Evangelio

El Cielo es donde está Dios. La Asunción de María (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas del Domingo XIV del tiempo ordinario (A) correspondiente al día 15 de agosto de 2026.

Vitus Ntube·11 de agosto de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Hoy la Iglesia celebra la gran solemnidad mariana de la Asunción: “que la Inmaculada Madre de Dios, la siempre virgen María, habiendo cumplido el curso de la vida terrena, fue asumida en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Definida como dogma por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, esta verdad de fe sigue dando abundantes frutos espirituales en la vida de la Iglesia.

El Evangelio de hoy nos ayuda a comprender por qué María fue elevada al cielo. Dos virtudes destacan de manera especial: su humildad y su fe. Durante su visita a Isabel, María entona el Magníficat, un himno que revela el secreto de su grandeza. María no se exalta a sí misma; reconoce que es Dios quien ha hecho obras grandes en ella. Se reconoce como la humilde esclava del Señor. “Ha mirado la humildad de su esclava”, proclama, y “enaltece a los humildes”.

María no se elevó a sí misma al cielo; fue Dios quien la elevó. Su humildad la hizo receptiva a la gracia y a la acción de Dios. Los soberbios buscan exaltarse a sí mismos y, al hacerlo, se vuelven incapaces de ser elevados por Dios. Los humildes, en cambio, se dejan elevar por Él.

G. K. Chesterton escribió una vez que “los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos a la ligera”. El orgullo nos vuelve pesados; la humildad nos da alas. No es casualidad que Fra Angelico pintara a los ángeles con una extraordinaria ligereza, casi como mariposas. La Asunción nos recuerda que Dios exalta a los humildes y eleva a quienes se abandonan completamente en sus manos.

La fe de María es igualmente central en la celebración de hoy. El Papa Benedicto XVI observó que la verdadera grandeza de María reside en su fe. Incluso antes de que María cantara el Magníficat, Isabel ya había reconocido esta grandeza: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”. Pero Isabel va todavía más lejos e identifica la razón más profunda de la bienaventuranza de María: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”.

La fe de María fue una adhesión total al plan de Dios, un abandono completo de sí misma en sus manos. Su fe permitió que la grandeza de Dios actuara en ella. Porque creyó, Dios realizó maravillas en su vida, culminando en su asunción a la gloria del Cielo.

María fue llevada al cielo para estar con Dios para siempre. El Cielo es donde está Dios. Estar en el Cielo es estar con Dios. Y en Dios hay lugar para todos nosotros. Al celebrar esta solemnidad, podemos pedir a Nuestra Señora que interceda por nosotros, para que crezcamos en humildad y en fe, disposiciones que permiten a Dios realizar grandes cosas en nuestra vida.

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