Cuando las sirenas antiaéreas rompieron el silencio de Kiev la madrugada del 24 de febrero de 2022, Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk no salió de la ciudad. Se quedó en la cripta de la Catedral de la Resurrección, convertida de la noche a la mañana en un búnker para miles de civiles. Hoy, tras años de una invasión a gran escala que ha dejado cicatrices profundas en el alma de Ucrania, el Primado de la Iglesia greco-católica ucraniana comparte su testimonio de lo que define como un «milagro de resistencia» y un «nuevo Holodomor».
Nacido en Stryi (región de Leópolis) en 1970, Shevchuk fue formado en el seminario durante la clandestinidad de su Iglesia bajo el régimen soviético, su vocación es tanto espiritual como científica: es médico de formación y doctor en Teología Moral por la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino en Roma.
Tras una etapa como obispo en Argentina —donde forjó una estrecha amistad con el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio—, fue elegido en 2011, con apenas 40 años, como el jefe más joven de su Iglesia. Esta combinación de rigor clínico y compasión pastoral es la que hoy utiliza para diagnosticar el estado de una nación que, según sus palabras, ha aprendido a «vencer al miedo con la esperanza». En esta entrevista con Omnes, Shevchuk analiza el recrudecimiento de los ataques rusos contra civiles, el papel heroico de las madres ucranianas y el poder de la palabra en una ciudad asediada.
El próximo 25 de mayo, Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk presentará su “Crónica de una guerra sacrílega”, con Omnes en el Salón de Grados de la Universidad CEU San Pablo en un encuentro único.
El 24 de febrero de 2022 Ucrania despertó invadida, ¿qué recuerda de esas primeras horas?
–Efectivamente. Llevamos ya casi 5 años lo que llamamos guerra en plena escala. En realidad el conflicto empezó en 2014, con la anexión de Crimea y la ocupación del territorio de Dombás por parte de Rusia.
Pero fue el 24 de febrero de 2022 cuando realmente empezó una guerra a plena escala. Eso quiere decir que más de 200.000 soldados rusos invadieron el país. El objetivo era Kiev. Rusia quería un ataque rápido, destruir el país. Destruir el país como sujeto del derecho internacional. Ocupar la capital y, después, dominar todo el territorio.
Nos despertamos ese día con una realidad completamente distinta, que seguimos viviendo. Cada día, en la parte ucraniana recibimos noticias de los caídos de las tropas rusas. Unos mil al día. Esto significa que las tropas rusas no han podido con Ucrania. Hemos sobrevivido y eso ha sido un milagro. Lo puedo testimoniar. Los rusos pensaron que iban a conquistar un territorio y se encontraron con una nación. Ucrania es, realmente, un gran país.
En aquel momento, en Ucrania vivían unos 36 millones de habitantes. No se esperaba un ataque de este tipo. No hubo un diálogo diplomático. Nuestro gobierno tampoco creyó que Rusia iba a llevar a cabo una invasión de este tipo militar.
Recuerdo la gran perplejidad que produjo el ataque porque, en unas horas, la ciudad de Kiev fue rodeada por los rusos. Sólo había un pequeño camino para salir de la ciudad. Yo me quedé, obviamente. Pero fue realmente un éxodo en masa.
Kiev contaba con unos 4 millones de habitantes. Y después de estos primeros días, se quedó en 800.000. La ciudad se convirtió en un desierto.
… y la Iglesia se convirtió en un refugio improvisado.
–Desde el primer momento, las iglesias se convirtieron en el refugio principal de la gente. Nuestra catedral está situada a la izquierda del río Dniéper. Con los ataques, se cerraron los puentes. Los rusos avanzaban por la parte oriental y el río mismo fue una barrera natural.
Nosotros estábamos en el “paso”, como en una trampa, y vinieron a refugiarse casi 3000 personas a la catedral. Escuchábamos los helicópteros rusos sobrevolar la catedral; la tierra temblaba.
Recuerdo cómo veía, desde las escaleras de la catedral, la ciudad en llamas al otro lado del río Dniéper (donde se encuentran, por ejemplo, la catedral ortodoxa de Santa Sofía de Kiev o la sede del gobierno) y tenía la sensación de estar viendo lo que contempló Jeremías cuando tuvo la visión de Jerusalén arrasada por los babilonios.
Yo me preguntaba,”Señor, ¿por qué? ¿Por qué me trajiste de Buenos Aires aquí?¿Por qué me eligieron jefe de la Iglesia en Ucrania? ¿Me pusiste aquí para ver esto?¿Qué significado tiene todo?” ¡Pero supimos resistir!
Hemos salvado tantas vidas…, y hemos perdido tantas otras. Todavía no sabemos con certeza cuántas personas han perdido la vida estos años. Se habla de millones. No sólo militares sino también civiles.
La guerra de Ucrania ya no ocupa portadas extranjeras, ¿cómo es la situación hoy?
–En los últimos ocho meses la situación ha ido empeorando. Vivimos en una paradoja: cuanto más se habla de que Estados Unidos está negociando con Rusia, peor estamos. La línea del frente está más o menos estable, aunque la intensidad del enfrentamiento es muy alta. Lo peor lo está sufriendo la población civil, sistemáticamente golpeada por Rusia.
Según han constatado en su monitorización las Naciones Unidas, en el año 2025, justamente cuando se empezó a hablar mucho sobre la paz en Ucrania, el número de las víctimas civiles aumentó en un 35% con respecto al año anterior. No pasa un sólo día sin que las principales ciudades sufran bombardeos: no sólo Kiev, sino también Járkov y Odesa, o más al sur, Dnipro, Donetsk o Zaporiyia. Son ataques que no tienen objetivos militares sino que atacan bloques de apartamentos, civiles.
Este invierno en Ucrania hemos vivido un invierno muy difícil, muy duro. El año que empezó la guerra, el río no se congeló. Fue un milagro. Pero este año no ha sido así. Al contrario, la capa de hielo del río medía más de 25 centímetros. Las temperaturas bajaron por debajo de los 20 grados bajo cero…
Los rusos iniciaron entonces una destrucción sistemática de la estructura de la calefacción, convirtiendo la ciudad de Kiev en una trampa fría para congelar y matar a la gente. Yo lo puedo testimoniar porque vivo aquí. Cada barrio de la ciudad de Kiev tiene un sistema de calefacción que parte de una central que manda el agua caliente a las casas.
Estas centrales fueron construidas en tiempo soviético. Moscú tiene todas las cartas. Imaginen la situación. Con 25 grados bajo cero, destruyeron centrales de calefacción y, en cuestión de horas, todo el barrio se congelaba. Más aún, cuando en estos tubos el agua se congela, revientan. Eso quiere decir que, ahora, hay que reconstruir todo el sistema de calefacción en muchos lugares.
Ha sido realmente un desastre humanitario. Nosotros lo llamamos un nuevo holodomor, como aquella hambruna artificial que Stalin provocó en Ucrania y que mató a 12 millones de personas. Ahora están matando a gente por el frío. En este contexto, la Iglesia volvió a ser el centro de salvación para mucha gente. A pesar de la situación, no hubo un gran éxodo.

¿Cómo ha podido sobrevivir la población a una situación cada vez más complicada?
–Le cuento dos historias para que vea cómo han sobrevivido. Vino a la catedral un niño de unos cinco años. Traía un abrigo muy pesado, muy gordo. Le pregunté ¿Hace mucho frío en tu casa? y me respondió: “Si: Hace mucho frío. Pero yo voy a vencer al frío, y Ucrania va a vencer”. No se me olvidará nunca esta imagen, de este niño que tenía frío, pero que se enorgullecía de tener el coraje de vencerlo.
Otra de las imágenes las hemos vivido en los centros de resistencia: unos campamentos que se han instalado frente a estos edificios en los que han reventado las tuberías y están congelados. Allí, con generadores podíamos ofrecer lugares un poco más calientes y las personas venían a tomar un té, recargar los móviles…
Allí, hemos experimentado muchas muchas veces, que la gente comenzaba a cantar, a bailar.
Rusia quería acabar con el ánimo, con el espíritu de los ucranianos, y no lo ha conseguido.
En este tiempo, como pastor, ¿qué le resulta más duro?
–Como pastor, obispo, tengo que decir que la cosa más difícil es enterrar nuevas víctimas. Todos los días lloramos con tantas madres que están perdiendo a sus hijos. Estamos descubriendo un nuevo tipo de pastoral de la Iglesia: la pastoral del luto, o de duelo.
Yo soy médico y recuerdo que la pastoral de duelo era la propia de los capellanes de hospitales: los sacerdotes tenían que conocer la psicología, el estado de ánimo para ofrecer una cura pastoral adecuada a estas personas. A día de hoy, este tipo de pastoral nos toca a todos nosotros: ya sea en las parroquias, en los monasterios, en las ciudades, en los pueblos pequeños. Somos una nación sufrida y sufriente. Pero somos un pueblo creyente. La fe nos da esperanza, y la esperanza nos da la fuerza.
¿Cómo se vive, desde la fe, este tiempo de prueba?
–Según las estadísticas recientes, el 52 % de la población ucraniana se profesa ortodoxa. Entre los ortodoxos, en Ucrania, hay dos confesiones:la Iglesia autocéfala ucraniana y otro grupo que pertenece a la Iglesia ortodoxa del patriarcado de Moscú. Los católicos somos una minoría. Dentro de los católicos estamos los de rito bizantino, que somos la mayoría de los ucranianos, los grecocatólicos, un 12 % de la población, y por otra parte, los católicos de rito latino que son un 1 % aproximadamente.
También hay presencia de grupos protestantes: bautistas, pentecostales…, eso entre los cristianos. Además tenemos una población judía importante y grupos islámicos en el sur, sobre todo. Así que, cuando hablamos del papel de la Iglesia en Ucrania, siempre hablamos de una cooperación interconfesional e interreligiosa. Hoy, la Iglesia está jugando un papel clave en la resistencia de Ucrania y la atención a las víctimas de la guerra. donde no llegan las organizaciones internacionales, llega la Iglesia.
Quiero subrayar que estos momentos de dolor, están siendo también momentos de conversión. Las iglesias, sobre todo las de la parte oriental, que vivió más duramente el comunismo, están llenas de gente. ¿Por qué? Porque el dolor hace emerger las grandes preguntas. Y están encontrando la respuesta en la Palabra de Dios que les transmiten sus sacerdotes.
Soy sacerdote desde 1994. Y he de decir que, nunca hasta ahora, había experimentado, con tanta fuerza, el poder de la Palabra de Dios. No son simplemente conceptos, tampoco es una ideología humana, es la fuerza de Dios que te salva.
En Crónica de una guerra sacrílega, usted recoge los mensajes que, casi diariamente, dirigía por vídeo, ¿Cómo nacen estos mensajes?
–Cuando empezó la guerra, ante la visión de una ciudad en llamas, los gritos…, lo último que podrías plantearte era escribir algo. Sin embargo, tras uno de los primeros ataques a Kiev, el móvil no dejaba de sonar con la misma pregunta “¿Cómo están?”. No me daba tiempo a responder a todos. Le dije a mi secretario que teníamos que grabar un vídeo para decir a la gente como estábamos. Una especie de “prueba de vida”.
No podíamos comprometer la seguridad nuestra ni de las personas que se refugiaban con nosotros, por lo que escogimos un fondo muy “neutral”, una cortina. Frente a ella fuimos grabando todos esos mensajes que conforman el libro. El “éxito” del vídeo fue impresionante: millones de personas en todo el mundo compartieron esas palabras. Al día siguiente pidieron otro; y otro,… Así fue como empezó este servicio de la Palabra, del testimonio, de un decir que estamos vivos.
Me convertí en la voz de la vida que hablaba al mundo desde una ciudad asediada.
A las dos semanas aproximadamente pensé en dejarlo. Pero entonces fui a visitar a la comunidad de una ciudad que está a unos 100 kilómetros de Kiev. Allí, una señora mayor me agarró de la mano y me dijo: “Monseñor, estamos aterrorizados, tenemos mucho miedo pero gracias por esos vídeos”. Yo le dije “Ya no sé qué más decir, ¿qué puedo decir?” y ella me respondió: “Lo importante es que nos habla. No tanto lo que nos diga”.
Recordé entonces un suceso que me ocurrió cuando ejercía como médico: un hombre ingresó tras un atropello de tren. Tuvimos que amputarle las dos piernas y no teníamos los calmantes necesarios para su dolor. Vino su esposa y él le rogó “María, háblame”. Ella cogió un libro y comenzó a leerlo. Y esa voz amada hizo de calmante para el dolor de aquel hombre.
Entendí que la Iglesia tenía que hablar a aquellas personas que sufrían. Y comencé, cada día, a transmitir el Evangelio a través de estos mensajes. El libro muestra cómo estos mensajes eran al mismo tiempo, un diario del dolor y una palabra de esperanza. Expliqué todo el Catecismo de la Iglesia católica. Hablé también de la ecología, porque Ucrania vive una catástrofe ecológica con la guerra.
En sus mensajes, se refiere en muchas ocasiones a esos sacerdotes que viven la guerra junto a sus comunidades y las alientan
–La presencia del sacerdote para la gente supuso la presencia viva y visible de Dios. Si veían que un sacerdote empezaba a prepararse para huir, la gente abandonaba la ciudad. Para nosotros supuso una pregunta dolorosa y complicada “¿Qué debemos hacer?”.
Una tercera parte de mi diócesis fue ocupada, pero estoy muy orgullosos de que ninguno de mis pastores abandonó a sus fieles. Ellos han sufrido, también psicológicamente, pero han estado junto a su pueblo.

También habla con frecuencia del papel de la mujer, de las madres, en este tiempo
–En estos años he podido ser testigo de la maternidad heroica de muchas mujeres ucranianas. En el metro, convertido en refugio, veías a tantas madres protegiendo, intentando alimentar a sus hijos.
Le cuento una historia. Uno de nuestros sacerdotes, casado (en el rito grecocatólico existen los sacerdotes casados), vive en una zona que se halla cerca de Chernóbil, a unos 20 kilómetros de Bielorrusia. Esta zona fue asediada rápidamente ya que, al estar casi despoblada, las tropas rusas apenas encontraron resistencia.
Yo sabía que ese sacerdote esperaba su tercer hijo para poco después. Le llamé para “animarle” a evacuar la ciudad junto a su familia y me dijo: “Frente a mi parroquia tengo 40 mujeres con niños pequeños. Estamos cocinando para esos niños porque estas jóvenes madres dejaron de producir leche a causa del estrés de la guerra”.
Su esposa no quiso dejar a estas chicas. Dio a luz el quinto día de ocupación, en un hospital en el que no había electricidad, los médicos alumbraban con velas. Pude visitar a esta familia poco después y abracé a esa mujer diciéndole “usted es realmente imagen de la maternidad heroica”.
En el contexto de la muerte más grande, las madres siguen siendo fuentes de la vida. Con su coraje protegen a sus niños. ¡Nos hemos encontrado con tantos cadáveres de madres que habían intentado cubrir a sus hijos con su cuerpo entre escombros!
La mayor parte de las personas que se han ido de Ucrania son mujeres con hijos pequeños. La joven madre es hoy el rostro del emigrante ucraniano.
¿Ve cercano el fin de la guerra?
–Es una pregunta difícil. La guerra de Ucrania concluirá como cuando cayó ese gigante de pies de barro que era la URSS. La guerra va a terminar, pero no sabemos cuándo. Pero hay un feeling, una sensación espiritual que indica que la guerra terminará cuando menos lo “esperemos”.
La victoria de Ucrania es la resistencia. Resistimos porque no tenemos otro modo de actuar. Es muy fácil decir “hay que hacer acuerdos”, pero la verdad es esta, la guerra puede terminar en dos minutos, cuando los rusos paren de matarnos. Porque entonces Ucrania parará su defensa.
En cierto modo, es una experiencia ascética de la vida monástica. ¿Cómo podemos vencer al diablo cuando nos ataca? Porque no podemos vencerlo de manera total, pero podemos resistir sus ataques. Si uno resiste el mal, el mal termina por huir. Creo que eso va a ser una imagen de nuestra victoria.





