Evangelización

El Credo: qué es y de dónde viene

El Credo es uno de los textos más repetidos de la historia, pero no es un texto que se lee: es un texto que se declara o se profesa. No es un resumen doctrinal para estudiar, sino una declaración pública de pertenencia y de fe.

Juan Luis Lorda·13 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Toda persona, lo sepa o no, vive según un credo. Tiene unas convicciones fundamentales sobre quién es, de dónde viene y hacia dónde va; unas creencias que orientan sus decisiones y dan sentido a su existencia. El Credo cristiano es precisamente eso, pero formulado con precisión y compartido en la Iglesia: una respuesta articulada a las preguntas más radicales que el ser humano puede hacerse.

El Credo es uno de los textos más repetidos de la historia de la humanidad. Durante casi dos mil años, millones de cristianos lo han recitado en la liturgia dominical, en el bautismo, en el lecho de muerte. No es un texto que se lee: es un texto que se declara o se profesa. En esa diferencia hay algo esencial: el Credo no es un resumen doctrinal para estudiar, sino una declaración pública de pertenencia y de fe.

Dos Credos

La explicación que vamos a ofrecer no pretende ofrecer una teología profundísima —que implicaría analizar la historia, la etimología de las distintas partes y el contenido de cada palabra—, sino algo más accesible: al estudiar los artículos del Credo intentaremos entrar en los misterios de la fe para que nos sirvan de guía y nos centren en lo esencial.

El Credo es una referencia importantísima, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, pero con una diferencia: el Catecismo es una obra mucho más amplia, mientras que el Credo es un compendio. Además, el Credo es mucho más antiguo: es la confesión oficial de la Iglesia.

En castellano lo llamamos Credo por su primera palabra en latín: “Credo in unum Deum” —“Creo en un solo Dios”—. “Credo” significa en latín “creo”.

En la liturgia usamos dos credos: uno más largo y otro más corto. El más corto es muy venerable y muy antiguo, probablemente del siglo II o quizá anterior. Se llama Credo de los Apóstoles y contiene la doctrina cristiana general ordenada. Es difícil determinar exactamente cuándo se empleó por primera vez, pero su antigüedad se deduce por su uso antiguo y por su doctrina; suele fecharse hacia mediados del siglo II o mucho antes, según los autores.

El más largo, en cambio, tiene una fecha perfectamente determinada. Pero antes de explicarlo conviene entender de dónde nacen los credos.

El origen bautismal del Credo

Los Credos nacen de manera espontánea por la ceremonia del bautismo. En el bautismo se bautiza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y a quien va a ser bautizado —sobre todo si es adulto— hay que darle una instrucción previa.

En los primeros siglos de la Iglesia abundaban los bautismos de adultos, que seguían un proceso de catecumenado que fue organizándose y desarrollándose del siglo II al VI. Más adelante, cuando la población era masivamente cristiana, los bautismos pasaron a ser predominantemente de niños, y se redujo esa preparación o catecumenado. Hoy, con la descristianización, volvemos a tener también numerosas conversiones de adultos.

La estructura del catecumenado seguía el esquema trinitario: lo que se refiere al Padre, lo que se refiere al Hijo y lo que se refiere al Espíritu Santo. Todos los contenidos fundamentales de la fe se organizaban en torno a las tres personas de la Trinidad.

En el antiguo catecumenado existía una ceremonia de entrega del Credo: “Mira, vais a ser cristianos; os entregamos el Credo para que sea vuestro, para que lo aprendáis y lo recitéis”. Esto se hacía en los domingos de Cuaresma, antes de la Pascua, porque los bautismos de adultos se celebraban en la Vigilia Pascual. Un domingo de Cuaresma los catecúmenos recibían el Credo, lo aprendían, y al domingo siguiente lo recitaban públicamente.

Así, las distintas iglesias repartidas por el mundo fueron generando sus propios Credos, copiándose unas a otras o desarrollando los suyos propios, Existían muchos Credos muy parecidos pero con detalles distintos. Un libro clásico sobre este tema es el de Kelly, Primitivos credos cristianos, que recoge algunos de ellos y explica con detalle esta función bautismal.

El Credo largo: Nicea y Constantinopla

El Credo largo, que utilizamos hoy, se compone en dos etapas. La primera tiene lugar en el año 325, en el Concilio de Nicea. Para entonces, la Iglesia había logrado una cierta independencia: ya no es perseguida y ha sido reconocida como aceptable en el Imperio romano por el emperador Constantino, que se había convertido, aunque no se bautizó hasta el final de su vida. En ese clima de paz fue posible afrontar problemas internos graves, el más importante de los cuales era el arrianismo: una disputa sobre la figura de Jesucristo, sobre si era o no igual al Padre. Para resolver esa cuestión y formular una confesión de fe común y clara, el Concilio redactó un Credo que ya no era únicamente bautismal, sino también doctrinal.

Nicea se encuentra relativamente cerca de Constantinopla, al otro lado del mar. Y fue precisamente en Constantinopla donde, en el año 381, un segundo Concilio completó aquel Credo, desarrollando la tercera parte sobre el Espíritu Santo, que en Nicea se limitaba a la frase: “Creo en el Espíritu Santo”.

Para qué nos sirve el Credo hoy

Este Credo largo es el que utilizaremos para exponer los principales contenidos de la fe y para darles una base teológica. No es que la teología sea más importante que la catequesis, ni mucho menos; pero cuando queremos repensar la fe y tener una idea bien articulada de lo que es el cristianismo, acudir a estas fuentes resulta imprescindible.

El Credo, como primera ordenación de la doctrina cristiana, nos sirve de referencia para preguntarnos: ¿cuáles son los misterios cristianos?, ¿cómo los explicamos?, ¿qué dificultades plantean hoy? Este camino ha sido recorrido por muchos antes que nosotros. 

El entonces profesor Joseph Ratzinger —después cardenal y luego Papa Benedicto XVI— escribió su Introducción al cristianismo como explicación de la doctrina basada en las tres partes del Credo. Santo Tomás de Aquino dejó un comentario al Credo Apostólico. Y la primera parte del Catecismo de la Iglesia Católica —el segundo catecismo universal de la historia— es en realidad un extenso comentario al Credo, al que después siguen la explicación de la liturgia, la moral y la oración.

El Credo no se estudia para saber más, sino para vivir mejor. Saber quién es Dios, quién es Cristo, qué es la Iglesia o qué significa la vida eterna no son datos que se archivan: son convicciones que transforman nuestra manera de estar en el mundo. Por eso la Iglesia ha puesto siempre el Credo en boca de sus fieles, no en sus bibliotecas.

Leer más
Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica