Dossier

¿Cómo es ser esposa de un diácono permanente?

Entrevistamos a Isabel Doménech, esposa de un diácono permanente. Con gran sinceridad y sentido del humor, confiesa cómo pasó de sentir celos por el tiempo que su marido dedicaba a la Iglesia, al entender que su servicio a los enfermos es un carisma que no se puede explicar solo con palabras.

Javier García Herrería·18 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

En algunas pocas parroquias españolas, los fieles se han acostumbrado a ver junto al sacerdote a una figura que, sin ser presbítero, participa activamente en la vida litúrgica y pastoral: el diácono permanente. Menos visible, sin embargo, es la vida que hay detrás de esa vocación cuando el diácono es un hombre casado. Porque junto a él hay una esposa, una familia, una historia compartida.

Isabel lo sabe bien. Su marido, Enrique Ten, es diácono permanente de la diócesis de Valencia desde hace catorce años. Ambos llevan más de medio siglo caminando en la Iglesia, dentro del Camino Neocatecumenal. Él tiene hoy 77 años. Y aunque la palabra “diaconado” puede sonar solemne o institucional, en su casa se vive con una mezcla muy humana de servicio, humor y una gran convicción en la importancia de su misión.

Isabel lo cuenta sin solemnidad y con una franqueza que desarma. “Mi marido ha estado siempre metidísimo en la Iglesia, ayudando en lo que le mandaban los sacerdotes y siempre muy ocupado en esto”, recuerda.

Una vocación que llegó casi por sorpresa

La idea del diaconado no surgió como un proyecto que se gestó a lo largo de muchos años. Nació de forma inesperada, durante una peregrinación a Loreto en los años 80. Allí Enrique sintió que la Virgen le llamaba a acrecentar su espíritu de servicio. Sin embargo, como el ministerio del diaconado permanente no estaba todavía instituido en la diócesis de Valencia, no supo cómo concretar esa intuición de Loreto. Además, la complejidad de su vida familiar aumentaba, crecía el número de hijos, y el pequeño, Pepe, nació con una pequeña discapacidad. En ese momento, “Enrique pensó que la Virgen le llamaba a volcarse con ese hijo necesitado, su verdadero diaconado, porque al nacer Pepe vimos las necesidades que suponía un chico con deficiencia y con necesidad de atención especial”, explica Isabel.

Sin embargo, unos años después, “un amigo suyo escolapio asistió a la primera ordenación de diáconos permanentes en Valencia y pensó inmediatamente: ‘esto sería muy bueno para Enrique, le pega todo’”, cuenta Isabel. Enrique se había olvidado del tema, pero aquella sugerencia sembró una inquietud que fue madurando lentamente. Durante un tiempo, la vocación quedó en pausa. Pero la vida siguió su curso, los hijos crecieron y la idea volvió a aparecer. Comenzó entonces un largo proceso de discernimiento y formación.

Un camino largo… y observado con espíritu crítico

Para Isabel, aquel proceso fue largo. Muy largo. “Yo decía: con tanta formación durante tantos años para mí que en la diócesis los están entreteniendo y ya está”, recuerda entre risas. Mientras Enrique acudía a sesiones de preparación y realizaba estudios de teología —que cursó con una seriedad que sorprendía a su propia esposa— ella observaba el proceso desde fuera, con su habitual sentido crítico.

“Me hacía gracia porque cuando estaba estudiando teología se ponía nervioso con los exámenes, como si fuera un chaval de la facultad”, cuenta. Algo especialmente paradójico, ya que tanto él como su mujer se habían dedicado toda la vida a dar clases en secundaria. 

Isabel explica que siempre ha sido muy franca y crítica a la hora de expresar sus opiniones. De hecho, su visión del clero nunca ha sido especialmente reverencial y, como ella misma dice: “Yo soy muy poco clerical y muy crítica”. Por eso, “soy la primera que pongo a Enrique en su sitio cada vez que hace una homilía que me ha parecido un rollo o muy larga”, afirma sin rodeos.

El consentimiento de la esposa

Cuando un hombre casado es ordenado diácono permanente, la Iglesia exige el consentimiento explícito de su esposa, pues es una decisión que afecta muy directamente al matrimonio y a toda la familia.

Isabel recuerda ese momento con naturalidad. Para ella no supuso un gran conflicto, en parte porque su marido ya vivía una intensa vida de servicio en la Iglesia desde hacía muchos años. “Yo lo viví bien porque en realidad él ya dedicaba mucho tiempo a ayudar en la parroquia y la comunidad”, explica.

La ordenación, sin embargo, sí introdujo un cambio: el servicio pastoral se volvió más visible y más organizado. Y ahí apareció un sentimiento inesperado. “Sentí celos del servicio y el tiempo que Enrique dedicaba a la Iglesia”, confiesa con naturalidad. “Había domingos que él tenía que ir a ayudar a Misa y yo pensaba: bueno, ¿y a mí cuándo me dedica tiempo?”, recuerda.

Con el tiempo, sin embargo, su perspectiva cambió. Entendió que el diaconado no era simplemente una actividad más, sino un don. “Yo no había entendido nada de lo que era el diaconado, de lo que suponía la misión. Para mí es un carisma”, reflexiona hoy.

El servicio silencioso

Ese carisma se hace visible especialmente en una de las tareas que Enrique realiza con mayor fidelidad: la visita a enfermos y ancianos. Todos los martes tiene una ruta fija. Después de acudir a Misa, comienza su ronda de visitas.

Isabel ha acompañado alguna vez esas visitas cuando el enfermo es conocido del matrimonio, por lo que ha comprobado muchas veces el don que tiene su marido para tratar enfermos: “Hay personas con un deterioro cognitivo extraordinario y Enrique puede estar media hora con alguien que no sabía si le entiende o no”, cuenta.

Aquello la sorprende profundamente. “A vece le he dicho, ¿cómo puedes estar media hora con esta persona que no sabes si te entiende?”. Pero para Enrique, explica, no se trata de conversación ni de eficacia. Es simplemente presencia. “Ahí percibes que el Señor les da una gracia particular, porque eso humanamente no se puede hacer”, reconoce Isabel.

La agenda semanal de Enrique está lejos de la jubilación tranquila que muchos imaginan a los 77 años. Cada día acude Misa en una iglesia cercana. Allí, aunque no esté oficialmente participando como diácono, ayuda en lo que haga falta: leyendo o distribuyendo la comunión.

“Él siempre es soldado de segunda fila”, dice su esposa. Ese estilo discreto es una de las características que más aprecia de él. Enrique insiste en que el diácono debe estar siempre detrás del sacerdote, nunca buscando protagonismo. “Siempre dice que su sitio es segunda fila, incluso cuando está en el altar”.

Además de las visitas a enfermos, Enrique preside celebraciones de la Palabra en dos comunidades jóvenes del Camino Neocatecumenal, prepara catequesis, participa en reuniones de catequistas y ayuda en su parroquia de Valencia, San Isidoro, Obispo.

Para sus hijos, el diaconado de su padre forma parte de la vida cotidiana. “Lo llevan bien”, dice Isabel. De vez en cuando, eso sí, le piden que controle la duración de sus homilías. “Abuelo, no lo hagas muy largo”, le dicen las nietas cuando celebra el bautizo de algún familiar.

La familia entera está muy vinculada a la vida de la Iglesia, algo que Isabel considera un regalo. “El tener a los hijos en la Iglesia es una gracia, es un don”, afirma.

Una esposa “poco clerical”

Isabel no se parece al estereotipo que algunos imaginan para la esposa de un diácono. Ella misma lo reconoce. “Yo no soy una esposa típica de diácono permanente”. No acompaña siempre a su marido en actos parroquiales ni se siente obligada a asumir un papel religioso público. “He visto mujeres de diáconos que iban con ellos a todo, cantaban y participaban en todo… a mí para eso no me pillan”, dice con humor.

El diaconado también trae escenas cotidianas llenas de humanidad. En casa de Isabel se lavan y planchan las albas litúrgicas. “El alba más blanca que he visto en el altar era la tuya”, le dice a veces a su marido. Después de tantos años, Isabel resume la vida de su marido con sencillez: “Su centro son la familia, la comunidad y la parroquia. Es que ya no hay más”. En esa frase cabe toda una existencia dedicada al servicio. Un servicio que no siempre se ve, pero que sostiene silenciosamente la vida de muchas comunidades cristianas.

Y junto a ese servicio, la presencia de una esposa que observa, se ríe, acompaña y sostiene desde un lugar discreto pero fundamental. Una vocación compartida, aunque vivida de maneras muy distintas. Porque detrás de cada diácono permanente, muchas veces, hay también una historia de matrimonio, paciencia y sentido del humor.

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