El Papa León XIV se ha reunido este mediodía en la emblemática Plaza del Santísimo Cristo de La Laguna con organizaciones dedicadas a la integración de migrantes, en un encuentro que ha reunido a voluntarios, trabajadores sociales, representantes eclesiales y migrantes llegados de distintos puntos del mundo.
El acto, celebrado en el corazón de esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad, ha incluido las palabras de bienvenida del obispo de la diócesis, cuatro testimonios y un discurso pontificio antes de que el Papa se despidiera de los asistentes.
Caminar con los que caminan
Monseñor Eloy Alberto Santiago Santiago, obispo de San Cristóbal de La Laguna, ha dado la bienvenida al Papa subrayando que la misión de la Iglesia local va más allá de la acogida de urgencia. Ha destacado el trabajo de Cáritas diocesana, la Delegación diocesana de Migraciones y diversas organizaciones eclesiales en la enseñanza del español y la formación ocupacional, con el objetivo de que los migrantes no solo reciban ayuda, sino que también aporten a la sociedad. Ha recordado asimismo que numerosos fieles procedentes de Latinoamérica, Filipinas y otras regiones forman ya parte activa de la comunidad diocesana, convirtiéndose, en sus palabras, en «savia nueva para las comunidades que los acogen».
Los testimonios. «¿Qué haría nuestro Señor?»
Darwin Rivas, sacerdote venezolano afincado en la isla de El Hierro desde hace siete años, ha descrito su experiencia acompañando las llegadas de migrantes africanos a las costas de La Restinga. Párroco de cuatro comunidades, relató cómo en 2021 él y sus compañeros se preguntaron qué podían hacer ante el flujo creciente de llegadas, y cómo pusieron en marcha una red de acogida junto a vecinos, voluntarios, la Policía Nacional y el alcalde del municipio. Con franqueza, reconoció los momentos de agotamiento y tentación de alejarse: «Hubo días y noches en que quise quedarme en la comodidad de mi casa pero pensaba: ¿Qué haría nuestro Señor?» Esa pregunta, dijo, fue la brújula que le mantuvo en el camino.
La hermandad más allá de la sangre
Mbacke, joven senegalés que vive en la Fundación Canaria El Buen Samaritano desde hace año y medio, ha hablado en nombre de esa institución para agradecer a quienes no miraron hacia otro lado. Allí ha aprendido español, cocina, agricultura, albañilería, carpintería, informática y costura, entre otras disciplinas. Ha expresado el alivio de haber encontrado no solo un techo, sino personas que le dijeron «tú vales, tú puedes», y ha concluido su intervención con un poema que recitan en el grupo de teatro en el que participa:
La historia de un naufragio
Khalid Allad, marroquí de 24 años, ha ofrecido el relato más estremecedor de la mañana. Llegó a Canarias en 2020 tras dos intentos en patera. En el primero, murieron veinte personas. Al regresar a casa, su padre lo abrazó llorando: no había dormido porque había soñado que la embarcación volcaba. Le prohibió intentarlo de nuevo.
Un año después, Khalid volvió a salir, esta vez sin su conocimiento, y tras un segundo viaje igualmente penoso, llegó a Tenerife. Poco después, cuando estaba a punto de quedarse en la calle, encontró la Fundación Don Bosco, que se convirtió en su segunda familia: lengua, formación en cocina, monitoreado escolar, construcción. Un precontrato laboral le permitió obtener el permiso de residencia. Hoy trabaja con orgullo en el Colegio Salesiano. «Ahora cada mañana, cuando salgo de mi casa, voy a trabajar feliz», ha dicho.
De migrante a voluntaria de Cáritas
Thalia Johana Saldarriaga Diago, colombiana de 48 años residente en Tenerife desde hace tres, ha contado cómo llegó con ilusión pero pronto se encontró sin techo junto a su hermano. CEAR y Cáritas le devolvieron, según sus propias palabras, «la dignidad que la vida a veces nos quita». Gracias a la Fundación Don Bosco accedió a formación profesional y alcanzó la independencia económica. Pero su historia no termina ahí: hoy es voluntaria de Cáritas, convencida de que su experiencia puede servir de puente para quienes llegan en su misma situación.
El Papa: integrar es evitar el segundo naufragio
León XIV ha pronunciado el discurso más extenso y denso del encuentro, articulado en torno a una idea central: la integración no es una tarea administrativa ni un gesto de caridad unilateral, sino un camino recíproco que transforma a quienes participan en él.
El Papa ha comenzado evocando la imagen de La Laguna como «ciudad sin murallas», un dato histórico que ha convertido en símbolo: las barreras más difíciles de derribar, ha dicho, no siempre son de piedra. «A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia». Partiendo de ahí, ha desarrollado una reflexión sobre lo que significa verdaderamente integrar.
Integrar: ni borrar el pasado ni crear mundos paralelos
Para el Papa, integrar no significa exigir al que llega que abandone su historia y su memoria. Pero tampoco significa tolerar que cada comunidad viva encerrada en sí misma sin encuentro real. «Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro».
En ese camino, ha precisado, quienes llegan tienen una parte activa y necesaria: aprender la lengua, respetar las leyes, conocer las costumbres y ofrecer sus propios dones con gratitud. Y quien acoge tiene deberes hacia quien llega, pero también debe saber recibir. «La dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás».
La evangelización de los inmigrantes
El Papa ha animado a los inmigrantes que se dejen evangelizar por los que les acogen, «pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran».
Ha pedido también a los católicos que la integración no quede reducida a una tarea social. Las parroquias deben ofrecer, junto al pan, el techo y el trabajo, la posibilidad de conocer a Jesucristo, siempre desde el respeto y la libertad. «Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».
El naufragio silencioso
Una de las imágenes más poderosas del discurso ha sido la del «naufragio silencioso». León XIV ha reconocido que ninguna conciencia humana, y menos aún cristiana, puede permanecer indiferente ante las muertes en el mar, ante «esos cementerios del mar». Pero ha señalado que existe otro naufragio, menos visible y quizás más extendido: el que ocurre después de llegar.
«Quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad»: eso es también naufragar. Y la integración, ha dicho, es precisamente el antídoto contra ese segundo hundimiento. «Integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad».
Una palabra clara a los traficantes
El Papa ha reservado sus palabras más duras para quienes lucran con la desesperación ajena. Desde la plaza de La Laguna, ha interpelado directamente a «quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio»: «Deténganse. Conviértanse». Les ha recordado que las lágrimas y la sangre de los migrantes «claman a Dios» y que «el dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro». Les ha llamado a romper esas cadenas y a reparar el daño causado mientras aún haya tiempo, invocando la misericordia divina, que puede alcanzar incluso al más endurecido, pero «solo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión».
El Papa ha concluido encomendando el trabajo de todos los presentes a la Sagrada Familia de Nazaret, que también hubo de migrar a Egipto para proteger al Niño Jesús, y la ha propuesto como «modelo y amparo de toda familia refugiada, de todo migrante y de toda persona que se ve forzada a dejar su tierra por miedo, persecución o necesidad».
Tras el discurso, León XIV ha sido despedido con una canción peruana cantada por la comunidad local de personas de ese país.





