FirmasEloy Asenjo Carpintero

El coraje de discernir

León XIV anima a los jóvenes a no tener miedo a la vocación y a buscar en el silencio la voz de Dios frente al ruido del mundo.

13 de septiembre de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
discernir

©OSV News/Mohammed Salem, Reuters

Evocando el histórico e imperecedero «¡No tengáis miedo!» con el que San Juan Pablo II inauguró su pontificado, el Papa León XIV ha dejado una huella profunda en su reciente paso por Madrid. Aquellas palabras que invitaban a abrir de par en par las puertas a Cristo parecieron cobrar una nueva y vibrante vida en la Plaza de Lima, resumiendo a la perfección el espíritu de una Vigilia de Oración que desafió las corrientes de la sociedad actual.

Desde el primer instante, el mensaje del Pontífice fue directo, desprovisto de titubeos o medias tintas. Dirigiéndose a la impresionante marea de más de 500.000 jóvenes que inundaba la Castellana, León XIV puso el foco en la urgencia del compromiso personal. «No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación», lanzó con firmeza al responder a la interpelación de la joven Marina. Una proclama de valentía que complementó de inmediato al contestar a Fernando, recordando a todo el auditorio que el matrimonio y la construcción de una familia constituyen, en sí mismos, una vocación de la que tampoco se debe tener temor.

Para guiar este exigente proceso de discernimiento, el Papa compartió sus propios referentes, tejiendo un puente entre la modernidad y la Tradición viva de la Iglesia a través de santos que, a pesar de los siglos, siguen interpelando al hombre de hoy. Así, recordó cómo la figura de San Agustín, en el siglo V, y su honestidad existencial le llevaron en su juventud a preguntarse: «Si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no?». Junto al santo de Hipona, rescató la audacia de San Juan Crisóstomo, gigante del siglo IV cuya elocuencia nacía de la coherencia absoluta entre lo que predicaba y lo que vivía; un pastor que no temió alzar la voz ante el mismísimo Emperador en defensa de la justicia.

La mirada del Pontífice también se detuvo en raíces hispanas con perfiles de una impresionante caridad y entrega social. Mencionó a Santo Tomás de Villanueva, el agustino reformador del siglo XVI conocido como «el Obispo de los pobres», que exhortaba con fuerza a sus hermanos en el clero «a la perseverancia en la oración, en la vida de castidad y en la obediencia». En esa misma línea situó a Santo Toribio de Mogrovejo, el misionero que también en el siglo XVI combatió con celo los abusos y la corrupción de su época en suelo peruano. Figuras, todas ellas, que demuestran que la santidad no es un concepto abstracto de vitrina, sino un modelo atractivo y contracorriente. Son ejemplos, como los de mucha gente buena que vive hoy en día, que nos invitan a mirar más allá de las portadas de los informativos y descubrir lo que el Papa Francisco denomina «los santos de la puerta de al lado».

Sin embargo, la gran pregunta que sobrevoló la Castellana fue cómo sintonizar la frecuencia de Dios en un mundo saturado de estímulos e hiperconectado. La respuesta de León XIV ante la honda inquietud planteada por el joven Manu fue nítida: el silencio interior. El Santo Padre advirtió sobre el «estruendo de mil voces» y los engaños de las redes sociales que trafican con mentiras e ideologías pasajeras, contraponiéndolos a una búsqueda sincera de la verdad. En sus propias palabras, es en la experiencia del silencio donde decidimos qué ruidos ignorar y donde la verdad permanece inalterable.

Ese silencio teórico se volvió asombrosamente tangible y corpóreo cuando la inmensa multitud, en su gran mayoría, se arrodilló para adorar a Jesús en la Custodia. En una escena casi impensable para el pulso habitual de una gran capital, la Plaza de Lima se transformó en una nueva Betania. En medio de la muchedumbre, se generó un espacio de intimidad absoluta —como el que compartían Marta, María y Lázaro con el Maestro— idóneo para volcar preocupaciones, sufrimientos y proyectos. Una vivencia íntima y profunda que, lejos de ser un oasis aislado, se repite una y mil veces en tantas y tantas parroquias en las cuales la Adoración Eucarística forma parte esencial de su pastoral.

Es precisamente en ese reducto de paz donde adquiere sentido la pregunta más seria y valiente que un joven puede formular: «Señor, ¿Tú qué quieres de mí?». Dios, al igual que las madres y los padres con sus hijos, tiene pensada una historia preciosa para cada uno de nosotros. Al final, la llamada del Papa es una invitación al coraje existencial, el mismo que recordaba un sacerdote al explicar la capilla del Santísimo y el Cristo que forma su retablo a unos jóvenes dubitativos. Una lección que, a mi entender, es de gran calado tanto para todo el que estuvo en la Castellana como para quienes lo siguieron a través de los medios de comunicación, y cuya recomendación final sigue resonando con fuerza en mi memoria:

«¡Atrévete! Entra ahí, mírale, y dile que no le quieres».

El autorEloy Asenjo Carpintero

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