El momento en que te piden ser padrino de Confirmación suele acompañarse de una cierta sorpresa, un poco de orgullo, tal vez, pero también —y esto es lo más revelador— de una cierta tensión a la hora de hacer la pregunta. No es fácil pedirlo y, cuando te lo proponen, se siente perfectamente esa especie de vergüenza. ¿Pero por qué ocurre esto? Ocurre porque esa persona te acaba de revelar un aspecto muy privado de su mente: la confesión de que te guarda una gran admiración.
Por eso surgen, al mismo tiempo, la sorpresa, el orgullo y la tensión. El darte cuenta de que alguien te considera de forma particular entre todos los demás te recuerda que eres bueno y que vales la pena, pues te están encargando la responsabilidad de velar por su alma y por sus deseos de salvación.
Un compromiso real
En esos primeros momentos, se corre el peligro de que tú, como padrino recién elegido, te quedes solo con ese sano orgullo. Por eso, tomando esto en cuenta, he querido tomarme el tiempo para dar mi opinión sobre la verdadera grandeza de este rol. Mi propuesta es que el orgullo de ser padrino no proviene del mero elogio social, sino que echa sus raíces en la profunda responsabilidad que esa elección implica.
Ser padrino no es solo un rol afectivo: es un rol con la Iglesia. Tu función concreta es presentar a tu ahijado ante el obispo, que es la cabeza de la comunidad, para que se integre plenamente a ese pueblo. En el fondo, estás introduciendo a alguien a una vida que tú mismo estás viviendo. Y ahí está la pregunta que realmente vale la pena hacerse antes de aceptar: ¿Me interesa a mí vivir con Cristo y ser parte activa de su Iglesia? No se trata de ser perfecto —porque nadie lo es—, sino de que eso te importe genuinamente. Al fin y al cabo, no puedes introducir a alguien a una casa en la que tú mismo no entras.
La analogía del rugby
Como todo esto puede sonar un poco esquemático y tal vez no se entienda del todo bien, voy a intentar explicar la dinámica propia del padrino mediante una analogía.
Hace un tiempo, me tocó ver a dos grupos de hermanos jugar, por primera vez lado a lado, un partido de rugby. Vale la pena explicar el contexto: en el colegio donde trabajo existe un club de rugby al que los alumnos pueden unirse una vez que egresan; es decir, es un club de exalumnos. Es así como, con el tiempo, hermanos de distintas generaciones del colegio terminan jugando juntos en el mismo equipo.
La escena era de por sí sorprendente. Ver materializado el orgullo que se sentía por el hermano menor que empezaba a participar junto a ellos producía un gusto genuino. Más que nada porque ese orgullo no solo traducía el cariño que uno le podía tener al otro, sino —y esto es lo más interesante— el hecho de que ahora el menor va a poder participar de algo que a ese hermano grande lo ha hecho muy feliz. Ser parte de ese equipo de rugby no es solo hacer deporte, sino participar de una comunidad de gente que busca lo mismo que tú. Así, el hermano chico entra a participar de una comunidad dentro de la cual el hermano mayor ya tiene un rol y es valorado.
El proceso de integración
Si uno se fija en la dinámica interna de los hermanos, van surgiendo ciertos roles naturales. De partida, es muy probable que ese hermano menor haya empezado a jugar al rugby porque el mayor lo hacía. Por lo tanto, hay una primera invitación. Sin embargo, en la medida en que los dos van jugando, el hermano grande le habrá enseñado cosas, dándole esos «tips» que el tiempo le enseñó a él y, entretanto, le habrá cultivado el gusto por el juego.
Además, sin que el hermano pequeño lo sepa, quien lo invita a participar probablemente hablará bien de él al entrenador y a los otros miembros del equipo para que lo acepten y lo acojan. En la medida en que esto avanza, los mundos de los hermanos empezarán a encajar: sus amigos ya saben «hermano de quién es» y celebran, justamente, esa vinculación. Y cuando el hermano chico por fin entra a jugar codo a codo con el mayor en el mismo club, se toma como una realización natural del proyecto que venía incoándose desde atrás. Es simplemente la plenitud de un proceso. El momento en que se acompañan al primer partido juntos viene a «sacramentalizar» una relación que se gestaba desde hace años.
Sin embargo, esto no queda aquí. Ahora que el hermano menor ya es parte del club, los consejos que siguen van en otra línea. El hermano grande le enseñará las dinámicas internas del equipo. Las correcciones y los consejos se plantearán en otro tono, porque ahora se encuentran en una relación de igual a igual. Se defenderán mutuamente, hablarán bien el uno del otro ante el entrenador y se preocuparán de que estén contentos viviendo el rugby juntos en el club.
De la cancha a la Confirmación
En la Confirmación se encuentran exactamente estas mismas dinámicas. No se elige al padrino simplemente porque se llevan bien, ni por cumplir un deber social. Te eligen porque ven en ti a un buen cristiano que ha movido al otro a vivir de un modo más alto. Te están pidiendo que se complete lo que se vivía solo como un proyecto: que lo presentes a la plenitud de la vida cristiana para que ese joven pueda participar totalmente de los tesoros de la Iglesia.
Se espera que el padrino sepa guiar y corregir al ahijado con el mismo espíritu con el que el hermano rugbista lo hace con su hermano menor: porque le encanta su club y desea que su hermano sea el mejor. En nuestro paralelo, «hablar con el entrenador» es rezar por él ; es decir, hablarle a Dios sobre tu ahijado para pedirle que le preste atención y lo ayude a ser mejor. También lo llevará a participar de la vida de la Iglesia —tal vez con una obra de misericordia o una romería—, pero siempre con el espíritu de quien invita a una alegría que él mismo está gozando. Así como el hermano lleva orgullosamente al otro a su club de rugby, el padrino debe conducir orgullosamente a su ahijado a la plenitud de la Iglesia.
Una oportunidad para renovar la propia fe
Por todo esto, ser padrino trae consigo una nueva reflexión sobre la propia vocación cristiana que implica madurez. Se trata de una nueva oportunidad para recomenzar con tu propia vida cristiana.
Ese orgullo de ser elegido debe llegar a su plenitud con un rol bien llevado. Esto consiste, sencillamente, en querer ser santo, aprovechar los dones que ya tienes —y que tu ahijado va a recibir—, querer profundamente al ahijado (pero quererlo santo) y no dejar nunca de rezar por él.





