, porque tenemos que mejorar cada uno, pero hace falta un poco de paciencia. Si no se tiene paciencia y falta criterio de qué es lo importante y cómo hacerlo, se falla.
La misma expectación se convirtió a veces en un fenómeno destructivo porque fue cambiar por cambiar, escogiendo a veces cualquier cosa sin criterio. Y luego provocó un tema delicado: la falta de confianza en la Iglesia, en el magisterio y en los obispos. Lo que era ilusión por mejorar a veces se convirtió en crítica y en cambios poco pensados. Siendo la Iglesia una institución tan grande, hubo mucho desorden y mucho daño.
Esto no siempre se ha reconocido porque hay una especie de buenismo cristiano comprensible (somos optimistas y gente de fe), y también una lógica defensa intelectual del gobierno eclesiástico.
A pesar de todo, la vida cristiana vive con esperanza, mira al futuro y confía en el Señor. Aunque hayan pasado crisis, ha habido muchas cosas buenas y, por supuesto, el Concilio ha sido una cosa muy buena.
En el plano teológico, ¿qué avances positivos ha habido gracias al Concilio Vaticano II?
– Muchísimos, porque se ha enriquecido un montón. La misma riqueza supone una dificultad porque requiere ser asimilada y ordenada para poderla transmitir, pero hemos recuperado mucho conocimiento directo de los Padres de la Iglesia. Hemos mejorado temas inmensos de liturgia y de eclesiología (qué es la Iglesia); se ha enriquecido una barbaridad.
Sí es verdad que eso también lleva a veces a la confusión o a la dificultad de discernir qué es lo que hay que escoger, y se crean fenómenos de moda. Además, la Iglesia está sometida a tensiones externas. Por un lado, en el siglo XX y ahora, sigue sometida a una presión mundanizante o modernizante que critica la fe en el fondo. Eso ejerce sobre las personas y sobre la teología un efecto de disolución. Parece que eres más moderno o aceptable si no crees en nada más que en la materia. Esa presión es muy grande y genera una teología mundanizada, dispuesta por ósmosis a decir lo que la gente quiere oír.
Por otro lado, aunque hoy sea un tanto marginal en nuestro entorno cultural, el siglo XX estuvo marcado por una presencia y presión comunista enorme (propagandística y estratégica) que afectó mucho a la vida de la Iglesia. Creó un clima utópico donde parecía que con dos patadas y una revolución llegábamos al mundo feliz. Generó una crítica basada en una economía y visión política simplificadas. Todo ese ambiente golpeaba a gente cristiana idealista pero con falta de discernimiento. El comunismo y su máquina propagandística influyeron mucho.
¿Hay alguna cuestión que esté abierta hoy que le parezca un reto teológico especialmente interesante?
– Se puede pensar que lo más importante son las novedades, pero aquí lo más importante no son las novedades, sino los centros. Evangelio significa “buena nueva”, lo que implica una perenne novedad. Y siempre es buena porque significa que existe Dios, que hay una manera de vivir de cara a Dios, que este mundo tiene sentido y que hay una salvación de la muerte y de nuestras propias limitaciones y miserias. Esa es la buena nueva cristiana, que siempre es apasionante.
El gran reto de la teología es conseguir que sea apasionante, porque a veces se consigue convertirlo todo en un rollo. El verdadero reto es que sea lo que tiene que ser: algo muy apasionante.




