Cultura

La Encarnación Gil de Siloé, Retablo de Miraflores

La escena de la Anunciación, en el retablo mayor de la Cartuja de Miraflores, combina arte, simbolismo y catequesis visual. Obra de Gil de Siloé y Diego de la Cruz, es una de las cumbres de la escultura policromada hispano-flamenca del siglo XV.

Eva Sierra y Antonio de la Torre·20 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

©Wikipedia

COMENTARIO ARTÍSTICO

Situada en el cuerpo inferior del retablo mayor de la iglesia de la Cartuja de Miraflores (Burgos) encontramos una de las escenas más representadas en el arte religioso: la Anunciación.

Las figuras se disponen en un espacio semicircular cerrado por la presencia de cuatro ángeles. En la parte superior derecha aparece una estrella de seis puntas, aludiendo a la luz que más tarde guiaría a los pastores y a los Reyes Magos. La Virgen María se representa en una estancia imaginaria, reclinada ante un libro abierto, símbolo de la meditación en las Escrituras. A sus pies, un jarrón con flores blancas alude a su pureza.

Aunque los evangelios no mencionan que María estuviera en oración en el momento de la Anunciación, la tradición cristiana y muchos autores espirituales han interpretado su actitud como recogimiento y apertura a la voluntad de Dios, coherente con la expresión “llena de gracia”. El ángel Gabriel, mensajero divino, se presenta acompañado por otros dos ángeles y comunica a María el misterio de la Encarnación. Tras el “fiat”, el “hágase en mí según tu palabra”, el Espíritu Santo desciende sobre la Virgen mientras del Padre salen rayos en los que viaja el Niño camino del oído de su Madre; una forma plástica y profundamente simbólica de representar la Encarnación del Verbo.

El retablo como Biblia visual 

Hay que recordar que este retablo fue realizado en el siglo XV, en una época en que gran parte de los fieles eran analfabetos. La Misa se celebraba en latín, lengua que muchos no entendían. El retablo, por tanto, cumplía una función catequética esencial: era la “Biblia de los pobres”, un medio visual para contemplar y comprender los misterios de la fe. La escena de la Anunciación, además, servía como recordatorio del inicio de la Redención, vinculando el nacimiento de Cristo con la entrega eucarística representada en la escena central.

Podemos apreciar la riqueza de las vestimentas de la Virgen y de los ángeles, así como la profusión en el uso del oro. Este lenguaje pictórico buscaba acercar al fiel al ámbito celestial mediante los materiales más valiosos. La manera de representar los sucesos divinos era incluir los pigmentos y materiales más caros, como el uso del lapislázuli, importado de Afganistán,  para el color azul (normalmente el manto de Virgen aparece en este azul intenso) o el oro, como una evocación de la luz celestial. Las figuras aparecen con ropajes contemporáneos a la época de ejecución, recurso habitual para acercar las escenas sagradas al espectador de finales del medievo. Los fieles no solo contemplaban un episodio bíblico, sino también un modelo de virtud y devoción, presentado con el máximo realismo posible.

Una obra del gótico hispano-flamenco

El retablo es una monumental estructura de madera situada en el presbiterio, organizada en calles con escenas representando la historia de la salvación. La escena central exalta la Eucaristía a través de la figura de Cristo crucificado, rodeado de episodios de la Pasión, el Nacimiento y otros momentos clave, así como representaciones de santos, evangelistas y personajes relevantes.

La talla y el diseño de este original retablo corrieron a cargo del maestro Gil de Siloé y su taller. Una obra de semejante envergadura requirió la colaboración de numerosos artesanos bajo la supervisión del maestro, lo que explica las diferencias de estilo en la ejecución de algunas escenas. Una vez finalizada la talla, el pintor Diego de la Cruz se encargó de la policromía y el embellecimiento, aplicando técnicas complejas y costosas.

Entre ellas destacan el estofado, que consiste en aplicar pan de oro sobre la madera y cubrirlo con pintura al temple para luego raspar y dejar ver el oro formando dibujos que imitan brocados, bordados o telas ricas; y el pastillaje, que consiste en añadir relieves en pasta para simular aureolas, bordes de vestiduras, joyas, flores y otros adornos que luego se doraban y policromaban. Los artistas hispanos del gótico tardío fueron auténticos maestros en el dominio de estas técnicas, que conferían lujo y espiritualidad a las esculturas.

El retablo mayor de la Cartuja de Miraflores fue realizado entre 1496 y 1499 como encargo de los Reyes Católicos, impulsado especialmente por Isabel la Católica. Es considerado una de las cumbres de la escultura policromada hispano-flamenca y un ejemplo excepcional de la unión entre arte, teología y catequesis visual en la España del siglo XV.

COMENTARIO CATEQUÉTICO

En el centro del retablo de la Cartuja de Miraflores se sitúa también lo que constituye el centro de la fe cristiana: la Encarnación del Hijo de Dios en la humanidad de Jesús de Nazaret para entregarse por la redención y salvación de la humanidad. Este hecho admirable, decisión existente en la eternidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (las tres personas divinas que marcan el eje horizontal del retablo) es ejecutada en el tiempo de la Anunciación cuando el Verbo se encarna en el seno virginal de María para entregarse al plan salvador de Dios (la Cruz y la exaltación, situadas en el eje vertical). 

Desde los inicios, la Encarnación ha sido el eje central de la fe cristiana, el gran misterio de la piedad: Dios se ha hecho carne. De ahí que, para honrar adecuadamente este misterio, cuya compleja profundidad se expresa en la gran catequesis del retablo de Miraflores, la reina Isabel recurriera no sólo al mejor taller artístico sino a los mejores materiales, técnicas y pigmentos. En definitiva, la Encarnación es el misterio de fe que está en el mismo centro del Credo: “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen”.

La finalidad de la Encarnación

Comprender la finalidad de este decreto eterno de la Santísima Trinidad es, por tanto, comprender en su raíz el sentido y la finalidad de toda la revelación cristiana. La finalidad no es única, sino que podemos contemplarla en un desarrollo amplio de tres pasos, en los que vamos viendo la inmensa riqueza de este misterio central de la fe.

El primer paso que busca conseguir Dios es la salvación de la humanidad. Para dar la salvación, en primer lugar, realiza la liberación del pecado, reconciliando consigo a la humanidad. En segundo lugar, también para salvarnos, nos da a conocer la inmensidad del amor que nos tiene (1Jn 4, 9-14). Ambas cosas, reconciliación del pecado y testimonio del amor divino, es lo que resplandece en la Cruz, primera parada de esta obra salvadora y protagonista principal del retablo de Miraflores. 

El segundo paso es instruir a la humanidad, ya que Cristo resucitado se nos ofrece como camino y modelo de la humanidad perfecta y de la santidad. No en vano, el círculo central del retablo, que encierra los misterios divinos, está rodeado por los cuatro tondos de los doctores de la Iglesia, encargados de instruir a la Iglesia en la enseñanza del Verbo encarnado. De hecho, Cristo se presenta en los Evangelios como Maestro de quien aprender (Mt 11, 29), Camino que seguir (Jn 14, 6), Voz divina que se ha de escuchar (Mc 9, 7) y Modelo supremo de Amor (15, 12), que se expresa en la entrega de sí mismo.

El tercer paso es conducir a la humanidad, redimida del pecado e instruida por el Verbo, a compartir la naturaleza divina. La Encarnación es la vía de acceso abierta a la humanidad para compartir la naturaleza divina del Verbo (2 Pedro 1, 4). Todo ser humano que entra en comunión con el Hijo encarnado llega a ser hijo de Dios, recibiendo del Padre la adopción filial y entrando en la vía de la divinización por el don del Espíritu Santo. Todo el retablo es un resumen de lo que Dios ofrece a la humanidad a través de la Encarnación de su Hijo.

La fe en el Verbo Encarnado

En definitiva, la fe en la Encarnación acepta que el Hijo de Dios ha asumido una naturaleza humana para realizar por ella el plan determinado por la Trinidad para nuestra salvación. También acepta la verdadera realidad del Verbo Encarnado, sin reducirlo a una suma de partes (parte divina y humana) o una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El Verbo Encarnado es verdadero Dios y verdadero hombre, pero la dificultad de aceptar racionalmente esta fe dio lugar desde el principio a numerosas herejías, que alteraban la fe en el Verbo Encarnado.

Desviaciones como el docetismo (la humanidad de Cristo es sólo aparente), el arrianismo (la humanidad de Cristo es real pero unida a un dios creado, no al Hijo consustancial con el Padre), el nestorianismo (en Cristo hay una persona humana y otra divina) o el monofisismo (la naturaleza humana queda absorbida y virtualmente desaparecida en la divina). Frente a ellas la Iglesia va precisando la verdadera fe en el Verbo Encarnado, en una serie de formulaciones dogmáticas cuyo mejor ejemplo es la formulada en el Concilio de Calcedonia (siglo V): “se ha de reconocer un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”.

Por eso hay que afirmar que la humanidad de Cristo, Verbo Encarnado, no tiene otro sujeto que la persona divina del Hijo, que la ha asumido y hecho suya desde la Encarnación en el seno de María, como muestra la escena del retablo seleccionada con más detalle. Todo en la humanidad de Cristo ha de ser atribuido a su persona divina, también los sufrimientos y la muerte, no sólo los milagros y enseñanza con autoridad. Verdaderamente Dios, la persona del Hijo, ha muerto en la entrega del Verbo Encarnado en la Cruz. Esta es la sobrecogedora verdad profunda de la Encarnación, que impacta con fuerza al contemplar el conjunto del retablo.

El Verbo Encarnado, por otra parte, no sólo asume un cuerpo, sino también un alma y un corazón humano, una naturaleza humana íntegra. El alma de Cristo tiene realmente un conocimiento humano, que como tal admitía y necesitaba un desarrollo (Lc 2, 52), y a la vez, por estar unida al Verbo, conocía todo, también lo divino. Aquí entra el íntimo conocimiento que Jesucristo tiene de su Padre Dios (Mc 14, 36, Mt 11, 27), así como de sus designios salvadores. El alma de Cristo tiene también una verdadera voluntad humana, siempre cooperante con la voluntad del Padre, mostrando así la perfecta realización de la voluntad de un ser humano. El Hijo obedece en la eternidad el decreto del Padre encarnándose por el Espíritu Santo, mientras que el Verbo Encarnado obedece este decreto hasta la muerte en la Cruz.

El corazón humano de Jesucristo se muestra en el Pelícano Eucarístico que corona el retablo, rasgándose a sí mismo para alimentar con su propia sangre a sus crías. En el corazón de Cristo, durante su vida y su pasión, está presente un conocimiento y un amor hacia cada criatura humana. Por eso es el corazón también de la Encarnación, y el símbolo principal de aquel amor que da sentido y finalidad a la Encarnación, el amor con que el Redentor ama al Padre y a cada uno de los hombres.

Nombre de la obra: La anunciación
Autor: Gil de Siloé y Diego de la Cruz
Siglo: XV
Material: Talla escultórica en madera+ policromía y dorado
Ubicación: Cartuja de Miraflores, Burgos (España)
El autorEva Sierra y Antonio de la Torre

Historiadora del arte y doctor en Teología

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