Las llagas de Cristo y la túnica inconsútil

Dos Papas han suplicado lo mismo con treinta y ocho años de distancia: uno por las llagas de Cristo, el otro por su túnica sin costuras. Las llagas y la túnica dicen una sola cosa: que la unidad se paga con sangre y no se rasga sin dolor.

1 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
momento de la ordenacion episcopal en la fraternidad sacerdotal san pio x

Momento de la ceremonia de Ordenación episcopal de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X

Hoy, 1 de julio de 2026, en Écône, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha consagrado cuatro obispos sin mandato pontificio. Treinta y ocho años antes, Marcel Lefebvre hizo lo mismo, en el mismo lugar. Entre ambas fechas se tiende un puente hecho de dos cartas y de una sola súplica: no rompáis la unidad.

La primera la escribió Juan Pablo II el 9 de junio de 1988, poco antes de aquellas consagraciones. No era un documento jurídico, sino la carta de un padre: pedía a Lefebvre, «por las llagas de Cristo nuestro Redentor», que no diera un paso que solo podría entenderse como cismático, y le recordaba la oración del Señor la víspera de su Pasión, «que todos sean uno».

Semanas después, en el motu proprio Ecclesia Dei, Juan Pablo II situó la raíz del problema donde de verdad estaba: no en el amor a la liturgia antigua —legítimo y respetado—, sino en «una noción incompleta y contradictoria de la Tradición». Ese es el nudo, entonces y ahora. La Tradición no es una reliquia que se custodie frente al Papa; es una realidad viva que se transmite con él y bajo su ministerio. Nadie es fiel a la Tradición si rompe el vínculo con aquel a quien Cristo confió la unidad de su Iglesia. Quien opone Tradición y Papado ha entendido mal ambas cosas.

La Fraternidad alega un «estado de necesidad»: obispos que envejecen, la urgencia de asegurar ordenaciones y confirmaciones, el deber de no abandonar una obra que sostiene la fe de muchas almas. Su superior general, el padre Davide Pagliarani —que no es obispo—, sostiene que no buscan separarse de Roma, sino servir «a una madre que atraviesa una grave dificultad»; e insisten en que no es el capricho de cada comunidad, sino una crisis excepcional y objetiva de la Iglesia. Es una objeción sincera, pero inválida: juzgar cuándo la necesidad dispensa de la comunión con Pedro es, precisamente, lo que nadie puede decidir por su cuenta.

Roma no se cruzó de brazos desde 1988. Benedicto XVI liberalizó la Misa tradicional en 2007 y, en 2009, remitió la excomunión de los cuatro obispos; siguieron años de conversaciones doctrinales. Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de confesar (en 2015, con carácter permanente desde 2016) y reguló la asistencia a sus matrimonios (2017), para proteger a los fieles. Durante casi cuatro décadas la mano estuvo tendida. Por eso una nueva consagración unilateral duele tanto: responde con un portazo a una puerta abierta.

El 13 de mayo de 2026, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, advirtió que consagrar obispos sin mandato constituiría «un acto cismático», con la excomunión sobre quien consagra y los consagrados ya prevista en Ecclesia Dei (con base en el antiguo canon 1382, hoy 1387). El 29 de junio de 2026, León XIV se dirigió al padre Pagliarani con un lenguaje calcado del de Juan Pablo II: «lleno de afecto cristiano, les ruego y les pido con todo el corazón: ¡Den marcha atrás!». Y añadió, sin cerrar ninguna puerta: «La Iglesia está dispuesta a un camino de diálogo y entendimiento». Solo entonces llega la imagen que da título a estas líneas: «desgarrar la Túnica inconsútil de Cristo es un pecado de extrema gravedad».

Lo más revelador es que la Fraternidad respondió apropiándose de esa misma imagen. El padre Pagliarani agradeció la «solicitud paternal» del Papa y, lejos de rectificar, escribió que sentía el deber de «recomponer la túnica de Cristo, desgarrada por fuerzas y presiones incompatibles con un espíritu auténticamente católico»; y pidió que se valorara la sinceridad de su intención: «Aún no es demasiado tarde». Es un argumento hábil: los dos bandos dicen defender la túnica inconsútil. Pero esa túnica no se recompone arrancándose un jirón para conservarlo aparte, ni se cose desde fuera. Quien de verdad la quiere entera no consagra obispos contra el Papa: se queda a su lado, aun sufriendo. La comunión no es el precio de la Tradición. Es su casa.

La Fraternidad esgrime todavía un argumento más sutil: que el Papa le escriba «como un padre a su hijo» probaría que no hay cisma, pues nadie trata así a un extraño. Pero el razonamiento se vuelve del revés. Que Roma siga tratando como hijo a quien se aparta no demuestra que no haya ruptura, sino la paciencia del padre, que no legitima la desobediencia del hijo y por eso se entristece. Que algún obispo haya reconocido el espíritu católico de la Fraternidad tampoco resuelve nada. Se puede amar la doctrina y, aun así, quebrar la comunión en el acto mismo de consagrar sin mandato.

En 1988, muchos sacerdotes que sentían ese mismo amor por la Tradición escucharon a Juan Pablo II y fundaron la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro. Conservan íntegra la liturgia tradicional, la misma formación, la misma reverencia, y lo conservan en paz, en plena comunión con el Sucesor de Pedro. Son la prueba viva de que la Tradición no exige el cisma.

Dos Papas han suplicado lo mismo con treinta y ocho años de distancia: uno por las llagas de Cristo, el otro por su túnica sin costuras. Las llagas y la túnica dicen una sola cosa: que la unidad se paga con sangre y no se rasga sin dolor. No es un asunto interno de la Iglesia: Jesús pidió que todos fueran uno «para que el mundo crea» (Jn 17, 21), y cada ruptura la vuelve menos creíble. Ojalá esta vez la súplica sea escuchada, y muchos elijan vivir la tradición cristiana junto a quien es su verdadera roca: Pedro.

El autorRafael Domingo Oslé

Catedrático de Derecho de la Universidad de Navarra

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