Los jóvenes no quieren trabajar

Si el trabajo pasa de ser un don sagrado a convertirse en un ídolo, pronto demuestra que tiene los pies de barro. Los jóvenes, que no son tontos y que están descubriendo cuánto de engaño hay en tantas promesas, se han dado cuenta.

1 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
Jóvenes

(Pexels / Cottonbro)

“Los jóvenes de hoy son unos vagos –se dice por ahí–, no quieren trabajar. En las entrevistas para solicitar un empleo, lo primero que preguntan es cuántas vacaciones van a tener y cuánto de reducido va a ser su horario”. ¿Es verdad que no tienen aguante o es que no son tontos?

Ciertamente siempre ha habido profesionales del escaqueo, pícaros especialistas en vivir del cuento y perezosos que prefieren la sopa a doblar el lomo; pero lo cierto es que conozco a muchos jóvenes cuya capacidad de trabajo es absolutamente extraordinaria.

El esfuerzo de los jóvenes


Les hablo de Anita que, cada mañana acude bien temprano a asear a ancianos, pues trabaja como auxiliar del servicio municipal de dependencia. Es un trabajo físico duro y no siempre agradable. En lo emocional también es muy complicado, pues lidia con personas a las que se les coge cariño, pero cuya situación implica inevitablemente separaciones a veces muy dolorosas. El trabajo es por turnos de lunes a domingo, y por las noches, a veces sale mucho más allá de las 10. Los días de descanso y los ratos libres de la jornada, los aprovecha para estudiar. Se está sacando el título de Auxiliar de Enfermería y trabaja incansablemente por conseguirlo.

Les hablo también de Joaquín, que se ha sacado dos carreras simultáneamente consiguiendo premio extraordinario en cada una de ellas. Joaquín pertenece a una familia numerosa y curra en casa como el que más. Cuida de los hermanos pequeños cuando es necesario, está encargado de diversas tareas domésticas fijas y a disposición de lo que vaya surgiendo. También tiene tiempo para dar clases particulares y así sacarse unos ingresos para evitar ser gravoso en casa.

O les hablo, por ejemplo, de Mónica, que prepara unas oposiciones para lo que ha dilapidado prácticamente su vida social. Es cierto que es muy organizada y consigue rascar unas horas para sus salidas (pocas y cortas) y su tarea como voluntaria en una parroquia donde ayuda a otros jóvenes como ella. Cuando sus amigos planean un viaje o una salida improvisada no la invitan porque ya saben cuál va a ser la respuesta que les dará: «Lo siento, no puedo».

La generación de cristal

Anita, Joaquín y Mónica no son vagos a pesar de pertenecer a la llamada «generación de cristal» (nacidos a finales de los 90 o primeros 2000). Según esta denominación, deberían ser jóvenes con baja tolerancia a la frustración y una alta sensibilidad emocional, es decir, frágiles como el cristal. Se supone que la sobreprotección a la que han sido sometidos desde pequeños los habría incapacitado para el esfuerzo o para recibir órdenes de un superior que no fuera su mamá. Sin embargo, ahí están, incansables, orgullosos de lo que hacen, conscientes de que hay que trabajar duro en esta vida y esperanzados por abrirse camino en el mercado laboral y en la vida adulta.

Pero a ninguno de los tres les vale la excusa de que con esfuerzo y superación se llega lejos; lo consideran una frase de Mr. Wonderful, porque saben que hoy en día se ha roto el pacto social. Son pocas las empresas en las que los trabajadores son algo más que un número, en las que se premia el esfuerzo y la constancia de los empleados y se piensa en su bienestar fuera de su horario laboral.

Han visto a sus padres ser despedidos tras haber sacrificado los mejores años de su vida a costa de su propia salud física, mental o familiar. Conocen casos de personas que han llegado lejos, sí, pero no por trabajar más o mejor, sino por ser amigos o familia de… o por no tener escrúpulos a la hora de machacar a sus compañeros.

Han visto cómo gente con muy poco talento, pero con habilidad para adaptarse al viento ideológico del momento han encontrado trabajo con mucha más facilidad que quien profesa ideas más a contracorriente.

Han visto a hombres y mujeres adictos al trabajo, incapaces de desconectar y construir una vida más allá de su profesión. Han visto a parejas envejecer solas en una residencia porque desecharon la idea de tener hijos para darle todo su potencial a una empresa que hoy día ya ni existe.

Han visto a currantes renunciar a salir a tomar una cerveza o a hacer alguna escapada para pagar así la carrera de un hijo que ahora trabaja repartiendo paquetes de venta online porque el título lo tienen 100.000 como él y el mercado no tiene capacidad para tanto licenciado. Y encima han crecido viendo a jóvenes sin estudios hacerse millonarios haciendo algo tan fácil como enseñar su intimidad o grabar sus ocurrencias sin salir de casa.

El trabajo como don

Que muchos jóvenes elijan, por tanto, trabajar para vivir antes que vivir para trabajar corresponde, en este momento de la historia, a la lógica más elemental y quizá ellos puedan ayudarnos a poner razón en la sinrazón en la que hemos convertido un mercado laboral que no pone al ser humano, a la familia, en el centro, sino solo el beneficio económico.

En esta fiesta de san José Obrero conviene hacer una reflexión al respecto. Si el trabajo pasa de ser un don sagrado, a convertirse en un ídolo, pronto demuestra que tiene los pies de barro y los jóvenes, que no son tontos y que están descubriendo cuánto de engaño hay en tantas promesas que les ofrecíamos como sociedad, se han dado cuenta. Por cierto, según la Fundación SM, los jóvenes que se declaran católicos han pasado en cinco años del 31 al 45 por ciento. Lo dicho, son listos, y nos han pillado.

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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