El documento es una reflexión conjunta de los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso, que repasa, en 60 puntos y 95 notas, aspectos clave y retos esenciales del diálogo interreligioso, cara a los próximos años. La Nota, de unos 20 folios, fue aprobada por León XIV el 22 de junio pasado.
El texto aborda “los frutos visibles y silenciosos”, de la declaración Nostra Aetate, firmada por san Pablo VI el 28 de octubre de 1965, las resistencias y malentendidos que persisten, la pedagogía del diálogo en el que hay que profundizar, y las perspectivas y orientaciones para el futuro del diálogo interreligioso.
En su conclusión, de los números 57 a 60, se afirma que la Iglesia católica contempla el camino recorrido con profunda gratitud, “porque ha transformado radicalmente el rostro de las relaciones interreligiosas”, y se subraya que “el mensaje de ‘Nostra aetate’ sigue siendo de gran actualidad”.
“Para que las religiones transformen el mundo, educación renovada en el diálogo”
Sin embargo, la fraternidad entre creyentes de diferentes tradiciones religiosas no es un simple ideal, sino una exigencia moral, espiritual y social, señala el texto.
Y “ante los retos actuales —extremismos religiosos, migraciones globales, secularización, crisis ecológicas y sociales—, las religiones están llamadas a transformar el mundo y la sociedad para que se conviertan en expresiones fraternas de la voluntad de Dios”.
“Esta tarea pasa necesariamente por una educación renovada en el diálogo, especialmente entre las generaciones más jóvenes, para superar los miedos y los prejuicios y arraigar una verdadera cultura del encuentro”.
Rechazo del antisemitismo
El diálogo judeocristiano no puede considerarse una práctica secundaria para los cristianos, señala el documento, y la “solidaridad con el pueblo judío incluye también la lucha común contra el antisemitismo”. La Nota dedica numerosos puntos (nn. 10 y ss,) a explicar las relaciones con el pueblo judío, y cita a los úlltimos Papas, entre ellos a Benedicto XVI, Francisco, y el Papa León XIV.

Se recogen com amplitud, por ejemplo, fragmentos de una Audiencia general de 2009 en la que Benedicto XVI dijo:“A la vez que renuevo con afecto la expresión de mi plena e indiscutible solidaridad con nuestros hermanos destinatarios de la Primera Alianza, espero que la memoria del Holocausto impulse a la humanidad a reflexionar sobre el imprevisible poder del mal cuando conquista el corazón del hombre. Que el Holocausto sea, para todos, una advertencia contra el olvido, la negación o el reduccionismo, porque la violencia hecha contra un solo ser humano es violencia contra todos”.
Creciente conciencia crítica ante la islamofobia
Entre otros frutos, el documento destaca “la creciente conciencia crítica ante las manifestaciones de islamofobia, que no distinguen adecuadamente los casos de fundamentalismo y violencia de la convivencia pacífica de los otros creyentes musulmanes que se integran y trabajan en los países que los acogen”.
“Debemos dar las gracias a las comunidades cristianas que han crecido en un espíritu de acogida y también de mejor conocimiento y estima hacia los creyentes musulmanes”, se señala.

El desafío permanente del diálogo
‘Nostra aetate’ sigue inspirando las decisiones pastorales y teológicas de la Iglesia y alimentando ese diálogo con las diversas tradiciones religiosas. Pero los firmantes de la Nota (prefectos cardenales Víctor Manuel Fernández, Kurt Koch y George Koovakad, y secretarios monseñores Armando Matteo, Flavio Pace e Indunil Janakaratne Kodithuwakku Kankanamalage), aseguran en el punto 3 de la Introducción que ese diálogo constituye también “un desafío permanente”.
Y se preguntan: “¿cómo conjugar la fidelidad a la identidad cristiana y la apertura sincera a la alteridad? ¿Cómo vivir concretamente la llamada a una fraternidad universal en sociedades marcadas por una creciente diversidad cultural y religiosa, por la guerra y la violencia, y caracterizadas por un impulso cada vez mayor hacia la secularización?”.
En este documento responden esencialmente a estas cuestiones, esbozando perspectivas de futuro.
“No se trata de fundar una gran religión mundial”
Antes de proseguir de manera casi cronológica, conviene adelantarse a los números 52 y 53, donde la Nota afirma nítidamente, para evitar suspicacias, que “no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias”.
“Esta intención sigue siendo el núcleo del diálogo interreligioso, tal y como ya lo era en la Declaración Nostra aetate, y en los esfuerzos en este sentido que han caracterizado las décadas posteriores a su promulgación”, añade.
“Dialogar no consiste solo en exponer las propias doctrinas o en comparar las propias visiones del mundo; hoy, frente a quienes fomentan divisiones y preparan conflictos, los creyentes de las distintas tradiciones y, en primer lugar sus líderes, conscientes de sus diferencias irreconciliables, están llamados a buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica”.
Por qué renovar las formas de diálogo
Unas líneas antes, el texto había señalado las causas que “obligan a renovar las formas de diálogo en un mundo en rápida transformación”.
Se habla aquí (n. 52), de “las tensiones identitarias, el aislamiento de las comunidades, las ideologías fundamentalistas, los conflictos con connotaciones religiosas, la manipulación política del hecho religioso, pero también la creciente indiferencia en muchos países hacia cualquier forma de espiritualidad”.
Por consiguiente, “el futuro del diálogo interreligioso exige hoy una reflexión renovada y compromisos especialmente claros”, señala el documento.

Transformar mentalidades y evitar malentendidos
Para alcanzar ese objetivo de que las diversas tradiciones, y en primer lugar sus líderes, como se ha visto, puedan “buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica”, el texto considera “necesario llevar a cabo una verdadera transformación de las mentalidades: abandonar las lógicas de defensa, hostilidad o conquista, para adoptar una actitud abierta, benévola y valiente”.
A pesar de los progresos, las dificultades del diálogo permanecen, prosigue la Nota. “En algunos ambientes se sigue dudando de su conveniencia, temiendo un relativismo doctrinal o a una dilución de la identidad religiosa. (…) Algunos aún se preguntan si se trata de un problema pastoral, de un acto de caridad, de un intercambio teológico o de la necesidad de un compromiso político por el bien común” (n. 44).
“Fuera de los límites eclesiales, los malentendidos no son menores (n. 45). En algunas regiones, las relaciones entre creyentes de diferentes religiones son históricamente conflictivas, y el recuerdo de antiguas heridas dificulta la confianza mutua, a pesar de la exhortación de la Declaración Nostra aetate «a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua» en particular entre cristianos y musulmanes.
El camino sigue siendo exigente: requiere humildad, valentía y discernimiento, señala el texto (n. 45), y no es menos importante poner de relieve las persecuciones que sufren los cristianos en diversas partes del mundo a manos de grupos religiosos extremistas, se añade.

Conclusiones: 4 puntos
Aunque algunas conclusiones de la Nota de los tres Dicasterios se han adelantado ya, conviene sintetizar alguna de ellas.
1. “Es el momento de promover una nueva ética del diálogo: una cultura de la complejidad, de la flexibilidad y de la amistad. Ya no se trata de temer o de mantener a distancia al “otro creyente”, a la otra civilización, a la otra forma de pensar, sino de atreverse al encuentro”.
“Las civilizaciones y las religiones pueden, sin duda, entrar en tensión, pero también pueden entrar en resonancia, en una dinámica creativa, sabiendo transformar la diversidad en solidaridad. La alteridad ya no debe vivirse como un obstáculo, sino como un reto que afrontar” (n. 55).
2. Un modelo de diálogo más rico y articulado no solo es, por tanto, deseable para el futuro, sino que ya se encuentra en germen, tanto en el seno de la Iglesia como en sus relaciones con otras tradiciones religiosas. (…). Es en esta interacción donde se construye un futuro común, en el que la paz y la amistad ya no son utopías, sino frutos maduros del encuentro” (n. 56).
3. La Iglesia invita a todos a convertirse en “constructores de puentes, no de muros”, artesanos de la paz y de la fraternidad, capaces de acoger al otro en su diferencia, de reconocer sus riquezas espirituales y de colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más humana”.
El texto cita aquí al Papa León XIV: “El testimonio de nuestra fraternidad, que espero podamos mostrar con gestos eficaces, contribuirá sin duda a edificar un mundo más pacífico, tal y como desean en lo más profundo de su corazón todos los hombres y mujeres de buena voluntad”.
4. “Es necesario avanzar con determinación en esta dirección, sostenidos por la gracia de Dios y por el tesoro espiritual de las tradiciones religiosas. ‘Nostra aetate’, hace sesenta años, “trajo esperanza al mundo que salía de la Segunda Guerra Mundial. Hoy estamos llamados a refundar esa esperanza en nuestro mundo devastado por la guerra y en nuestro entorno natural degradado”.





