Vocaciones

Stanisław Dziwisz, secretario personal de Juan Pablo II: Convivir con un santo

El secretario personal de Juan Pablo II, Stanisław Dziwisz (don Stanislao), narró en esta entrevista para Palabra sus recuerdos personales con el Papa.

Ignacy Soler·1 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos
Stanisław Dziwisz

Stanisław Dziwisz sostiene una imagen de Juan Pablo II (CNS photo / Marcin Mazur, Bishops' Conference of England and Wales)

Mons. Stanisław Dziwisz, actual arzobispo de Cracovia, acompañó al Papa Juan Pablo II durante casi 40 años como secretario personal, desde que era arzobispo en Cracovia. De él recibió las tres órdenes sagradas del diaconado, presbiterado y episcopado.

Juan Pablo II va a ser beatificado el domingo de la Misericordia Divina. ¿Cómo recuerda usted el 2 de abril del 2005, día en que falleció?

– Fue la Providencia la que eligió para el Santo Padre el día de marchar de este mundo a la casa del Padre. Era un sábado -el primer sábado del mes-, y a todos nos es bien conocida su gran devoción a la Madre de Dios. Era también la víspera de la solemnidad de la Misericordia Divina. Al atardecer, alrededor de las 20,00 horas, una voz interior me pidió de forma imperativa: «¡Celebrad la Santa Misa!».

Concelebramos la Eucaristía con la liturgia dominical, dedicada a la Misericordia Divina. Participó en ella el cardenal Jaworski, gran amigo y confidente del Santo Padre. También estuvieron el sacerdote Tadeusz Styczeń, el arzobispo Ryłko, el sacerdote Mieczysław Mokrzycki, y nuestras hermanas religiosas. Yo era el celebrante principal. Todos éramos conscientes del carácter absolutamente excepcional de esa celebración. El sacrificio del Santísimo Sacramento se unía al sacrificio de Juan Pablo II.

Resultaba también muy significativo el Evangelio de esa Misa. Se trataba de la escena de la aparición de Cristo resucitado en el cenáculo, ocho días después de su Resurrección. Rezábamos en aquél momento para que nuestro Señor viniera a nosotros, le necesitábamos… Después del Credo, el cardenal Jaworski impartió al Papa la unción de los enfermos; en la Comunión, le dimos unas gotas del Sanguis con una cucharilla. Guardamos todavía la cucharilla… Llegó el momento de su marcha… Cuando dejó de latir su corazón, paramos el reloj, que también guardamos como testimonio.

Eminencia, durante muchos años Usted acompañó de cerca a Juan Pablo II. Sabemos que la vida espiritual siempre es, en cierto sentido, un proceso. ¿En qué momento se le manifestó de una manera más patente la santidad de Juan Pablo II?

– Evidentemente, no se hizo santo de repente; pero su santidad personal era ya «visible» en sus años de juventud, cuando todavía era estudiante en la Universidad. Por otro lado, sus compañeros del seminario ilegal nos cuentan que ya entonces era llamativamente tranquilo, natural, auténtico; y que mantenía un trato continuo con Dios. Pienso que recibió esa espiritualidad y la capacidad de rezar en su hogar familiar. Por ejemplo, su padre enseñó a Karol una oración al Espíritu Santo que le acompañó durante toda su vida, hasta el último día. El mismo sábado 2 de abril, cuando se iba de este mundo, Juan Pablo II rezó con nuestra ayuda esa oración.

¿Cuándo se dio usted cuenta que estaba ante un hombre de gran talla personal, ante un gran santo?

– Muchos de los que estábamos a su lado teníamos la convicción de estar ante un hombre de una capacidad, de una fuerza interior y de un carisma extraordinarios. Pero lo que llamaba la atención era su sencillez interior. Durante mi primer año en el seminario y mi primer encuentro con el profesor Wojtyła tuve ya esa fuerte impresión.

Le pongo un ejemplo: durante las pausas entre clases me fijé en que se iba a la capilla y allí permanecía en oración. Tenía entonces un largo flequillo, y recuerdo que cuando se inclinaba en la oración le caía sobre la frente… Al salir de la capilla me daba la impresión de que regresaba de un encuentro en el que había «tocado» el Misterio. Los seminaristas se daban cuenta, con gran naturalidad, y por ese motivo se le acercaban. En él se transparentaba Dios; y eso era lo que nosotros buscábamos.

También nos llamaba la atención que después de cada santa Misa permaneciera en la iglesia en oración personal de acción de gracias. Más tarde, cuando le acompañaba en la visita pastoral en alguna parroquia, me fijé en que antes de la celebración no dirigía la palabra a nadie. Permanecía recogido, preparándose para celebrar el Sacrificio de Cristo. Durante sus peregrinaciones apostólicas siempre impresionaba su figura de hombre recogido en oración.

¿Se podría afirmar que en la vida de Karol Wojtyła tuvo una importancia especial la oración contemplativa?

– Yo pienso que no dividía su tiempo en “oración” y ”trabajo”, porque la oración le acompañaba siempre, hasta en las acciones más prosaicas. Muchas veces advertía que el Papa estaba rezando por las personas a las que había recibido en las audiencias, y que, cuando se despedía de ellas, las encomendaba a la Divina Providencia. Lo hacía tan discretamente que solamente los que estábamos más cerca podíamos darnos cuenta. Era algo extraordinario.

A veces, cuando le hacían halagos durante alguna visita, él rezaba a media voz: no quería oírlo; se reía de esas alabanzas. Además, cada día transcurría según un plan de oración previsto. Se levantaba por la mañana temprano, y empezaba el día con la meditación, la Santa Misa, la acción de gracias y la lectura espiritual. Los jueves pasaba una hora en adoración ante el Santísimo Sacramento expuesto en la custodia. Y así transcurría su vida. Nos repetía con frecuencia: «Acordaos de los apóstoles, que se durmieron en el huerto de los Olivos, y de cómo Cristo les preguntó: ‘¿Por qué dormís? ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo?’». Se ve que deseaba reparar por la falta de los apóstoles aquella noche…

¿Qué formas revestía la piedad de Juan Pablo II? ¿Tuvo siempre carácter mariano? ¿Tuvo alguna experiencia mística especial?

– No, no tengo noticias de esas cosas. Pero, en algunas ocasiones, cuando le dejábamos solo en su capilla -para no molestarle-, se podía escuchar cómo cantaba a Jesucristo, o cómo le hablaba en voz alta. Seguramente creía que nadie le oía. La capilla estaba cerrada, pero a veces sí que se le escuchaba… Por lo demás, usaba oraciones tradicionales, las sencillas formulas de la Iglesia: el Santo Rosario, el ejercicio del Vía Crucis. Pero en él eran medios que le llevaban a la contemplación.

Juan Pablo II va a ser beatificado por su sucesor, como hasta ahora no había sucedido nunca. Él mismo elevó a los altares a una multitud de santos y beatos. ¿Por qué motivó Juan Pablo II impulsó tanto el trabajo de la Congregación de los Santos?

– El Concilio Vaticano II pidió que se simplificaran los procesos de canonización, y el Papa era un hombre del Concilio. Estaba muy interesado en los nuevos santos. Además, hay que recordar que es precisamente en las etapas históricas de secularización de la sociedad cuando aparecen los santos. En Turín, por ejemplo, cuando más intensamente actuaba la masonería, apareció san Juan Bosco. Y, más recientemente, cuando parecía instalarse en la Iglesia una gran crisis, el Espíritu Santo ha suscitado multitud de movimientos y comunidades nuevas que hoy día son una fuerza y una «reserva» de santidad. El Espíritu Santo sopla donde quiere.

Polonia ha dado un fuerte paso en la defensa de la vida en el seno de la madre desde que se instauró la democracia. ¿Ha influido la predicación de Juan Pablo II en ese cambio social?

– La defensa de la vida fue uno de los aspectos más importantes del pontificado de Juan Pablo II. Pero esta defensa estaba en su predicación ya antes, durante su vida. Y, como arzobispo de Cracovia, luchó resueltamente por el respeto a la vida sin ningún tipo de excepción.

En referencia a la fecundación “in vitro“ compartía el dolor de los padres ante la imposibilidad de tener hijos, pero siempre afirmó que el mejor método para ayudar a esos esposos es investigar las causas de la infecundidad y luchar para curarla. Además animó a acudir a la adopción, porque hay muchísimos niños que esperan el amor de una familia. Su postura en relación con la fecundación in vitro no partía de criterios estrictamente religiosos, sino que estaba motivada por razones de carácter ético y científico.

Juan Pablo II nombró a santo Tomás Moro patrono de los políticos, y en la exhortación apostólica Christifideles laici escribió que «la ‘unidad de vida’ es de gran importancia para los fieles laicos. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria». El mismo Karol Wojtyła siempre vivió en unidad interna de todas sus facetas, siempre fue él mismo. ¿Qué nos puede usted decir sobre ese concepto?

– El católico siempre es católico, con independencia de que sea político-diputado, ministro o un hombre corriente de la calle; siempre tiene obligación de respetar los valores que obligan a todos sin excepción. Si en un parlamento la mayoría de los políticos se reconocieran como cristianos, entonces la ética cristiana debería estar presente en las leyes. En cuestiones como la defensa de la vida o la fecundación in vitro, no debería haber compromisos.

En muchos países de occidente, no pocos cristianos evitan manifestar sus convicciones personales, mientras que los ateos y agnósticos lo hacen a la menor oportunidad. Por eso Benedicto XVI ha dicho acertadamente que hoy día se observa la esquizofrenia del político católico que quiere ser católico, pero no en público, pues piensa equivocadamente que no debería llevar sus convicciones al ámbito público. Para respetar el pluralismo, olvida que el pluralismo es un valor subordinado al de la vida. Además, ocultar las propias convicciones en la vida pública llevará a una crisis cultural y a una desestabilización del ethos europeo.

En Polonia se nota la incidencia del proceso de laicización. Hay quien pide menor presencia de la Iglesia en la vida pública. ¿Es posible que allí se repita el proceso que ahora se observa en otros países, como España?

– Hay corrientes laicistas en Polonia, pero no tienen la virulencia que se ve en España. Tras la entrada en la Unión Europea, no ha habido esa clara «laicización», aunque algunos la auguraban. Los adversarios de la Iglesia intentan por todos los medios crear una imagen de crisis. Dicen, por ejemplo, que la Iglesia en Polonia no va bien en estos tiempos en que faltan figuras de la talla del cardenal Wyszyński o del Papa Juan Pablo II. Curiosamente, esos ataques parten de los mismos que antes habían criticado a esos dos grandes hombres. El anticlericalismo siempre basará su programa en la crítica a toda actividad de la Iglesia. No se dan cuenta de que la labor que realiza a favor del bien común difícilmente la podría suplir ninguna otra institución.

En el mundo actual, y especialmente en el ámbito político, el hombre se vuelve materialista y busca ansiosamente los bienes y la gloria humana. ¿Cómo era la relación de Juan Pablo II con los bienes materiales?

– Llevó siempre una vida muy sobria. Siendo obispo de Cracovia tenía una sola gabardina, con un forro que le ponía en invierno. No percibía sueldo por ser obispo. Entendía que sólo debía disponer para sí mismo de los honorarios recibidos por sus publicaciones. E incluso gran parte de ese dinero lo entregaba -esto no lo sabía prácticamente nadie- a becas para estudiantes pobres. Como Papa, nunca tuvo dinero en sus manos (lo mismo que en Cracovia). Si alguien, por ejemplo, le entregaba una cantidad, de una manera delicada la destinaba a otras necesidades. En esto le ayudaba la Secretaría de Estado: todo se anotaba y se mandaba. Después nos daba las gracias.

Hubo algunas gracias extraordinarias obtenidas de él ya en vida. ¿Recuerda alguna?

– Sí. Recuerdo, por ejemplo, a un párroco de Trento que acudió a una audiencia junto con su hermana, que estaba enferma. Tenía un cáncer en el cerebro, y al poco tiempo iba a someterse a una operación. Llevaba consigo la imagen de Jesús Misericordioso. El Papa le tocó en la cabeza diciéndole: «Vamos a rezar». A las pocas horas, resultó que estaba totalmente curada. No llegó a operarse. Gracias como esta, hay bastantes.

Quisiera terminar preguntándole: ¿qué aspecto de la vida de Juan Pablo II le parece más digno de ser imitado?

– Su oración. Pero también su autenticidad y su transparencia. Era característico en él dar carácter extraordinario a los gestos ordinarios. Por ejemplo, cuando pasaba por el corredor de la curia de Cracovia se paraba ante el crucifijo, para besarlo y honrar de esta manera a su Maestro. Me acuerdo de que durante una de sus visitas, en Sandomierz, se dio cuenta de que había un pedazo de pan en el suelo; se arrodilló, lo besó y lo puso sobre el césped para que lo comieran los pájaros.

El autorIgnacy Soler

Cracovia

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