Educación

¿Cómo acompañar espiritualmente a una persona que sufre? Navarra trata de enseñarlo

José María Pardo, director del nuevo Programa de formación permanente en acompañamiento humano y espiritual en situaciones complejas de la Universidad de Navarra, explica por qué acompañar a quien sufre requiere una formación integral.

Teresa Aguado Peña·7 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
José María Pardo

En un mundo lleno de situaciones de sufrimiento, soledad y vulnerabilidad, el acompañamiento humano y espiritual adquiere una importancia creciente. Sin embargo, acompañar bien exige mucho más que buena disposición: requiere formación, capacidad de escucha y una comprensión integral de la persona.

Con esta convicción nace el Programa de formación permanente en acompañamiento humano y espiritual en situaciones complejas, impulsado por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra junto con el Instituto Core Curriculum. Dirigido por José María Pardo, este nuevo título propio busca ofrecer herramientas para quienes, desde el ámbito sanitario, educativo, social o pastoral, desean acompañar a personas que atraviesan momentos de especial dificultad.

José María Pardo explica las razones que han motivado la creación de este programa, los desafíos que plantea hoy el acompañamiento y la necesidad de formar a quienes quieren estar al lado de quienes sufren con competencia, sensibilidad y esperanza.

¿Qué necesidad concreta detectaron en la sociedad que ha impulsado la creación de este programa de acompañamiento?

Vivimos en un momento histórico en el que el sufrimiento humano se presenta con una complejidad creciente. La enfermedad, los problemas de salud mental, las adicciones, las crisis familiares, la soledad o el final de la vida plantean situaciones que interpelan profundamente a quienes tienen la misión de acompañar a otras personas.

La Iglesia siempre ha considerado el acompañamiento una dimensión esencial de su acción pastoral. Sin embargo, las circunstancias actuales ponen de manifiesto la conveniencia de una formación cada vez más sólida e interdisciplinar. Muchas situaciones requieren integrar la riqueza de la antropología cristiana con las aportaciones de la Psicología, la Psiquiatría y otras ciencias humanas.

Este Programa nace precisamente de esa convicción. Queremos contribuir a formar personas capaces de ofrecer un acompañamiento integral, que atienda todas las dimensiones de la persona y que sepa conjugar la profundidad de la fe con un conocimiento serio de la realidad humana.

¿Qué significa acompañar bien a una persona en crisis? ¿Cuáles serían las claves del acompañamiento?

Acompañar bien significa acercarse al misterio de cada persona con respeto, escucha y prudencia. Antes que ofrecer respuestas, el acompañante debe aprender a comprender quién tiene delante, cuál es su historia y qué está viviendo.

El verdadero acompañamiento comienza con una escucha atenta y continúa con un discernimiento que tenga en cuenta todas las dimensiones de la persona: la espiritual, la psicológica, la afectiva, la familiar, la social e incluso la biológica. Solo desde esa mirada integral es posible ofrecer una ayuda adecuada.

Por eso nuestro Programa articula la formación en torno a tres grandes ámbitos: los fundamentos antropológicos y teológicos, las aportaciones de la Psicología y la Psiquiatría, y el estudio de algunas situaciones especialmente complejas, como la resolución de conflictos, las adicciones o el acompañamiento al final de la vida.

En definitiva, acompañar consiste en ayudar a la persona a recorrer su propio camino, respetando siempre su libertad y su dignidad.

¿Qué errores habituales se cometen, incluso con buena intención, al acompañar a personas en situaciones de fragilidad?

El primero es pensar que todas las situaciones pueden resolverse del mismo modo. Cada persona posee una historia irrepetible y necesita ser comprendida en su singularidad.

También puede suceder que reduzcamos el sufrimiento a una única dimensión, cuando, en realidad, suelen entrelazarse aspectos espirituales, psicológicos, familiares, sociales e incluso médicos. La realidad humana raramente admite explicaciones simplistas.

Por último, un buen acompañante sabe reconocer los límites de su propia competencia. Hay situaciones en las que el mejor modo de ayudar consiste precisamente en trabajar junto a otros profesionales o derivar a la persona a quien puede ofrecer una atención más especializada. Lejos de ser una limitación, esta actitud forma parte de un acompañamiento verdaderamente responsable.

¿Qué aporta específicamente la teología en el acompañamiento de situaciones como la enfermedad, el duelo o las adicciones?

La primera aportación de la tradición cristiana es su comprensión de la persona humana. La antropología cristiana contempla al ser humano como una unidad de cuerpo y espíritu, de inteligencia, afectividad y libertad, llamado además a la comunión con Dios y con los demás. Esa visión unitaria constituye un fundamento sólido para cualquier tarea de acompañamiento.

La fe ilumina también cuestiones decisivas como el sentido del sufrimiento, la esperanza, el perdón o la posibilidad permanente de recomenzar. Son dimensiones profundamente humanas que ayudan a afrontar muchas situaciones de dolor.

Ahora bien, precisamente porque la persona constituye una unidad, la Teología no camina al margen de las ciencias humanas. Al contrario, dialoga con ellas. La Psicología, la Psiquiatría, la Medicina o la Sociología aportan conocimientos imprescindibles para comprender mejor la complejidad de la experiencia humana. No se trata de yuxtaponer saberes, sino de integrarlos al servicio de la persona concreta.

¿Qué competencias concretas espera que adquieran los alumnos al finalizar el programa?

Nuestro propósito no es formar especialistas en Psicología o Psiquiatría, ni tampoco ofrecer únicamente una profundización teológica.

Lo que pretendemos es proporcionar una visión integral de la persona y unas herramientas que permitan comprender mejor las situaciones humanas complejas. Aspiramos a que los alumnos aprendan a escuchar con profundidad, a realizar un primer discernimiento de cada situación, a acompañar con prudencia y a reconocer cuándo resulta conveniente colaborar con otros profesionales.

En definitiva, queremos formar personas capaces de cuidar mejor de quienes atraviesan momentos de especial vulnerabilidad.

En su opinión, ¿qué diferencia a alguien «bienintencionado» de alguien realmente formado para acompañar?

La buena voluntad es indispensable, pero necesita estar iluminada por el conocimiento y la prudencia.

La formación proporciona criterio. Enseña a escuchar antes de hablar, a evitar respuestas precipitadas, a comprender la complejidad de determinadas situaciones y a discernir cuál es la ayuda más adecuada en cada caso.

En este sentido, la formación no sustituye las cualidades humanas; las perfecciona. Cuanto mejor comprendemos a la persona, mejor podemos servirla.

¿Estamos todos hechos para acompañar?

Todos estamos llamados, de un modo u otro, a hacernos prójimos de quienes sufren. El cuidado de los demás forma parte de la vocación humana y, para el cristiano, constituye una expresión privilegiada de la caridad.

Sin embargo, acompañar bien también se aprende. Como cualquier tarea de responsabilidad, requiere formación, experiencia y un continuo ejercicio de discernimiento. El Evangelio nos ofrece una imagen particularmente elocuente en la parábola del buen samaritano. No solo porque sabe detenerse ante quien sufre, sino porque cuida de él con competencia y, cuando es necesario, lo pone en manos de quien puede continuar esa atención. También el acompañamiento exige humildad para reconocer los propios límites y trabajar con otros en beneficio de la persona.

Este Programa quiere ser un primer paso en ese camino. No pretende agotar una realidad tan amplia, sino ofrecer una base sólida desde la que seguir creciendo. Nuestro deseo es contribuir a formar una comunidad de personas comprometidas con un acompañamiento cada vez más humano, más competente y más profundamente cristiano.

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