Evangelio

La humildad que revela. Domingo XIV del tiempo ordinario (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas de Domingo XIV del tiempo ordinario (A) correspondiente al día 5 de julio de 2026.

Vitus Ntube·2 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Las lecturas de hoy nos presentan a Jesucristo como el verdaderamente humilde. En la primera lectura encontramos la imagen de un Mesías humilde; en el Evangelio, Jesús mismo declara que es manso y humilde de corazón.

¿Qué tiene de particular la humildad de Cristo? ¿Qué podemos aprender de ella? La humildad de Cristo está inseparablemente unida a la verdad: a la verdad de la revelación que nos muestra quién es verdaderamente Dios. Dios se revela en la humildad, y quienes reciben esa revelación deben acercarse a Él también con un corazón humilde. La revelación de Dios se realiza en un contexto de humildad.

En la primera lectura, el Mesías entra en Jerusalén de una manera profundamente humilde: “Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna”. El Mesías no viene con poder ni esplendor mundanos, sino con sencillez y mansedumbre. La humildad es inseparable de la verdad. No hay verdad más grande que el conocimiento de Cristo. El Evangelio destaca las condiciones necesarias para recibir esta revelación.

Jesús alaba al Padre por la manera en que ha revelado sus misterios: “has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”. Los sabios y entendidos, en este contexto, no son condenados por su conocimiento, sino por el orgullo que les impide acoger una verdad que va más allá de sus propios esquemas y expectativas. Puesto que Dios se revela en humildad, la disposición adecuada para recibirlo también debe ser la humildad. Jesucristo, el único revelador del Padre, viene en la humildad y solo puede ser comprendido verdaderamente por los sencillos como niños.

La humildad de Cristo es también fuente de descanso. Jesús nos invita a aprender de su corazón, porque en Él descubrimos la verdad más profunda acerca de Dios y acerca de nosotros mismos. Las preocupaciones de la vida cotidiana se vuelven soportables cuando se llevan con Cristo y con el mismo espíritu con que Él llevó su propia cruz. Cuando participamos de esa misma disposición interior, incluso las cargas de la vida se transforman. Por eso Jesús dice: “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”. El yugo de Cristo no nos aplasta; nos aligera. No nos oprime; nos eleva. Es el yugo del amor, el yugo de la humildad.

Sin embargo, para aprender la humildad de Cristo, debemos poseer el Espíritu de Cristo. La segunda lectura nos recuerda que el “Espíritu de Dios” habita en nosotros, y que sin el “Espíritu de Cristo” no le pertenecemos. Debemos permitir que el Espíritu Santo nos forme y nos guíe, pues Él nos enseña la humildad y abre nuestro corazón para recibir la verdad revelada en Cristo.

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