El lunes 8 por la mañana tuvimos la oportunidad de escuchar el discurso de León XIV en el Congreso de los Diputados, uno de los que más expectativa ha generado en esta visita a nuestro país.
En él se ha referido, como no podía ser de otra manera, al inmortal Francisco de Vitoria y a la Escuela de Salamanca: “En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir la legitimidad de cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente”. Precisamente la víspera de la llegada del Papa, la universidad honrada con el privilegio del magisterio de ese sabio dominico, le hacía entrega del doctorado “honoris causa”.
De hecho, durante todo este año 2026 se está celebrando el aniversario del comienzo de su enseñanza en las aulas de la Ciudad del Tormes, como quinto centenario de la Escuela de Salamanca, de la que es ampliamente considerado fundador. Pero todo esto está pasando desapercibido al gran público. Ni siquiera en el ámbito eclesiástico se recuerda demasiado a esta eminente figura de nuestro pasado intelectual. Igual que no se está hablando cuanto cabría hacerlo del centenario de la canonización de san Juan de la Cruz, otra gloriosa mente del siglo más granado de la historia española —menos mal que no deja de ser mentado en los discursos del Papa—.
Ley de Dios y ley humana
Esta desatención de nuestro pasado intelectual contrasta con el atinado deseo del Papa de recordar a los españoles dónde podemos hallar la respuesta a muchas de nuestras preguntas. A nosotros, que tan a menudo miramos acomplejados hacia toda clase de novedades para tratar de “actualizarnos”, el Papa nos recuerda que España fue la inventora de la modernidad. Fue en nuestro país donde surgió una forma de pensamiento inédita, capaz de guiar a los pueblos a través de hasta entonces desconocidas encrucijadas.
La solución de Vitoria y de su escuela se sitúa en las antípodas del tipo de pensamiento que rige nuestras instituciones. Mientras que hoy en día campa a sus anchas el positivismo jurídico, la Escuela de Salamanca pone ante nuestra mirada otra forma de entender la convivencia. Este positivismo cree que la justicia nace de la ley y de las disposiciones de los gobernantes. El discurso del Papa enuncia, en cambio, el tipo de mentalidad institucional que siempre ha guiado a la Iglesia y que los autores de Salamanca supieron exponer de manera actual: “También la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera”. La ley no establece el bien, sino que es una manera de reconocerlo, acogerlo, protegerlo y fomentarlo. La ley no está enderezada sobre todo a crear la realidad, sino a aceptar de manera activa la realidad.
Una buena filosofía y la fe cristiana reconocen que toda esa realidad, buena, luminosa, fecunda, a cuyo servicio está la ley, procede de Dios. Por eso, Vitoria enseñó al mundo que la ley de Dios está por encima de las leyes de los hombres, y el derecho internacional, como todo derecho, no está al arbitrio del más poderoso, sino de una justicia a la que debe atenerse todo ser humano y todo pueblo.
Profesor adjunto a cátedra, Facultad de Filosofía, Universidad Eclesiástica San Daámaso





