Aunque en muchos aspectos se sitúen en coordenadas distintas, la lectura de la poesía de Indran Amirthanayagam conduce, casi de manera natural, a evocar a Rubén Darío como una de las figuras que inauguraron el espíritu cosmopolita en la tradición hispánica. Desde luego, no se trata de una herencia directa, sino de una mera resonancia que permite situar la obra de este autor en un cruce cultural permanente y en una clara apertura a múltiples tradiciones poéticas, asimiladas y reelaboradas desde su propia voz.
En Amirthanayagam, la experiencia de su condición itinerante -geográfica, lingüística y cultural- constituye mucho más que un dato biográfico: forma parte de su identidad y de su manera de pensar, de mirar y de escribir el mundo desde lenguas diversas como las que él habla: inglés, francés, portugués y criollo haitiano. Así, el hecho de su errancia no aparece como una limitación sino como un modo de pertenecer a un espacio más amplio y diverso que el delimitado por un territorio geográfico concreto.
Ese universo vital centra, sin lugar a dudas, sus versos. La tensión que los recorre da cuenta de ello: una sintaxis a veces quebrada, unos signos de puntuación cargados de emoción y cierres abruptos en muchos poemas, recursos capaces de captar las fracturas, contradicciones y fragilidades del mundo globalizado en el que se mueve. Con todo, su poesía no se limita a esa dimensión. También late con el ritmo de la vida y con la variedad de voces que la generan.
La herencia del poeta Allen Ginsberg
Entre otras, sobresale principalmente la del poeta de la generación beat Allen Ginsberg, decisiva tanto en el plano formal como en el conceptual. De hecho, la centralidad del ritmo y de la oralidad establece un vínculo directo con su legado poético. De él hereda, en primer lugar, la confianza en el verso largo como unidad respiratoria antes que métrica: un verso que se expande siguiendo el flujo del pensamiento y del aliento, que se resiste a la clausura y que concibe la creación poética como una vivencia corporal. Así, el poema se convierte en registro de una experiencia vivida en tiempo real, donde cuerpo, voz y conciencia se articulan en un mismo gesto creativo.
Pero esta influencia no se limita a los aspectos formales de su escritura. Se extiende también a una dimensión ética y espiritual, que concibe la poesía como un ejercicio de atención profunda hacia el mundo y de apertura de la conciencia. Al igual que Ginsberg, Amirthanayagam busca descubrir lo sagrado en lo cotidiano y lo revelador en aquello que suele permanecer al margen, transformando su circunstancia personal en una voz con capacidad de resonancia colectiva. De este modo, el yo poético deja de ser un ámbito cerrado y se transforma en un espacio de encuentro entre lo íntimo y lo histórico, entre la subjetividad y la comunidad.
Cosmopolitismo y música
Desde esta perspectiva se comprende mejor su cosmopolitismo, que no responde a una suma de influencias, sino que se revela como una manera de ser y estar en el mundo, de vincularse, como digo, con otras culturas y de concebir la actividad lírica como un espacio de comunión con la música, verdadero motor de su obra lírica. Su atención al ritmo, a la cadencia, a la respiración y al sonido remite tanto a la tradición oral como al blues o a cantautores como Bob Dylan o Leonard Cohen. La palabra -según ha referido en alguna ocasión- no sólo comunica significados:vibra, se percibe y se experimenta, alcanzando su máxima intensidad en la lectura en voz alta, algo muy frecuente en muchos poetas de todos los tiempos pero que en él es asunto prioritario.
Sin excusas: encarnación de su poética
Todo esto se manifiesta con fuerza en el poema Sin excusas que traemos a estas páginas. Se trata de un texto construido sobre el vaivén de lo que se deja atrás y lo que se abraza, entre la renuncia y el impulso vital En él se hallan rasgos esenciales de su escritura: ritmo intenso, repeticiones que funcionan como latidos del corazón, y un lenguaje que alterna idiomas, como el francés “désespoir”. Este cambio lingüístico no es ornamental, sino expresión de una identidad que se desplaza naturalmente entre idiomas, aportando matices distintos a la experiencia emocional que transmite.
Por otra parte, el protagonismo del presente resulta decisivo. La insistencia en el “ahora” y en el “contigo” sitúa la experiencia poética en el instante compartido. No hay nostalgia ni anticipación: lo importante es la presencia. Ese “contigo” no se limita a un destinatario amoroso; abre el poema a una dimensión comunitaria, donde el otro puede ser también el lector, la colectividad, la vida misma.
El cierre, con su llamada al viaje y al movimiento -“vamos”, “vámonos”, “lleguemos”- recupera la idea del tránsito como condición esencial. Viajar no es sólo desplazarse: es existir en constante transformación. Finalmente, la imagen del cerezo en flor aporta, además, una nota de renovación y esperanza. Incluso en un mundo marcado por la fragilidad, la vida conserva su capacidad de abrirse y de recomenzar.
Sin excusas no funciona únicamente como ejemplo de la poética de Amirthanayagam: la sintetiza, pues en él confluyen su visión cosmopolita, su relación orgánica con la música, su concepción del poema como experiencia corporal y su apuesta por una escritura que no se limita a describir la vida, sino que la acompaña y la celebra en el instante mismo en que sucede. Vale la pena acercarse a ella.



