Dossier

Los diferentes ritos en la iglesia

La Iglesia católica no es un bloque monolítico, sino una “comunión de Iglesias”. Aunque en Occidente el Rito romano es el más conocido, la fe se expresa a través de diversas tradiciones litúrgicas que se remontan a los primeros siglos.

Javier García Herrería·16 de abril de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

En el seno de la Iglesia Católica, los ritos trascienden la mera ejecución de rúbricas; se comprenden como la delicada arquitectura de acciones, oraciones, gestos y disciplinas que encarnan la fe y actualizan el Misterio Sacramental. Bajo esta acepción, la tradición reconoce tesoros litúrgicos como el Rito ambrosiano o el mozárabe. No obstante, en la terminología eclesial y sus documentos magisteriales, el término «rito» adquiere a menudo una dimensión jurídica y antropológica más profunda, refiriéndose a las Iglesias sui iuris.

Estas comunidades, particularmente las orientales, poseen una liturgia, una disciplina eclesiástica y un patrimonio espiritual propios que las distinguen entre sí y del Occidente latino. Sin embargo, como bien subraya el decreto Orientalium Ecclesiarum, todas «están encomendadas por igual al gobierno pastoral del Romano Pontífice». Esta diversidad no supone una fractura, sino una riqueza: entre estas Iglesias y ritos impera una comunión que, lejos de herir la unidad, la manifiesta en toda su plenitud. La unidad en la alteridad es, en efecto, la rúbrica visible de la catolicidad.

Desde el cenáculo de Jerusalén hasta la Parusía, las Iglesias de Dios custodian la fe apostólica celebrando el mismo Misterio Pascual. Como bien sintetiza el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1203): «El Misterio es uno, pero las formas de su celebración son diversas». Esta pluralidad es fruto de la propia misión evangelizadora; las tradiciones litúrgicas germinaron en contextos geográficos y culturales específicos, tipificando el «depósito de la fe» a través de simbolismos, organizaciones comunitarias y sensibilidades teológicas particulares.

En la actualidad, la globalización y los flujos migratorios han propiciado un redescubrimiento mutuo. Los fieles católicos de distintas tradiciones han comenzado a valorar este mapa espiritual que ha acompañado el caminar del pueblo de Dios desde los tiempos apostólicos. Recientemente, en el marco del Jubileo de la Esperanza, el Papa León XIV recordaba a los representantes de las Iglesias Orientales su valor intrínseco: «Son Iglesias que deben ser amadas: custodian tradiciones espirituales y sapienciales únicas. Son tesoros inestimables que tienen mucho que decirnos sobre la sinodalidad y la vida cristiana».

El origen de los distintos ritos en la Iglesia católica es fruto de la cristalización de la predicación de los apóstoles en las grandes metrópolis del mundo antiguo y la labor de santos que, siglos después, codificaron estas tradiciones.

Las cinco fuentes de la tradición

Para entender el origen de los distintos ritos de la Iglesia, hay que mirar a las sedes apostólicas originales. Cada una desarrolló una forma propia de celebrar los misterios, adaptada a la lengua y cultura de su región.

En primer lugar, el Rito Alejandrino nace en Egipto bajo la figura de san Marcos evangelista. De su predicación en Alejandría emanan la Iglesia copta y las Iglesias de Etiopía y Eritrea. Esta tradición llegó al cuerno de África de la mano de san Frumencio († 383), el primer obispo de Axum, quien estructuró la fe en la región bajo la autoridad alejandrina.

El Rito Antioqueno o Sirio Occidental tiene su origen en Antioquía, la sede fundada por san Pedro antes de su partida a Roma. De aquí beben la Iglesia siríaca y la Iglesia Maronita, que debe su identidad espiritual a san Marón († 410), un monje eremita cuyo carisma dio forma a esta comunidad. 

También de aquí surge la Iglesia sirio-malankar en la India, que aunque usa el Rito de Antioquía, fue fundada por santo Tomás Apóstol, y su actual estructura católica se debe al impulso de Mar Ivanios († 1953).

Hacia el este, en Mesopotamia, se consolidó el Rito Caldeo o Sirio Oriental. Sus raíces están en la labor de santo Tomás y sus discípulos santo Addai y san Mari. Es la liturgia de los cristianos que vivieron fuera del Imperio Romano, manteniendo el arameo como lengua sagrada.

El Rito Constantinopolitano (Bizantino) es el más extendido y tiene su origen en la predicación de san Andrés. Su expansión por el mundo eslavo se debe a los santos Cirilo († 869) y Metodio († 885), quienes adaptaron esta liturgia a la lengua vernácula. En otros contextos, como el italo-albanés, destaca la figura de san Nilo el Joven († 1004).

Finalmente, el Rito Armenio se atribuye a los apóstoles san Judas Tadeo y san Bartolomé, pero fue san Gregorio el Iluminador († c. 331) quien, en el siglo IV, le dio su forma definitiva al convertir a Armenia en la primera nación cristiana de la historia.

¿Ápóstoles que no originaron ritos?

Al repasar esta genealogía, surge una duda: ¿Qué pasó con Santiago, Mateo, Felipe o Simón el Zelote? ¿Acaso no originaron nada? La respuesta es que su labor fue el cimiento de los ritos mencionados, pero sus nombres no quedaron vinculados a un determinado rito litúrgico por razones históricas y geográficas.

Santiago el Mayor es el ejemplo más claro. Evangelizó Hispania, pero su martirio temprano en Jerusalén (fue el primer apóstol en morir, en el 44 d.C.) impidió que estableciera una estructura administrativa duradera. Su legado se fundió en la tradición latina de Occidente. San Mateo, por su parte, predicó en Etiopía, pero esa comunidad terminó bajo la influencia organizativa de la sede de Alejandría, adoptando el rito de san Marcos.

En el mundo antiguo, las iglesias locales de los pueblos pequeños tendían a adoptar la liturgia de la gran metrópoli más cercana para garantizar la unidad. Así, la labor de san Felipe en Turquía o la de san Simón el Zelote en Persia fue absorbida por la importancia política de sedes como Constantinopla o Antioquía. 

El éxito de estos apóstoles fue su humildad histórica: sus misiones fueron los ladrillos invisibles que permitieron que las grandes familias litúrgicas se convirtieran en los faros que hoy conocemos. No es que no fundaran ritos, es que sus ritos se convirtieron en la base de la unidad de la Iglesia.

Las 23 Iglesias que “volvieron a casa”

La Iglesia católica es una comunión de 24 Iglesias autónomas (sui iuris): la latina es la más grande, pero existen otras 23 Iglesias orientales. La historia de estas últimas es un relato de separaciones dolorosas y retornos esperanzadores. 

Aunque el imaginario popular sitúa la división de la cristiandad en el Gran Cisma de 1054, la fractura comenzó mucho antes. La túnica de Cristo empezó a rasgarse en el siglo V, tras los concilios de Éfeso (431) y Calcedonia (451), debido a desacuerdos sobre la naturaleza de Jesús. Allí se separaron las Iglesias que hoy conocemos como “Pre-Calcedonianas” (coptos, armenios, siríacos). Siglos después, las tensiones políticas y culturales entre Roma y Constantinopla culminaron en la mutua excomunión de 1054. 

Con el tiempo, grupos dentro de esas comunidades separadas sintieron la necesidad de restablecer la comunión con el Obispo de Roma. No lo hicieron para “hacerse latinos”, sino para ser “católicos” manteniendo sus propias leyes, su liturgia y, en muchos casos, su clero casado.

A lo largo de los siglos, distintas comunidades cristianas de Oriente han ido restableciendo su comunión con Roma, dando lugar a las 23 Iglesias orientales católicas que existen en la actualidad. Este proceso no fue uniforme ni simultáneo, sino que se produjo en momentos históricos diversos y en contextos marcados por disputas teológicas, tensiones políticas y búsquedas de identidad eclesial.

Rito alejandrino y armenio

En el ámbito de las tradiciones alejandrina y armenia, a menudo vinculadas a una memoria de resistencia y martirio, algunos de los regresos más significativos se produjeron tras largas etapas de separación. La Iglesia copta católica, por ejemplo, formalizó su unión con Roma en 1741, después de permanecer separada desde el año 451. 

De forma similar, las Iglesias etíope y eritrea -herederas de la antigua misión de san Frumencio- fueron estructurándose progresivamente en comunión con la Santa Sede entre los siglos XIX y XXI. Por su parte, la Iglesia armenia, también separada tras las controversias de Calcedonia, vio reconocido su patriarcado católico en 1742.

Rito antioqueno y caldeo

El corazón de Siria y Mesopotamia constituye otro de los grandes focos de estos reencuentros. La Iglesia maronita ocupa aquí un lugar singular, ya que nunca se consideró formalmente separada de Roma, aunque reafirmó explícitamente su plena comunión en 1182, en el contexto de las Cruzadas. 

En cambio, la Iglesia caldea nació del acercamiento de un amplio sector de la Iglesia del Oriente, separada desde el año 431, que en 1553 buscó la comunión con el Papa y estableció su centro en la región de Mesopotamia, en el actual Irak. Más al este, en la India, las Iglesias siro-malabar y siro-malankar atravesaron complejos procesos históricos y de identidad antes de restablecer su vínculo con Roma en 1599 y 1930, respectivamente.

La herencia de Constantinopla

Por último, el ámbito bizantino —heredero de Constantinopla— protagonizó un número considerable de uniones tras el gran cisma de 1054. En muchos casos, estos acercamientos se formalizaron mediante acuerdos regionales. Así ocurrió con las Iglesias ucraniana y bielorrusa, cuya unión se selló en 1595 con el acuerdo de Brest, y que hoy constituyen el grupo oriental católico más numeroso. 

También las Iglesias rutena y eslovaca se incorporaron a Roma mediante la Unión de Uzhhorod en 1646. En 1724, el Patriarcado de Antioquía vivió una división de la que surgió la Iglesia melquita, una de cuyas ramas optó por retomar la comunión con Roma. Algo similar sucedió en el ámbito rumano, donde la unión se formalizó en 1697 en Alba Iulia. En contraste con estos procesos, la Iglesia ítalo-albanesa representa una continuidad singular, ya que sus comunidades nunca se separaron de Roma tras el cisma de 1054. 

La persecución del siglo XX

Las Iglesias orientales católicas en el siglo XX vivieron una de las etapas más dramáticas de su historia, marcada por la persecución sistemática de los regímenes comunistas en Europa del Este. Estas Iglesias, que mantenían la comunión con Roma pero conservaban sus propias tradiciones litúrgicas y disciplinares orientales, fueron vistas como una amenaza política y cultural por los Estados soviéticos y sus satélites.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el avance del comunismo en países como Ucrania, Rumanía y regiones del antiguo Imperio ruso desencadenó una política de represión religiosa que afectó especialmente a las Iglesias católicas orientales. A diferencia de las Iglesias ortodoxas, que en muchos casos fueron toleradas bajo un férreo control estatal, las Iglesias unidas a Roma eran percibidas como instrumentos de influencia extranjera. Como consecuencia, fueron oficialmente prohibidas.

En Ucrania, la Iglesia greco-católica ucraniana fue ilegalizada en 1946. Sus estructuras fueron disueltas y sus bienes transferidos a la Iglesia ortodoxa rusa. Situaciones similares se produjeron en Rumanía en 1948, donde la Iglesia greco-católica rumana fue suprimida y sus fieles forzados a integrarse en la Iglesia ortodoxa rumana controlada por el Estado.

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