La sacrílega guerra de Ucrania

Hoy es la propia Ucrania agredida quien le marca a Rusia el camino hacia la luz. El pueblo ucraniano se ha convertido en un ejemplo conmovedor en la defensa de su identidad nacional, fundamentada en el amor a la libertad y no en el sometimiento del vecino.

2 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
Ucrania

Incendio en la catedral ortodoxa de Kiev tras un bombardeo ruso (OSV News photo / Valentyn Ogirenko, Reuters)

El 20 de junio tuve el privilegio de escuchar a dos jóvenes que portan en sus miradas el peso de una historia trágica, pero también la luz de una esperanza inquebrantable. Se trata de Ihor Chikhman y Marta Kostyk, miembros del Consejo Juvenil de la Embajada de Ucrania en España. En sus palabras no había odio, sino una profunda sed de verdad y de justicia. Al terminar nuestro encuentro, me hicieron un regalo que he estado meditando desde entonces: el excelente libro “Crónica de una guerra sacrílega”, escrito por Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk, Arzobispo Mayor de Kyiv-Halyć y primado de la Iglesia greco-católica ucraniana.

El título de la obra de Shevchuk no es un mero recurso literario; es un diagnóstico espiritual preciso. ¿Por qué llamar «sacrílega» a esta guerra? Porque las autoridades rusas han cruzado una línea roja que trasciende la geopolítica: están utilizando la religión cristiana para justificar crímenes contra la humanidad y, por tanto, crímenes contra el propio Dios. Bendecir misiles, santificar la invasión de una nación soberana y enarbolar la cruz para justificar la destrucción de hospitales y parroquias es la definición misma del sacrilegio. Es tomar el nombre de Dios en vano para encubrir la barbarie.

Nacionalismo vestido con ornamentos

Nada desenmascara con mayor crudeza esta falsedad que el sufrimiento de los más pequeños. El desgarrador secuestro de cerca de 20.000 niños ucranianos por parte de las tropas rusas, arrancados de sus hogares y de sus padres para ser confinados en campos de reeducación en Rusia, clama al Cielo. Intentar borrar la identidad, la memoria y la lengua de estos niños es una atrocidad que choca frontalmente con cualquier valor evangélico. Quien arranca a un hijo del amor de su madre no puede, en ninguna circunstancia, presentarse ante el mundo como un defensor de los valores familiares y cristianos.

Al observar la retórica y las acciones del Kremlin, resulta evidente que Rusia no ha experimentado una verdadera purificación de su pasado totalitario. Más bien, parece haber sustituido el aparato ideológico del comunismo por un cristianismo político y táctico. Las formas han cambiado, la hoz y el martillo a menudo comparten espacio con iconos bizantinos, pero las prácticas criminales, la represión, la mentira de Estado y el sometimiento de su propio pueblo y de los pueblos vecinos permanecen intactos. Es un nacionalismo imperial vestido con ornamentos litúrgicos.

Ante esta realidad, los cristianos occidentales no debemos dejarnos engañar. Existe la tentación, en algunos sectores, de mirar hacia Moscú como un bastión de resistencia frente a la secularización y la decadencia moral de Occidente. Pero las manifestaciones religiosas del gobierno ruso no son más que una coartada, un espejismo diseñado para seducir a incautos y mantener subyugados a los ciudadanos. No hay defensa posible de la moral cristiana allí donde se pisotea sistemáticamente la dignidad humana y se asesina al hermano.

Cristianos ucranianos

Hoy es la propia Ucrania agredida quien le marca a Rusia ese camino hacia la luz. El pueblo ucraniano se ha convertido en un ejemplo conmovedor en la defensa de su identidad nacional, fundamentada en el amor a la libertad y no en el sometimiento del vecino. Su lucha es, además, una heroica defensa de la libertad religiosa. Los testimonios que nos llegan son estremecedores: en los territorios ucranianos actualmente ocupados por Rusia se ha instaurado una persecución religiosa feroz. Sacerdotes greco-católicos, fieles de rito latino, pastores protestantes y miembros de otras confesiones son hostigados, secuestrados y torturados por negarse a someter su conciencia a los dictados políticos del invasor. Allí donde se impone el modelo del Kremlin, la genuina libertad de espíritu es aplastada.

La valentía y el sacrificio diario de los cristianos ucranianos, su resistencia pacífica y su fe probada en el crisol del dolor, nos abren los ojos. Nos recuerdan que la verdadera fe se manifiesta en el amor, en la defensa de la vida y en el servicio a la verdad.

El testimonio de jóvenes como Ihor y Marta y la voz profética de pastores como Sviatoslav Shevchuk nos hacen ver que Rusia necesita, hoy más que nunca, convertirse. Y no hablamos de un mero cambio de bando político, sino de una conversión del corazón. La libertad de Rusia —su liberación de este secuestro ideológico e imperialista— es una condición necesaria para la libertad de Europa y la paz del mundo entero. Para lograrlo, necesita un arrepentimiento auténtico ante la historia y ante Dios, y abandonar de una vez por todas ese disfraz religioso que solo sirve como coartada para seguir dañando profundamente a la humanidad.

La libertad del pueblo ucraniano

Quizás la mejor manera de entender esta esperanza sea acudiendo al alma misma del pueblo ucraniano, plasmada en los versos de su gran poeta nacional, Taras Shevchenko, quien ya en el siglo XIX clamaba frente al imperialismo con una fe inquebrantable:

“¡Luchad y venceréis!

¡Dios os ayuda!

De vuestra parte están la fuerza,

la libertad y la santa verdad”.

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