Últimamente he leído dos libros sobre ancianos que me han impresionado. El primero de ellos, “Cuando las grullas vuelven al sur” de la sueca Lisa Ridzén (RBA 2024), narra la historia de Bo, ya enfermo y con su mujer ingresada en una residencia para personas con demencia. Bo vive solo en una casa en mitad del bosque, con la única compañía de su perro y la ayuda de las cuidadoras del servicio de atención domiciliaria.
Me conmovió esta historia sencilla que narra el afecto del viejo por su perro, las dificultades para asumir su pérdida de autonomía, el dolor por la esposa ausente y su afán por llegar a comunicarse mejor con su hijo Hans, a pesar de que siente que ahora él quiere controlarlo todo.
El segundo libro se llama “Las gratitudes”, de la francesa Delphine De Vigan (Anagrama 2016), y nos cuenta la historia de una anciana necesitada de dar las gracias antes de morir. Con la ayuda de Marie, una vecina que es como su hija, y de Jérôme, el logopeda de la residencia donde está ingresada, la anciana Michka tratará de cumplir su deseo de encontrar al matrimonio que, durante los años de la ocupación alemana, siendo una niña, le salvó de morir acogiéndola y escondiéndola en su casa.
La historia que narra De Vigan me dejó pensando que quizá tendría que ser al revés. Deberíamos ser nosotros los que diéramos las gracias a los ancianos mientras todavía están con nosotros. Les debemos respeto, agradecimiento, escucha.
Proyectos de existencia
A veces no es fácil convivir con personas mayores o cuidar de ellas, pero hemos de recordar siempre que no son niños. No podemos regañarles, arrinconarles ni olvidar que tienen mucho que aportar. Nos preocupamos por las medicinas, por su alimentación o por los cuidados prácticos, pero no nos ponemos en su lugar.
Como afirmaba el Papa Francisco en su catequesis del 23 de febrero de 2022, “para una edad que ya es parte determinante del espacio comunitario y se extiende a un tercio de toda la vida, hay —a veces— planes de asistencia, pero no proyectos de existencia. Planes de asistencia, sí; pero no proyectos para hacerles vivir en plenitud. Y esto es un vacío de pensamiento, imaginación, creatividad”.
Debemos reflexionar por tanto sobre lo importante y hermoso de cuidar a los ancianos, y sobre cómo acompañarlos mejor. Podemos compartir una conversación tranquila, una risa, una caricia o simplemente permanecer un rato a su lado, aunque sea sin decir nada. Podemos escuchar sus recuerdos, o sus desvaríos, ayudar a calmar la ansiedad y el miedo que a veces acarrea la vejez.
Algunos se preguntan por qué mantener vivo a un anciano que ya no reconoce a nadie o que tiene una enfermedad terminal. ¿Qué sentido tiene esa vida?, se dicen muchas personas. Claramente son situaciones que producen gran impotencia, sufrimiento y cansancio. ¿Por qué siguen ahí esos pobres viejos si no se enteran de nada? La respuesta no es sencilla y se entiende más con el corazón que con la cabeza. Como siempre y como para casi todo en la vida hay una única explicación: el amor.
Los ancianos nos enseñan a querer, nos dan lecciones de lucha, nos muestran qué es la dignidad, porque la encarnan y porque, con los ojos de la fe, son especialmente amados por Dios. Como nos recordaba el Papa Francisco, los ancianos son un regalo: “la vejez es un don para todas las edades de la vida. Es un don de madurez, de sabiduría”.
Dar las gracias a los ancianos
Copio de otro libro llamado “Vivero”, escrito por el chileno A. J. Ponce, su experiencia al asistir a una reunión para familiares de personas con alzhéimer: “A Manuela la conocí en una de esas charlas que dan la enfermeras y los cuidadores veteranos en el centro de salud mental donde diagnosticaron a papá. Ella había asistido para despedirse. Su padre había muerto días atrás. Ya no quería seguir vinculada a nada que le recordase la enfermedad que no solo le quitó a su progenitor, sino también su manera de residir en el tiempo. Eso no lo dijo en el discurso de salida. Me lo comentó luego en un café cercano a su casa. Lo que aseguró frente a todos nosotros, primerizos recién notificados sobre la nueva condición de nuestros parientes, fue que había sido el proceso que más la hizo crecer en su vida. Sesenta y tres años, un esposo, cinco hijos, dos abortos, una carrera de lingüista y lo que más la había hecho crecer fue sostener a su papá en sus brazos para poder llevarlo de la cama a la ducha. Todos los días, durante quince años. ¿Qué significa crecer?”. Crecemos cuando cuidamos. Eso lo cambia todo.
Los que necesitan cuidados nos cuidan a nosotros, aunque no lo sepan. Nos hacen mejores. Cuando era pequeña, nos llevaban del colegio a visitar ancianos a una residencia. No olía muy bien y algunos viejos daban un poco de miedo. Con mis pocos años no entendía el sentido de aquellas visitas, pero lo comprendí años después.
Los ancianos nos preceden. Seguramente también lucharon con uñas y dientes aunque ahora solo tengan el temblor de sus voces, sus palabras a veces distorsionadas o sin sentido, su fragilidad y a veces sus quejas y gruñidos. Ellos generan en nosotros esa clase de amor que puede salvar el mundo. El más incondicional. Por eso los necesitamos. Dales las gracias, cuando todavía estás a tiempo.





