La humanidad siempre ha buscado signos y señales que le permitan satisfacer y aquietar su intelecto y comprender el sentido de su existencia. La Biblia muestra que esta búsqueda ha acompañado constantemente a la historia de la salvación.
El pueblo de Israel pedía signos para reconocer la acción de Dios. Moisés realizó prodigios ante el faraón; Elías hizo descender fuego del cielo; Isaías anunció señales para confirmar las promesas divinas y, cuando llegó Jesús, ya no buscaban un signo para creer, sino milagros que confirmasen sus propias expectativas. Y Él, de nuevo, se los dio.
Sin embargo, los evangelios narran ocasiones en las que los escribas y fariseos piden a Jesús una prueba definitiva de su autoridad. Habían visto curaciones, expulsiones de demonios, multiplicaciones de panes y resurrecciones, pero nada era suficiente. Siempre reclamaban una señal más espectacular. La respuesta de Jesús resulta sorprendente: “Esta generación malvada y adúltera reclama una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás” (Mateo 12,39). ¿Por qué precisamente Jonás? ¿Por qué no el maná del desierto, el paso del mar Rojo o el fuego del Carmelo?
La señal definitiva no será un milagro espectacular realizado ante una multitud, sino un acontecimiento que solo podrá comprender quien esté dispuesto a creer: la muerte y la resurrección del Hijo de Dios. ¿Es posible que, al igual que a esa generación incrédula, se haya dado una señal a toda generación?
La señal de Jonás: mucho más que tres días en el sepulcro
Cuando Jesús menciona al profeta Jonás, muchas personas recuerdan inmediatamente el episodio del gran pez. Jonás, fue arrojado al mar y tragado por un enorme pez, en cuyo interior permaneció tres días y tres noches. Después fue devuelto milagrosamente a la tierra para cumplir la misión que había rechazado. Jesús establece un paralelismo muy claro: “Como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra” (Mateo 12,40).
Durante siglos se ha interpretado esta comparación únicamente como una referencia cronológica. Sin embargo, probablemente Jesús estaba diciendo mucho más. En la mentalidad bíblica, el mar representa el caos, el poder de la muerte y las fuerzas del mal. Descender a sus profundidades equivale simbólicamente a bajar al Sheol, el reino de los muertos. Jonás realiza un auténtico descenso a la muerte para volver vivo. Cristo recorrerá ese mismo camino, pero de manera definitiva. Por eso la señal de Jonás no consiste únicamente en permanecer tres días en un sepulcro. La verdadera señal es salir victorioso de él.
Es significativo que Jesús nunca ofreciera una demostración pública de su resurrección ante quienes le exigían pruebas. No apareció en el Templo delante del Sanedrín ni se presentó ante Pilato o Herodes. Se manifestó únicamente a quienes estaban abiertos a recibirlo.
Esta pedagogía divina recorre toda la Escritura. Dios rara vez elimina por completo el espacio para la fe. Incluso los mayores milagros dejan margen para la aceptación o el rechazo. Ocurrió con las plagas de Egipto, con el paso del mar Rojo o con la resurrección de Lázaro y también sucedió con el sepulcro vacío. Los mismos hechos originaron respuestas completamente distintas. Unos creyeron tras ver la evidencia y otros buscaron explicaciones alternativas.
Los evangelios muestran con gran realismo esta diversidad de reacciones. María Magdalena pensó inicialmente que alguien había robado el cuerpo. Los discípulos dudaron. Tomás exigió tocar las heridas. Los sacerdotes difundieron la versión de que los discípulos robaron el cadáver. No hay un relato que describa el instante exacto de la resurrección. Lo que encuentran los primeros testigos es un sepulcro vacío y dos detalles: los lienzos plegados y el sudario enrollado a parte.
Si alguien hubiera robado el cadáver, difícilmente se habría detenido a retirar los lienzos funerarios. Sin embargo, Juan presta una atención especial a este hecho y escribe una frase brevísima: “Vio y creyó.” Pero, ¿qué vio exactamente? Tal vez le bastó la disposición de los lienzos plegados en caída vertical o algo impreso en el lienzo que le recordara a un signo similar en los vestidos de Jesús al bajar del monte Tabor. O quizá descubrió algo imposible de describir con palabras.
Sea cual sea la respuesta, esos lienzos ocupan un lugar importante en el relato evangélico. No son un simple detalle secundario. Constituyen el primer testimonio material del sepulcro vacío. Si la Sábana Santa de Turín fuera realmente uno de esos lienzos, adquiriría un significado extraordinario. Sería el único objeto que habría estado presente tanto en la muerte como en la resurrección de Jesús. Y precisamente ahí aparece de nuevo la fuerza de la señal de Jonás.
La Síndone: una imagen que desafía las categorías
Dos mil años después, muchos cristianos consideran que existe un objeto que parece constituir realmente una señal: la Sábana Santa de Turín. Para millones de creyentes, constituye una especie de «quinto evangelio», como ya dijo San Juan Pablo II. Independientemente de las discusiones sobre su autenticidad histórica, la Sábana constituye un fenómeno extraordinario. Es una tela que presenta la imagen frontal y dorsal de un hombre, con heridas compatibles con el relato evangélico de la Pasión.
La imagen del cuerpo, de distinto origen a las manchas de sangre, continúa desconcertando a físicos, químicos, médicos e historiadores porque aún no ha podido explicarse cómo se formó. Pero quizá la cuestión más interesante no sea cómo apareció esa imagen, sino qué está mostrando.
Desde que comenzó a estudiarse con métodos científicos modernos, cada disciplina ha aportado una parte del rompecabezas. Los médicos han analizado la sangre, las señales de las heridas y los rasgos faciales; los físicos, el origen de la formación de la imagen; los químicos, las fibras del lino; los historiadores, su recorrido documental; un fotógrafo, a finales del siglo XIX, descubrió que el negativo fotográfico revelaba un cuerpo sorprendentemente definido, más tarde se descubrió que era tridimensional, constituyendo que en realidad el negativo era un verdadero positivo fotográfico.
Sin embargo, tras décadas de investigaciones, la Sábana continúa resistiéndose a una explicación definitiva. Hay cuestiones discutidas como la datación por radiocarbono de 1988, posteriormente cuestionada por diversos investigadores debido a la contaminación del lino con el algodón hallado en una zona reparada tras un incendio ocurrido en el siglo XVI, y que sirvió como la muestra para el análisis del C14.
Otras siguen abiertas, como el mecanismo preciso por el que se formó la imagen corporal. Interesante es el hallazgo de que los coágulos de sangre (pre y postmortem) estaban presentes antes de la formación de la imagen corporal (A. Adler y J. Heller, 1981), imagen, que por sus rasgos faciales y otros signos, indica que se trata de un cuerpo vivo en posición vertical (B. Hontanilla, 2020, 2022; G. Lavoie, 2023).
La Sábana Santa es un testimonio silencioso que permite contemplar en una sola mirada el sufrimiento, la muerte y la resurrección, aunque todavía está por determinar que la imagen se haya formado de forma natural (realmente cubrió el cuerpo de Jesús) o de forma artificial (alguien distinto quiso representarlo).
En cualquier caso, puede entenderse como una representación visible de la señal de Jonás anunciada por Cristo. No pretende sustituir a la fe ni demostrar matemáticamente la resurrección, más bien invita a hacerse una pregunta que sigue siendo tan actual como hace veinte siglos: ¿y si realmente el sepulcro quedó vacío?
Lo importante es distinguir entre los datos constatados y las interpretaciones: la ciencia describe el fenómeno; la fe propone un significado. Precisamente ahí reside el interés del lienzo. No obliga a creer, pero tampoco se deja reducir fácilmente a una explicación simple.
Lo primero que impresiona al contemplar la imagen es que no transmite únicamente sufrimiento. Si ese hubiera sido su único contenido, bastaría con verla como el retrato de un ajusticiado por el imperio romano y no constituiría el testimonio completo de ningún evangelio. Pero ocurre algo más. La imagen corporal parece detener el tiempo en un suceso estremecedor. No representa el instante de la muerte, sino un momento inmediatamente posterior, cuando el cuerpo ya no está presente. Es como si el lienzo hubiera conservado la memoria de un acontecimiento irrepetible dejando una imagen de una persona viva en posición vertical: presencia de surcos faciales, el cabello cae sobre los hombros y no sobre la losa y existe distancia entre la espalda y los glúteos respecto de la Sábana.
Desde la perspectiva cristiana, esto adquiere un profundo simbolismo. La Pasión, la muerte y la Resurrección no son tres episodios aislados, sino un único misterio presente en un solo objeto.
La cuestión es si es falsa (hecha por un artista) o es verdadera (realmente cubrió el cuerpo de Cristo). No hay más opciones, una vez más. En realidad, la respuesta en sentido afirmativo no cambia nada. La fe cristiana nunca ha dependido de una reliquia. Durante siglos, millones de personas creyeron en Cristo resucitado sin haber oído hablar de ella. Pero también sería precipitado afirmar que la Síndone carece de interés precisamente porque plantea preguntas todavía abiertas. Su fuerza reside en que invita a investigar y, al mismo tiempo, invita a contemplar.
El jardín donde todo comenzó de nuevo
Los evangelios sitúan el primer encuentro entre María Magdalena y Jesús resucitado en un jardín. Este detalle podría parecer secundario, pero no lo es. San Juan acostumbra a cargar de simbolismo cada uno de los escenarios de su relato. En realidad, la historia de la humanidad comenzó en un jardín: el Edén. Allí el pecado rompió la comunión entre Dios y el hombre.
El relato de la Resurrección también comienza en un jardín, donde esa comunión empieza a restaurarse. María Magdalena llega antes del amanecer, cuando estaba oscuro. Lleva consigo el peso del duelo, la decepción y el silencio del sábado. Cuando descubre el sepulcro vacío, su primera reacción no es la fe, sino de desconcierto: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Es una reacción profundamente humana. Cuando el sufrimiento nos golpea, solemos buscar primero explicaciones naturales antes que aceptar que Dios pueda estar actuando de un modo inesperado.
Después de que Pedro y Juan regresaran a casa, María permanece allí, llorando. Este detalle también es importante. Juan se va con el privilegio de creer por convicción y a María se le concede creer por evidencia. Y es precisamente entonces cuando sucede el encuentro. Jesús está delante de ella, pero María no lo reconoce. Lo confunde con el jardinero. No deja de ser significativo que el Resucitado aparezca precisamente como un jardinero.
En el Génesis, Dios coloca al ser humano en el jardín del Edén para cultivarlo y custodiarlo. Tras el pecado, ese jardín queda perdido. Ahora, el nuevo Adán aparece de nuevo en un jardín, iniciando una nueva creación. La Resurrección no consiste únicamente en que un hombre vuelva a vivir es el comienzo de una humanidad nueva.
El lienzo como testigo silencioso
Mientras María corre a comunicar que ha visto al Señor, los lienzos permanecen en el sepulcro. No hablan. No predican. No realizan milagros. Simplemente permanecen allí. Posteriormente pasarán de mano en mano. Esa discreción resulta profundamente coherente con el modo de actuar de Dios. Él no suele imponerse mediante espectáculos irresistibles, prefiere dejar signos que puedan ser acogidos libremente. La Sábana Santa es un signo silencioso que remite constantemente al acontecimiento pascual. No sustituye al Evangelio, pero invita a volver a él. No crea la fe, pero puede despertarla o fortalecerla.
Si realmente estuvo en contacto con el cuerpo de Cristo, habría acompañado el momento más decisivo de la historia humana. Y, aun si alguien no comparte esta convicción, sigue siendo un objeto que invita a formular la gran pregunta de la Pascua: ¿qué ocurrió realmente en aquel sepulcro? Y quizá sea precisamente ahí donde reside la fuerza permanente de la señal de Jonás.
¿Por qué resulta tan difícil creer?
Si la Resurrección constituye el acontecimiento central del cristianismo, cabe preguntarse por qué sigue siendo tan difícil aceptarla. Esta dificultad no se debe únicamente a la falta de información. El ser humano interpreta la realidad a través de convicciones, experiencias y expectativas previas.
Cuando un hecho desafía profundamente nuestra manera de entender el mundo, la reacción espontánea suele ser buscar una explicación compatible con lo que ya creemos. El cerebro humano está evolutivamente programado para dar prioridad a los estímulos negativos. El miedo y el dolor son señales de alerta que garantizan la supervivencia; la felicidad y la victoria, por el contrario, suelen procesarse como estados de reposo que no requieren la misma atención biológica.
Por ello, es más fácil para el observador quedarse en la tragedia de la tortura visible en el lienzo que ver lo que la imagen corporal implica: que la muerte ha sido vencida. El ser humano tiene una capacidad innata para el duelo, pero le aterra la posibilidad de lo sobrenatural porque lo saca de su zona de control.
La ciencia moderna se basa en el principio de que los muertos no resucitan. Este es un postulado fundamental para la estabilidad del pensamiento racional. Aceptar que la Síndone podría ser el producto de una resurrección implicaría derrumbar todo el sistema de creencias materialista.
Para muchos, es preferible considerar el lienzo como un fraude medieval —pese a que la técnica para crearlo no existía entonces ni se ha podido replicar hoy— que aceptar una realidad que desafía las leyes de la termodinámica y la biología. La Resurrección no se trata simplemente de un fenómeno extraordinario, sino de un acontecimiento que rompe el horizonte habitual de la experiencia humana. Todos conocemos la muerte; nadie puede observar por sí mismo la victoria definitiva sobre ella. Por eso la Resurrección exige un cambio de mirada antes que una simple acumulación de pruebas.
También, esa forma de pensar negativa se infiltra en el creyente. Es el riesgo de reducir el cristianismo al Viernes Santo; lo que podríamos denominar el cristiano esencialmente “cuaresmático”. Con frecuencia, los cristianos contemplan sobre todo el sufrimiento de Cristo. Las imágenes de la Pasión ocupan un lugar central en el arte, la liturgia y la devoción popular. Esto es comprensible. La Cruz manifiesta hasta dónde llega el amor de Dios.
Sin embargo, el cristianismo no termina en el Calvario. San Pablo lo expresó con enorme claridad: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe» (1 Corintios 15,14). La Resurrección no es un epílogo feliz añadido al final del Evangelio. Es el acontecimiento que da sentido a todo lo anterior. Sin ella, la Cruz sería simplemente una ejecución romana injusta de un hombre bueno. Con ella, la Cruz se convierte en el acto sacramental capaz de vencer definitivamente al pecado y la muerte. Sin embargo, nuestro cerebro no está preparado para ver elementos positivos en entornos en lo que lo negativo y plausible está también presentes.
Pero, quizá el mayor obstáculo para creer no sea intelectual o esté en la capacidad de ver. Sea cual sea la época, el ser humano suele resistirse a aquello que pueda transformar su vida. La Resurrección no pretende satisfacer nuestra curiosidad, pretende transformar nuestra existencia.
Hay personas que deciden simplemente no creer incluso a pesar de las evidencias. Esa cerrazón, difícilmente explicable para incluso una mentalidad científica, es una decisión voluntaria que evita a toda costa que lo referente a Dios pueda afectar a su estilo de vida.
Aprender a ver y a mirar
Los Evangelios insisten una y otra vez en que ver no siempre significa comprender. Muchos contemplaron los milagros de Jesús y permanecieron indiferentes. Otros reconocieron al Mesías en gestos aparentemente insignificantes. El problema no era la vista, sino la mirada. Esta idea atraviesa todo el texto bíblico. Los profetas denunciaban un pueblo que tenía ojos, pero no veía; oídos, pero no escuchaba. Jesús retomó esa misma enseñanza cuando explicó las parábolas. No bastaba con oír las palabras; era necesario abrir el corazón.
Algo parecido ocurre con la Sábana Santa. Hay quien ve únicamente un objeto arqueológico que muestra solo la Pasión y muerte de Jesús. No saben ver los rasgos anatómicos de una persona viva, se lo impide el prejuicio científico de que los muertos no resucitan. Sin esa capacidad para ver es difícil mirar con otros ojos aunque lo decisivo sigue siendo la disposición interior de quien observa.
En este último sentido resulta especialmente sugerente una reflexión atribuida al Papa Francisco: “Solamente ciertas realidades de la vida se ven con los ojos llenos de lágrimas”. La frase no pretende oponer la ciencia a la emoción, sino recordar que existen dimensiones de la existencia que solo se revelan plenamente cuando el ser humano acepta su propia vulnerabilidad.
La señal de Jonás para nuestro tiempo
Cada época busca sus propias señales. El mundo contemporáneo dispone de tecnologías que habrían parecido milagrosas hace apenas un siglo. Podemos observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, secuenciar el genoma humano o comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Y, sin embargo, las grandes preguntas permanecen intactas. Quizá por eso la figura de Cristo continúa interpelando incluso a quienes no se consideran creyentes. Su Resurrección no propone simplemente una esperanza para después de la muerte, propone una manera nueva de comprender la vida presente.
Si la muerte ha sido vencida, entonces el mal no posee la última palabra. Si el amor ha triunfado sobre el odio, entonces el perdón deja de ser una ingenuidad para convertirse en una fuerza transformadora. Si Jesús vive, la historia humana no avanza hacia el absurdo, sino hacia un cumplimiento. La señal de Jonás sigue siendo actual porque continúa planteando la misma alternativa que hace dos mil años: considerar el sepulcro vacío como un enigma sin solución o como el comienzo de una creación nueva.
Los primeros discípulos no cambiaron el mundo porque encontraran un sepulcro vacío, sino porque se convencieron de que Cristo estaba vivo. El lienzo, si realmente es auténtico, sería simplemente el testigo silencioso de esa realidad. Sin embargo, no basta con saber que ciertos hechos han ocurrido. Su conocimiento es muy importante pero eso no nos salva. Más aun, ese conocimiento podría llenarnos de soberbia, a veces de mucha soberbia.
Estamos en una época en la que no es suficiente con saber -existen verdaderos consumidores de religión- o contentarnos con no hacer el mal. Estamos en un momento en el que ya no se nos pide que aprendamos a hacer el bien (Isaias 1, 17), sino que lo hagamos. Y es tan radical esta petición que Santiago se atreve a decir: “El que sabe cómo hacer el bien y no lo hace, ese está en pecado” (Santiago 4, 17).
A cinco de las siete iglesias que aparecen en el Apocalipsis se les dice que se conviertan y a otras dos que permanezcan fieles. Es necesario convertir el corazón a Dios. La Sábana de Turín es realmente una señal que se convierte en un regalo para el entendimiento, y nos puede asemejar a Moisés que contempló a Dios cara a cara. No todas las generaciones tuvieron ese privilegio. También puede dejarnos completamente indiferentes, pero “si no nos convertimos todos pereceremos igualmente” (Lucas 13, 3).
En una cultura acostumbrada a exigir demostraciones inmediatas, la Sábana de Turín invita a un camino distinto: observar, preguntarse, investigar y, finalmente, decidir. Como ocurrió con Pedro y Juan aquella mañana de Pascua, cada generación debe entrar de nuevo en el sepulcro y enfrentarse al mismo interrogante: ¿Qué significa un lugar donde debería haber un cadáver solo quedan unos lienzos? La respuesta no puede imponerse desde fuera. Cada persona ha de encontrarla en el diálogo entre la razón, la historia, la fe y la humildad.
Para el creyente, esos lienzos hablan de una ausencia que es, paradójicamente, la mayor de las presencias, y quizá esa siga siendo, también hoy, la señal más elocuente: una esperanza que, desde hace veinte siglos, continúa transformando la historia. La “señal de Jonás” no fue un prodigio contemplado por una multitud, sino un acontecimiento que transformó la historia desde el silencio de un sepulcro. La Sábana, contemplada desde esta perspectiva, puede entenderse como un eco de aquel amanecer, un espejo en el que el creyente puede contemplar, de manera singular, el drama de la Pasión, muerte y el resplandor de la Resurrección.
Académico de número en la Real Academia Nacional de Medicina de España.





