Si hace siglos el arte religioso era una de las expresiones predominantes, en la actualidad ha pasado a ser casi un reducto. Plantea interrogantes de cómo abordar temas sagrados desde una perspectiva moderna sin caer en excesos incomprensibles o, por el otro lado, desfasados. Matilde Olivera (Madrid, 1987) es una pintora y escultora que ha trabajado obras religiosas, así como un notable número de obras sin esta connotación. Es una artista que sabe lo que hace y que se preocupa por dar un sentido profundo a su arte.
Matilde Olivera dirigió hace unos días uno de los talleres en el Observatorio de lo Invisible, de Javier Viver. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, y con estudios filosófico-teológicos en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, Matilde completó su formación en academias de arte en Florencia.
Pueden contemplarse obras suyas en el Santuario de Fátima; en el Palacio Los Serrano, de Ávila; en la Fundación Banco Santander, de Madrid; así como en parroquias (especialmente la suya, San Juan Crisóstomo, de Madrid), colegios, museos y otras instituciones.
Los proyectos por encargo de arte sacro constituyen una parte importante de su trabajo. Y en su obra de carácter más personal busca no tanto reproducir exactamente lo que ve sino “captar la esencia que brilla a través de las formas, encontrar el verdadero carácter de cada motivo”, en palabras de Rodin. Para ello utiliza lenguajes tanto del mundo de la figuración como de la abstracción y se sirvo de la pintura y de la escultura.
Hace siglos la Iglesia era la que marcaba el estilo artístico en sus construcciones. ¿No se ha perdido en cierta manera esa modernidad y se ha optado por fórmulas clásicas o tan vanguardistas que se pierde el significado?
–Sí, creo que ha pasado un poco ambos extremos. Es como si la Iglesia hubiese perdido comba en este aspecto, y estuviese desubicada y sin saber qué hacer. Porque, por un lado, tiene el complejo de querer estar a la moda, querer abrazar a los artistas contemporáneos, abrazar lo que se hace en el momento.
¿Qué ocurre? Que mucho de lo que ha sido la deriva del arte contemporáneo se aleja, en principios filosóficos, del mensaje evangélico. Y para mi gusto se pegan de lleno. Un plátano pegado a la pared, por ejemplo, no puede ser nunca un medio… Nunca, hasta donde llega mi entendimiento. Hay ciertos lenguajes y ciertas formas artísticas que chocan en concepto y en esencia con el Evangelio y con una concepción antropológica cristiana. Y también de lo que es el arte.
Y entonces…
–Hay muchos que piensan que, efectivamente, eso no les cuadra para hacer arte sacro, y tiran por lo conocido y hacen remakes, revisitaciones manidas de estilos pasados. No tiene sentido hacer tallas del siglo XVIII o imitaciones del siglo XVIII en pleno siglo XXI. Entonces, es como que lo moderno se ha atragantado. El único que supo salir del desatragantamiento, al menos en la arquitectura, fue Gaudí, que es un ejemplo muy paradigmático.
También hay casos muy singulares que se salvan en las artes plásticas en general, en pintura, en escultura. Gente que ha sabido continuar con la tradición y, sin embargo, ser hijo de su tiempo. Esa es mi aspiración.
No sé si lo consigo o no, pero ahí es por donde yo he ido intuyendo que hay que tirar. Que haya espacio para ser hijo de tu tiempo, para hacer cosas que no sean imitación de estilos antiguos, pero al mismo tiempo manteniendo una tradición simbólica, iconográfica, de siglos, que transmita y que sea reconocible por todos.
No sé si es esencial, o ni siquiera si es necesario, que el artista que se encargue de obras sagradas sea creyente. ¿Qué piensa al respecto?
–No tengo una opinión muy cerrada.
Tenemos la experiencia de personas con una fe tremenda y con una buena intención estupenda que hacen verdaderos horrores que te quitan la fe. Ante eso, y una obra buena a nivel artístico, bien ejecutada, hecha por un ateo recalcitrante, me quedo con la segunda. Es evidente que ser creyente ayuda, porque lo que estás haciendo tienes que entenderlo y tienes que poner un poco el alma ahí dentro.
¿Es absolutamente necesario ser creyente? A lo mejor no, pero sí ponerte en el pellejo de una persona que es creyente. Es como un actor. Uno puede representar un asesino en serie sin serlo. Te metes en el papel y asumes algo que es en principio súper ajeno. Si el artista es capaz de asumir una fe que no tiene o de llegar a entenderla, me parece que sí que es posible y de hecho es más recomendable un buen artista.
Un artista que no tenga ego, que sea capaz de, en su ateísmo, abrazar la posibilidad de una fe que le es ajena. Lo prefiero a la persona bien intencionada de la parroquia que hace una cosa a la medida, cursi, kitsch.
Los recursos son casi siempre escasos, pero, ¿no cabría pensar que a veces en la Iglesia contemporánea se ha escatimado un poco en tema artístico?
–Creo que eso es un cambio de mentalidad muy propio de nuestro tiempo. No le damos tanto valor a las cosas a largo plazo. Antes se hacía una catedral durante siglos y la persona que la encargaba no la veía terminada, a él le daba igual. Eso ya no existe. Eso es un cambio de mentalidad.
También en cuanto al dinero. Probablemente también por complejo y por qué van a decir. El párroco de cualquier sitio piensa que va a salir en todos los periódicos porque en vez de darle dinero a los pobres o montar un comedor va y se gasta no sé cuánto dinero en hacer un retablo. También escasez real. Hay parroquias en las que va primero arreglar las goteras. Hay ciertas cosas que tienen prioridad.
Usted se dedica al arte religioso, pero no solo. ¿Cómo es el diálogo con el arte profano?
–Depende mucho de la apertura de miras de la gente. Yo no distingo mucho en realidad entre arte sacro y arte profano. Para mí es un poco lo mismo. La manera de afrontar una obra no difiere realmente en la ejecución, el proceso, todo. Incluso mi manera de hacer de ello oración también. De que mi trabajo sea lo que yo ofrezco o que mi trabajo sea para dar mayor gloria a Dios.
Para mí es lo mismo un relieve de hojas que un relieve de la Virgen. Luego está la diferencia de quien lo contempla, y para el que busque qué función tiene. A nivel personal mío no existe la diferencia.
Algún colega en algún momento me ha dicho que me había pegado el tiro en un pie por señalarme tanto, porque yo hago arte sacro y al mismo tiempo procuro exponer en galerías. Me sugería que esto iba a ser un hándicap ya que mucha gente no querría saber nada de mí, porque digamos que la cabeza de lanza de la vanguardia o del movimiento artístico es bastante opuesto a una fe tan declarada.
Pero yo creo que es al revés.
De hecho, precisamente se me han abierto muchas puertas a nivel profesional por decir que hago vírgenes y santos. Yo me fío de Dios y de los encargos que tengo, porque me los manda Él.
Acaba de decir que hace oración cuando está haciendo una obra de arte, y no necesariamente religiosa. ¿Reza mientras hace su trabajo?
–Bueno, en el instante concreto a lo mejor no soy consciente; no estoy pensando en que estoy rezando, pero es un poco como lo de Santa Teresa, que entre los pucheros anda Dios. O sea, que si estás haciendo la comida y estás fregando un suelo, da un poco igual qué actividad humana estés haciendo, lo que depende es el amor que pongas y la intención que pongas.
Luego vas a Misa y le ofreces a Dios todo lo que has hecho en el día. Eso es parte de tu vida de oración, de una manera no exactamente consciente de decir “estoy meditando mientras pinto”. No, mientras pinto estoy pensando qué color es el que tengo que poner. Estoy convirtiendo el trabajo en oración. Por eso me da igual que sea una cosa que otra.





